Gula Marina

Parientes adinerados y niños pequeños, mala combinación.
La Maga nos trae un explosivo cóctel de la infancia.
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– “Te dije que no te ensucies carajo, recién te termino de cambiar! Será de Dios!”. Mamá me gritaba desde la ventana, mientras buscaba su cartera y yo corría como una fiera enjaulada en el patio de casa, tratando de alcanzar a mi hermano, derribarlo y devolverle alguna maldad recientemente cometida.
Era uno de “esos días”, cuando a mamá le daba la claustrofobia y entonces… salíamos!
La alegría por salir de paseo era inmensa, aunque aprontarse era odioso. Mamá lo hacía tan rápido que aún la admiro, aunque no escatimaba en tirones, zamarreadas y demás “delicadezas” que una vez puestas en marcha no se detenían hasta que terminábamos por mi lado, con una cola de pelo extremadamente apretada y un moño gigante coronando el dolor de cabeza, una pollera cuadrillé, zapatitos de charol, y por el otro, mi hermano con bermudas y chomba haciendo juego.
El destino era la casa de mi abuela y casualmente vivía muy cerca de mi padrino, quien acostumbraba a expiar culpas de pésimo padrino con rollitos de dinero y otros objetos preciados.
El viaje era lo mejor, tomábamos el tren entre cabeceras, el riachuelo cambiaba su olor y las casitas se volvían chalets. Llegando, la magia de tantos lugares por descubrir hizo que el asunto de mi padrino quedara en el olvido.
La tarde caía. A grito pelado comenzamos a juntar las chucherías para emprender la vuelta. Hicimos la última inspección ocular por el parque que daba a la vereda y el auto de mi padrino apareció en la puerta. Al toque de bocina corrimos a saludarlo. Mi mamá cruzó algunas palabras mientras nosotros subíamos al auto exigiendo que arranque. Una vuelta de manzana nomás y mi hermano bajó, mi padrino me preguntó las mismas cosas que siempre, en el mismo orden, hasta que estiró la mano, me dio una bolsa y me dijo: “para vos y tu hermano”.
Me dio un beso en la frente y me bajé del auto.
No llegué a abrir el portón cuando vi que además del rollito de plata, la bolsa estaba repleta de golosinas. Así que abrí desesperadamente cada envoltorio y sin dudarlo tragué todo cuanto había adentro. El tuti-fruti se fundía en cacao, la bananita dolca en uva de caramelos. Mis papilas gustativas estallaban de felicidad engullendo sin respirar, gozando como una puerca pensando en que todo eso, era solo mío porque Marcelo era MI padrino y nunca de mi hermano.
Me deshice de la bolsa y los papelitos y me dispuse a entrar. Me vi los dedos enchastrados y tratando de borrar toda evidencia, empecé a lamerlos, pero el tesoro era demasiado grande para mi pequeña guarida. Una arcada violenta me sacudió la gloria y al cabo de un segundo y viendo que todavía no había entrado, mi mamá llegó hasta mí y al mismo tiempo que el botín salía como una catarata de mi garganta y ella me agarraba de la cola de pelo para que no se ensuciara, miraba el piso contando los papelitos de todo lo que había ingerido, jurándome que se las iba a pagar.
Me acordé de que todavía me quedaba un rollito de plata y mientras mi hermano me miraba con el gesto más asqueroso que le conocí, pensaba en todas las golosinas que mañana me comería y él no.

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