IRA

ira-jose-angelSi al menos pudiera mover las manos. Me encuentro aquí tendido. Siento lejanamente la sonda. La aguja en el brazo se ha transformado en un visitante permanente, un intruso que me tensiona y endurece la vena. Ellos no lo saben pero puedo contar las gotas de suero que lentamente va cayendo, ondas en un pequeño mar salino. Dios, este monitor es insoportable, ese sonido agudo y constante que indica que mi ritmo cardíaco es invariable llega a volverme loco. ¿Cuándo me humedecerán los ojos?, los siento como dos nidos secos tras los parpados. Cuando enciende el fluorescente que hay sobre la cabecera de la cama, primero con sonido de chicharra mecánica y después como un fogonazo detenido, cuento una noche más. Las mañanas llegan entre las rendijas de la persiana, lentamente se desplazan franjas de luz desde abajo proyectándose en el techo hasta que la inclinación del sol las deposita sobre la cama. Otro día más.
Siento el aseo personal como una humillación obligatoria. Entran dos enfermeros y desalojan a cualquier fugaz visita. Me zarandean. Colocan un empapador plastificado cubriendo la cama y comienzan a comentarse el partido, o lo buena que está Alejandra, moviéndome como a un objeto. No creo que difiera para ellos mucho de lavar un coche. Después me cubren con la sábana blanca con dos franjas azules y el logotipo del hospital en el costado. Me quedo absorto, he tenido que hacer un viaje interior para soportar el asedio.
El doctor con cara de preocupación aparece sobre las 10:30, lee las constantes, comprueba las anotaciones de la tabla al pie de la cama. No habla delante de mí nunca, no sabe que lo observo, no sabe lo atento que estoy. Respiro lentamente cuando lo tengo cerca, no quiero romper su concentración. Prefiero imaginar que me levanto de la cama cuando mira extasiado los monitores. Apoyo los pies sobre el suelo, con cuidado. Inestable pero firme. Avanzo hacia él y sin mediar palabra le arrebato el bolígrafo del bolsillo de la bata, justo donde pone Doctor Flores. Aguanto su cuello atenazándolo con el antebrazo y en un gesto rápido y decidido le clavo el bolígrafo en el ojo derecho. La sangre cae sobre su bata entre confusión y desconcierto. Finalmente se derrumba en el suelo, de frente. Los pies se mueven levemente durante unos segundos y después crece una mancha burdeos bajo su cabeza.
La puerta de la habitación se abre. Se expulsa de mi ensoñación. El perfume de mujer la antecede. Siento lava en el pecho. Mi cerebro contrae los puños con saña pero mi orden no encuentra su camino. Marta besa apasionadamente al doctor Flores. El pestillo bloquea la puerta. Es una visita rutinaria del médico. La que realiza todos los días. Me sumerjo, vuelvo a soñar, desde la cama lanzo dos dardos llenos curare, lo vi en un documental de los Jibaros. Tantas horas mirando la pantalla tenían que servir para algo .Caen como marionetas deshechas al suelo con un golpe seco con sonido a hueso quebrado. Queda poco tiempo morirán por parada cardiorespiratoria, el veneno está paralizando su organismo a nivel muscular. Me levanto enérgico. Paseo entre ellos. Me acerco a la cara petrificada del doctor y exhalo odio. Desprecio a Marta. Le grito al oído, se que la ira es más fuerte que el curare. Sé que el mensaje le ha llegado. Le toco el pecho e intuyo un corazón mareado y desorientado. Noto como se le dilatan las pupilas de horror. Respiro hondo. Me vuelvo hacia Flores y le bajo la cremallera. Lentamente estoy devolviendo el sufrimiento que me han infligido. Hurgo en el pantalón y mientras que blando un estilete le susurro “estamos en igualdad de condiciones. Por fin estamos en igual de condiciones”.
Un portazo me devuelve a mi eterno plano horizontal. Nunca me da tiempo a terminar. Mi ira crece. Mañana idearé una nueva venganza. En el pasillo se oye “no te preocupes él ya no siente nada.”

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