Helena

Helena era gordita desde que tenía uso de razón. Criada en una familia muy católica, se había generado un acuerdo tácito mediante el cual todos los pecados capitales se reducían a uno: la gula. Comer era el chivo expiatorio para todo. Si Helena lloraba de bebé, era porque tenía hambre. No importaba si tenía fiebre, una infección respiratoria o una astilla clavada en el pulgar, la primer hipótesis siempre era el hambre.

En esa casa la comida era el santo grial, la solución para todo y para todos. Conforme crecía, Helena fue incorporando esta idea desde los detalles más mínimos. Si se caía de la bicicleta, una galleta con manteca. La comida también estaba presente en todas las celebraciones, por supuesto. Que un cumpleaños, que un casamiento, porque vino la tía o porque salió el sol. Se apuraba el último bocado del almuerzo porque “miren la hora que es y ya casi es tiempo de merendar y qué ricos que están los pasteles que trajo Norma”.

Todos los domingos Helena iba a misa con sus padres y sus hermanos. Juntos hacían una composición de Botero. No se sentían enfermos, a pesar de que sus hábitos alimenticios ya habían comenzado a cobrarle alguna que otra cuenta con el médico, sobre todo a los adultos de la casa. Tampoco se sentían muy pecadores que digamos. Cuando el cura abría la ventanilla lo más que confesaban era alguna que otra mentirilla piadosa, la mayoría de las veces alguna delicia comida a escondidas.

Entre banquete y bocadillo transcurrió su infancia y su adolescencia. Helena no tuvo inconvenientes para conseguir pareja. Un feligrés adicto a los bizcochos se sintió el hombre más feliz sobre la tierra cuando logró, luego de muchos intentos, que Helena le diera el sí y tenerla para siempre a su lado. “Cocina como los dioses”, era vox populi en el pueblo y quien se casara con ella se aseguraba ese placer divino.

Un día luego de un regio atracón dominical la pareja decidió acostarse a dormir la siesta. Helena cocinaba como los dioses pero roncaba como los mil demonios, por lo que decidió dormir en la sala para no molestar a su esposo.

Menuda sorpresa se llevó él cuando se despertó y fue a buscarla para compartir unos bizcochos. Abrazó su vientre y se echó a llorar como un niño al que le han quitado un caramelo.

Al atardecer estaba todo el pueblo en la puerta de la casa, en un mar de lágrimas, con canastas de víveres para los deudos. Helena nunca despertó. Se ahogó en un ronquido y no recuperó jamás el aliento. Sus vecinos no podían creerlo, “una mujer tan joven, qué pecado”.

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