Gula

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16 noviembre, 2016 por escribeconnosotros

Otra cara de la poliédrica Gula por José Ángel Lucena Gómez.

Otra cara de la poliédrica Gula por José Ángel Lucena Gómez.

Gula

– Acércate – Dijo Luis mientras empujaba la puerta del banco.
– Joder, Tío, es un pies negros. Aquí huele a mierda. – Rafael era un niño bien, acostumbrado a vestir de Galliano y a gastarse 500 € por noche.- ¿Ya estás con tus putos jueguecitos? Yo no voy a entrar al trapo. 
– No seas nenaza, es Humberto, fue un tiburón de la bolsa de los 80. Colaboró en más fusiones y adquisiciones de las que te podrías imaginar. Se vanaglorió de llegar a despedir a más de 2.000 trabajadores, él solito, sin pestañear. – Luis estaba en cuclillas junto a un pordiosero que dormía al calor de un tetrabrik de vino peleón tapado por una manta mugrienta y sobre un cartón de un televisor de 65 pulgadas.
– Mira Luis, yo paso de aguantar esta peste. Me voy al “Siroco” un gin tonic me despejará. Ahí te dejo con tus paranoias. – Rafael salió raudo y cerró la puerta con ansiedad- Jodido colgado, vamos a perder un sábado viendo a un perdedor meado y borracho.- Se despidió con un sonoro, ¡Ja! y un coordinado corte de mangas.

Humberto pareció salir del letargo alcohólico en el que naufragaba todas las noches. 
– ¿Ya estás aquí otra vez?- No era amigo de las miradas piadosas, ni de la lacrimógena misericordia. 
– ¿Cuéntamelo otra vez, por favor? – Le dijo Luis con emoción contenida. – Ese niño de papá no tiene ni idea de lo que realmente importa.
Humberto se acomodó contra el cajero electrónico y sacó de su mugrienta chaqueta, algunas fotos manoseadas y quebradas. Carraspeó y con mirada frenética buscó el vino. Tras un largo trago volvió a fijar la mirada.
– Yo antes era gordo, tremendamente obeso, como puedes ver en las fotos. Me hubiera devorado cualquier persona, cosa o animal que se cruzara en mi camino. No me importaron los chicos que arrancaban su vida con el primer trabajo, puedo asegurarte que los utilicé como cleanex. Ni los padres de familia con los hombros corvos de responsabilidad y miedo. No me tembló el pulso cuando despedí en un día a 150 personas mientras una a una, en fila y ante los demás, les reprochaba que eran unos parásitos indeseables, extendiendo el finiquito. Recuerdo el día siguiente en la portada del periódico local hablaban del cierre de la empresa más próspera del pueblo, de la única alternativa laboral para aquel grupo de mayores de 55 años y de los tres suicidios que habían tenido lugar esa misma noche. – Otro trago de vino aclaró su garganta, se secó los labios con la mugrienta manga del jersey y continuó hablando, Iván estaba hipnotizado, en realidad llevaba tres días acudiendo a la misma hora a visitar a Humberto, a escuchar su bucle coordinado y preciso de datos. Las mismas frases en el mismo tono. Las mismas pausas.
– Llegó el momento que quise tenerlo todo y fagocité a cada oponente que se me cruzó, engullí con rabia cada cruento momento. No eran personas, eran objetivos inertes, marionetas en mis manos. Me convertí en un Dios que a su antojo insufla vida o arrebata almas. Empecé a engordar al tercer año de dedicarme a ese asqueroso trabajo. Fue justo después del despido de los 150. Las noches dejaron de ser iguales, la imagen recurrente de una hilera de personas a las que tocaba y se desintegraban, se vaporizaban dejando sólo el ropaje vacio en la cola y que entraban por mis oídos, por mis ojos, por mi boca abierta. Era una sensación placentera, tan agradable que necesitaba ampliar la fila y continuaba con mi ritual hasta el amanecer. Después esa sensación pasó a la vida real y mis días pasaron frente al teléfono para realizar aquellas purgas, esos trabajos de limpieza tan necesaria. – Aquí revolvía como un animal acorralado y cambiaba la vista al suelo.
– ¡Vino que me temple! – Humberto volvía a pararse en el mismo punto de la noche anterior- Iván le acercaba el cartón y de nuevo ese brillo certero de la memoria deslumbrando en sus ojos – Ves, yo era muy gordo – Cogía una de las fotos que tenía organizadas en el suelo donde se le veía orondo con una enorme chaqueta azul marino y un pantalón de pinzas gris marengo. La barriga descomunal le caía sobre la entrepierna, descolgada y flácida. Era difícil reconocer a Humberto en aquel hombre, ahora pesaba unos 60 kilos y la barba y el pelo se entremezclaban formando una perfecta coraza contra el frio gélido de noviembre.
– Pero me di cuenta, identifiqué a mi enemigo. Era la gula, la retorcida y tortuosa gula, manipuladora de voluntades con su zanahoria de satisfacción inmediata y el infierno del arrepentimiento al otro extremo. Ahora soy feliz.- El silencio denso multiplicaba la distancia entre nosotros. Aceraba el aire. Después volvía como si hubiese hecho un viaje astral y retomara su diálogo- Ya se marcharon de mi – Se tocaba a la altura del estomago y la ropa se hundía hasta topar con una zona indefinida y vacía. Ahora ya no sueño con ellos. Le planté cara a la gula y me la comí.- Después reía con carcajadas descomunales y estentóreas, recogía las fotos con cara de satisfacción y se acomodaba sobre el cartón en silencio sepulcral. – Ahora soy feliz.- terminaba diciendo en voz baja adormilado, lejos, muy lejos.

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Un pensamiento en “Gula

  1. Elgomes dice:

    Muy bueno! realidades que confluyen y se destapa un drama, o dos, Jose Angel tiene para todos.

    Me gusta

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