Aguacates

Por Despeinada

En 1985 contaba con escasos 13 años y aún me faltaban 5 para que mi abuela (por fin!!!) me diera acceso a los libros que, según su censura, eran prohibidos a mi edad.

Recuerdo como si fuera ayer, que llegábamos  en tropel, mis hermanos y yo, cada domingo  a visitar a la mamá de mi padre. Un “Hola abuela cómo estás” bastante rápido junto con un beso igualmente fugaz y, como la luz atravesando un prisma, cada uno salía disparado para diferente sitio. Mi hermana  mayor se salía con las vecinas,  la menor iba al patio a ver a los animales del corral. Mi hermano el peque iba directo a la cocina donde mi abuela le daría refrescos o golosinas. Yo corría al cuarto, que tenía un armario repleto de libros. La casa era pequeña, sólo tenían 2 habitaciones y sacrificaban la sala para poner una cama más de forma permanente, así que nunca se consideró una Biblioteca.

Llegaba y tomaba una silla, me subía en ella para alcanzar… lo que me pidiera la edad. Cuando era niña me iba directo a las historietas… Qué hombre araña ni qué Superman… Kalimán, Memín Pingüin, Mafalda, Condorito… eran mi tesoro en esa casa. Cuando a los 10 años leí mi primer libro sin ilustraciones (Las Ilustraciones de El Principito no cuentan como tales) me perdí en esa selva de letras y no quise más nunca dejarla. Era como  Mowgli, viviendo ahí y adaptándome como si hubiera nacido para ello. Leía todo lo que se me permitía.

Cuando cumplí  14, una tía, de esas que no leen ni en defensa propia, decidió regalarme de cumpleaños un libro, que estaba ya en todas la librerías como primer Best Seller de un Mexicano en Nueva York… además no era caro, y era “flaco”, seguro que no fallaba. Así llegó a mis manos el “Gringo Viejo” de Carlos Fuentes.  No me duró ni dos días… pero una frase lo convirtió en inmortal.

…como si los largos y duros testículos, semejantes a un par de aguacates peludos, columpiándose pero duros como piedras entre sus esbeltas, lampiñas, lustrosas piernas indias…

Yo era virgen, por supuesto, pero leí y releí el libro tantas veces que se convirtió en baraja. ¿Viste que de repente tienes alguna fijación como cerrar la puerta tres veces, o tocar el techo de coche cuando pasas debajo de unas vías de tren?. Pues esa frase me hizo SIEMPRE palpar a los hombres que han compartido mi cama, de entrada, esperanzada de encontrar  los aguacates… y casi siempre topándome con un par de higos ya pasados, o rara vez con un par  asemejándose un poco más a los duraznos priscos de la huerta de mi abuela, quien nunca se enteró que rompieron su censura mucho antes de lo programado y de paso, le pusieron la vara muy alta a mis futuros amantes…

 

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