Lucio

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8 diciembre, 2016 por escribeconnosotros

L U C I O por José Ángel Lucena Gómez

En el momento en el que la punta del bolígrafo aceleró vertiginosa sobre el papel cerrando la firma, Lucio, lo tuvo claro. Los finiquitos fueron generosos pero nunca suficientes. Cogió su cheque y salió de la polvorienta y desordenada habitación del director. Aceleró el paso dejando atrás 40 años de noches insomnes y pensó que lo primero que compraría sería un buen traje de pana marrón, lo combinaría con una camisa blanca y una corbata negra, quería estar elegante. La ocasión lo merecía. Después iría a comprar un generador con un caballo sería más que suficiente para su cometido.
La tarde la pasó en el café de la plaza cerca del cine. Lucio tenía precisión de segundero en su día a día. Comprobaba su reloj de pared para constatar que la vida seguía fluyendo. A las diez en punto fue hacia su casa. Dejó caer el traje sobre la cama con delicadeza, colocó la camisa a su lado y los zapatos recién lustrados al pie. Espero aseado e inquieto. En silencio como siempre antes de ir a la sesión nocturna. Había pensado que las dos sería una hora perfecta para llevar a cabo su plan. Revisó meticulosamente el pequeño generador, comprobó que estaba lleno de combustible. Se aseguró de que disponía de las llaves adecuadas. Repasó, -Provisiones, están. Bobinas, están. – Suspiró profundamente y con una sonrisa abierta y franca inició su marcha hacia la sala. La noche estaba muy cerrada. Sólo el eco rítmico de sus pisadas lo acompañaron hasta la puerta trasera del local. Abrió sin demasiados problemas, nadie se había molestado en cambiar la cerradura. Accedió al patio de butacas y en penumbra observó la pantalla muda al final del corredor. Pasó las manos sobre los respaldos recordando la evolución del cine. Justo en el centro quedaba una de las antiguas butacas de terciopelo gastado. Era la que más le gustaba, sería la suya esa noche.
Por fin había llegado el momento de la proyección. Subió no sin dificultades el pequeño grupo a la cabina de proyección y con un violento tirón del cordel de arranque el proyector cobró luminosa vida. Las imágenes atravesaron la polvorienta atmósfera para chocar mágicamente sobre la blanca pared. Lucio operador de cámara durante las cuatro últimas décadas, amaba su profesión. Aprendió a reír, a llorar, a soñar; siempre a través de aquella pequeña ventana, compartiendo desde la altura los comentarios del público. Imaginó amoríos, infidelidades, soledades; siempre tras aquella potente luz que transformaba la oscuridad en vidas.
Se sentó con un gran paquete de palomitas entre las manos, acariciando los brazos de raido terciopelo. Hoy sería espectador por fin. Había unido secuencias de aquí y de allá, de las películas que habían pasado por la sala, metraje descartado en las reparaciones o selecciones que hábilmente había sabido extraer. La duración máxima era de tres horas, en dos bobinas, no había más tiempo posible. La proyección terminaría a las 7 de la mañana. Lo tenía todo previsto. Lucio paseó la mirada por el recinto, aspiró el particular aroma que habían ido dejando las historias que pasaron por allí y se concentró en la pantalla. Se acercó tímido, no solía estar tan cerca de esa enorme ventana blanca y tocó la gastada tela con devoción. Estaba al otro extremo. Ahora veía a duras penas el pequeño rectángulo que había sido su ventana al mundo.
Se concentró en las escenas; La poderosa figura de Marlon Brando en La Ley del Silencio desmontando de su moto ocupaba todo el plano. Le gustaba repetir los diálogos que le habían acompañado mucho tiempo después del estreno de las películas – Francamente Querida, me importa un bledo- La cara se le llenó de satisfacción repitiendo ese fragmento de Lo que el viento se llevó. Después llegó la vida es bella y el corazón se le arrugó en el pecho, siempre terminaba llorando cuando veía a Roberto Benigni inventando una realidad amable y paralela. En la cinta se unieron Primera Plana y Una noche en la ópera era el antídoto perfecto ante la tristeza, Lucio resplandecía cada vez que se abría la puerta del camarote y miraba alrededor intentando compartir esa absurda experiencia. La primera hora y media pasó volando, había llegado el cambio de rollo. Esperó paciente como si le diera un tiempo al operador y dejando las palomitas que le quedaban sobre el asiento dijo en voz alta – Ahora vuelvo, voy al servicio- corrió con una sonrisa inocente a cambiar la cinta. Sentía que estaba hecho de soledad y capas de acetato, este era su mundo. De nuevo la sala se llenaba de luz viva y chisporroteante de la emoción del cine. – ¡Cómo me gusta Desayuno con diamantes! – La sublime escena de la escalera de incendios y Moon River llegaban a su lado más sensible, no podía evitarlo, la ternura se derramaba líquida sobre la solapa de su chaqueta nueva. Recompuso el gesto, el inicio de La misión siempre le producía el mismo efecto, cuando vio cómo se despeñaba el misionero cascada abajo desapareciendo en una densa bruma de vapor, agarró con fuerza su crucifijo sintiendo que su fe tambaleaba. Después había añadido la secuencia en la estación del tren en Los intocables de Eliot Ness a Lucio le faltó tirarse bajo el cochecito para evitar que cayera el niño, esa proximidad a la pantalla le hacía sentirse en la escena. Su pase privado estaba llegando al fin cuando Charlton Heston alzó su báculo separando las aguas del Mar Rojo, perdió la compostura y se levantó de la butaca con un sonoro aplauso miró alrededor y sintió frio y complacencia, ¿Qué mejor lugar para estar?. La última secuencia prevista iluminó la pantalla de colores cálidos, una mujer con un sombrero de paja caminaba entre trigales. Llevaba puesto un vestido del color de las butacas del cine, con aire elegante y despistado cogía el dobladillo de su falda y equilibraba su paso con una maleta de cuero. La película se rodó en su pueblo y la chica desde el momento en el que él la vio caminado con dulzura felina, le arrancó la voluntad. Lucio cerró los ojos e imaginó por enésima vez sus contornos. Aquella toma la había visto más de mil veces, podía sentir el tacto del vestido, el perfume del cereal tostado al sol. La risa contagiosa y feliz de su protagonista. Imaginó que se adentraba en la pantalla a lomos de un caballo y que la cogía de la cintura elevándola a la grupa. Buscó sus labios con urgencia de deseo en el momento exacto en el que estaba programada la explosión para el derrumbe del cine. Un estruendo repentino deshizo los pilares y desplomo la techumbre sobre Lucio y sus sueños de luz. La estructura se colapsó exitosamente para dejar paso a un deslumbrante centro comercial. Lucio pensó que prefería morir amando que ahogado en tristeza. Cuando procedieron al desescombro encontraron sus retos en el patio de butacas, su rostro mantenía una amplia sonrisa de felicidad a pesar de las tremendas contusiones que le provocaron la muerte. Paradójicamente en su honor llamaron al centro comercial “Tierra de sueños”. Ahora las cajas registradores rugen en el interior mientras el hilo musical dice de nuevo aquello de”Tócala otra vez Sam”.

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Un pensamiento en “Lucio

  1. Elgomes dice:

    Preciosa historia. Hay gran respeto en las palabras escogidas, esta bien engalanado eltexto, como un homenaje. Me encanto!

    Me gusta

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