500 ml, nada más

El año 2004 venía bastante atravesado.
Una quebradura de fémur a esa altura del año no era tanto si uno lo comparaba con lo que se iba a venir.
Mi mamá estaba internada esperando una prótesis que iba a llegar justo entre el día del tsunami y de la tragedia de República Cromagnón. Mientras tanto la nochebuena llegaba lenta e inexorable.
Más o menos a siete kilómetros de ese lugar, Laura y mis hijas adornaban la casa como podían. Seguramente íbamos a comer algo frío, esa noche estaba insoportable.
Las noticias en el televisor mostraban gente feliz y llena de deseos de un mundo mejor.
Eran más o menos las 23:00 y llegó la muchacha que iba a cuidar a mi mamá esa noche. Otra familia en algún lugar iba a estar incompleta.
La fractura de los huesos no era nada comparada con la grieta de los sentimientos.
Las cosas no estaban bien con mi mamá, pero una voz adentro a la altura del cuello me ordenaba cuidar a quien me había cuidado.
La saludé y salí al pasillo de la Clínica San Nicolás. En la escalera crucé al médico y lo acompañé hasta la sala para el parte diario y última visita. Revisó las notas, le cambió el suero y salimos de la habitación por última vez. Ya en la calle me dijo “Tu mamá está viviendo horas extras. Dejó la quimio hace seis meses y la quebradura cayó en un mal momento. Cuando llegue la prótesis llevátela a tu casa, no hay nada más que hacerle. “
El resto de la charla no la escuché, lo juro. Las imágenes se sucedían en cámara lenta. Las calles desiertas eran un capricho del destino para que yo no chocara contra nadie camino a casa. No sé cómo llegué, no sé cuanto tardé, los hogares ruidosos me anunciaron que estaba en mi barrio.
Entré a casa y con fingida calma levanté los hombros dos segundos para romperme en veinte pedazos como un vidrio. Mi hija mayor, que por aquel entonces tenía 8 años me abrazó lo más fuerte que puede abrazar una criatura a esa edad. Tragué toda la angustia que pude sin respirar y ella me dijo al oído “¡Papá! No lloro por la abuela…lloro por vos.” Laura y mi hija menor se unieron al abrazo y entendí que no estaba solo. Había todavía motivos para estar vivo.
“500 ml nada más” me dijo el médico. “Un suero más y te la llevás a su casa” mientras mi mamá digería los calmantes y los cansancios.
Gota a gota se terminaba el año.
Gota a gota se terminaba la estadía en la clínica.
Gota a gota se horada una piedra.
Gota a gota perdía a mi mamá.

 

500ml

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