El abogado

Fui un estudiante mediocre. Bueno, en realidad, he sido siempre una persona vulgar; del montón que se suele decir. No destaqué en actividad o habilidad alguna, más por falta de ánimo o esfuerzo que por falta de aptitud.
Terminé la carrera de derecho –fue por presión familiar, a mi me daba lo mismo- sin pena ni gloria. Comencé a trabajar en el bufete de un reputado abogado, conocido de la familia. Me encargaba de casos menores o tediosos, de los que se desentendían el resto de compañeros, todos ellos con más ego, más ambición y más amor propio que yo.

Un día de tantos, llegó un caso más. Ella entró en el minúsculo despacho casi con miedo. Quería poner fin a un infeliz matrimonio de años.

Cabeza gacha, ojos vidriosos y escurridizos de pez -Incapaz de sostener la mirada-, comenzó un relato de años de sumisión y entrega, de ilusiones frustradas y esfuerzos baldíos. Todo ello salpicado de insinuaciones de golpes y vejaciones.

La dejé hablar. Tenía la sensación de que era la primera vez que lo hacía libremente en mucho tiempo, sin reproches ni interrupciones.

Cuando hizo una pausa, dejé que se prolongase. Brotaron entonces de sus ojos, lágrimas sinceras que no se molestó en ocultar y con cada cristal que se deslizaba por sus mejillas, la expresión de su rostro fue experimentando una transformación maravillosa. Los músculos de su cuello se tensaron y alzó el rostro. Por primera vez me miró directamente. Pude entonces comprobar cómo habían crecido y cambiado de color sus ojos; ahora eran grandes, hermosos y de un color almendrado. Sus labios -antes plegados sobre sí mismos- emergieron y dibujaron un atisbo de sonrisa. En su frente se sustituyó el desplome de las cejas, por un lienzo sobre el que se insinuaban tres líneas; en ellas se podía leer: Rabia, asco y odio. Su torso se enderezó, sus hombros se irguieron insinuando los pechos y adornándola con una mezcla de orgullo y altivez.

Me sentí entonces como un espectador de la creación, pensé –estúpido de mi- que todo aquello estaba puesto ahí para mi, quede atrapado en su mirada y cupe yo todo: Mis inseguridades, mi poco amor propio, el deambular apático que hasta aquel momento era mi existencia; todo cobró un nuevo sentido…

-Quiero rehacer mi vida –dijo para sacarme de mi ensoñación-.

Y dibujó una sonrisa.

Fueron las primeras palabras que pronunció sin llorar y las únicas a las que no presté atención.

A partir de aquí me puse a trabajar en serio; un juicio, una sentencia favorable y una libertad vital ganada. Entremedias yo respiraba a través de su caro perfume y me vestía cada mañana con la ilusión de propiciar algún roce furtivo. Pensaba que una vez pasado todo, caería en mis brazos como salvador suyo. No podía imaginar que cada paso que ella daba hacia su libertad, la ponía en el camino para no volver a verla. Una tarde ya no vino, se excusó con un viaje y prometió recomendar mi trabajo. Ese día planeaba invitarla a cenar, ese día mi vida quedó sin plan de nuevo.

Mi ánimo quedó entonces bajo una nube perenne de tormenta. Desahogué la ira que sentía, con el trabajo. No le hice ascos a nada. Sin escrúpulos, ayudé a dividir familias; Manipulé, retorcí, escarbé, abrí cajones cerrados, descubrí arcones antiguos llenos de rencores y frustraciones, fui encontrando dragones escondidos, sacando brillo a decepciones y traiciones y todo ello gracias a la rabia que vive en mí. Todo gracias a un sueño que no fue.

Me he especializado en derecho matrimonial. El divorcio es un momento vital en que las personas son especialmente vulnerables a mis triquiñuelas.

Y desde ahí todo es cuesta abajo. Mis clientes llegados a este punto tan solo desean aniquilar a quien un día amaron, o no. Pero a con quien se casaron…

He desarrollado un finísimo olfato para detectar la verdad; Es el instante preciso que embarga a quien se sienta del otro lado de la elegante mesa de mi nuevo despacho. Hay signo físicos inequívocos, reacciones cognitivas casi imperceptibles que nunca se me escapan y expresiones funcionales que son las que me hacen ganar los juicios. Lo cual, por otro lado, me importa poco. Si hubiese sabido “leer” cuando aquella mujer me cautivó, no sería el animal que soy hoy, aunque tampoco hubiese descubierto mi pasión.

Porque el proceso…De veras que me enloquece.

Sin quererlo, sin pretenderlo, encontré mi vocación. Y por primera vez, al fin, en mi anodina vida disfruto con algo.

He cambiado la placa de mi nuevo despacho.

Alfredo Salvatierra
Licenciado en Derecho
Buscador de Ira

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