Pereza

Como si no fuera de por sí bastante atractiva,Mariano Rodríguez nos la presenta aún más apetecible, haciéndonos recordar las veces que la hemos disfrutado padecido.

Abrió los ojos al escuchar el teléfono. No atendió, no solo por falta de interés, sino que (fuera quien fuera el interlocutor) no habría sabido que decir. De frente a la cama, el sol entraba por las rendijas de las persianas. Encontró una momentánea inquietud en los rayos de sol que entraban y, segundos después, la empezaron a molestar. Los cinco metros que separaban la cama de la ventana era demasiada distancia para recorrer. Al menos ese día.
Puso bizcos los ojos y vio su nariz. No lo encontró gracioso ni desconcertante. Solo la miró unos segundos y dejó de hacer ese esfuerzo. No sabía su edad, no sabía si estaba sola o había alguien a su lado. No le importó mirar tampoco. No se tomó el trabajo de pensar en el día anterior.
No era tristeza, mucho menos depresión. Solo que su cuerpo se encontraba en un reposo absoluto, en un limbo del cual no podía salir.
El teléfono volvió a sonar. Nada perturbaba su absoluta quietud. Sintió su panza rugir en señal de descontento.  Había una extraña sensación de alejamiento irremediable entre su cerebro y su cuerpo. Entonces tomo una decisión: Cerró los ojos y pensó -“Mañana será otro día”-

Rendijas

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