NAVIDAD

La tarde se transformó en una densa bruma hasta que las casas desaparecieron engullidas por las nubes. La humedad eterna del pazo llevaba pintando de verde musgo las fachadas y las vidas de los habitantes de la aldea desde que los recuerdos existen.
La noche de Navidad estaba acercándose despacio e inexorablemente. El olor al asado, a los guisos de Anselma, a las castañas asadas, llevaba varias horas detenido sobre los tejados.
– Llama a Luis, que se duche, que después llega la hora de la cena y está todo embarrado
Pedro Salió a la calle diligente. Luis estaba con sus amigos, los cinco niños de la aldea. Recordaba como a su edad eran sólo tres, después llegó Alejandro, el maestro y no tuvieron necesidad de hacer 50 km para ir a la escuela y Marta, que venía embarazada y con la ropa más rara que jamás hubiera visto.
El colegio había acabado el día 22 y los chavales se reunían en la plaza a jugar hasta las tantas todos los días.
– ¡Luis!.- Pedro se colocó las manos sobre la boca simulando un megáfono y gritó con todas sus fuerzas. – Le resultaba raro. No había nadie. Esperó lo que a él le pareció una eternidad y volvió a gritar de nuevo, con una teatralidad en ensayada. -¡Luisssssss!. – No respondió nadie, seguro que estaban haciendo alguna de las suyas. – Verás cuando se lo diga a Mamá – Masculló con cierto regusto a satisfacción. Se metió las manos en los bolsillos y aceleró el paso.
Pedro encontró a dos madres en el salón de su casa. Un pequeño revuelo estaba a punto de estallar. Podía paladearlo.
-Le dije a Jesús que lo quería en casa pronto. Es Navidad y hay que estar listo para la cena.
El trío estaba en el centro del salón con la única luz de la chimenea que proyectaba sombras chinescas sobre la pared.
– No os parece raro?. Mi Miguel nunca me desobedece- Espetó con convencimiento.
¿Pedro, has visto a tu hermano?- Pregunto Anselma con seriedad. Era mujer afectuosa pero directa, poco dada a florituras.
– No, mamá, he estado en la plaza y en las calles donde suelen jugar pero ni rastro.
– Tú a buscar por donde suelen ir. Venga, no te quedes ahí.- Anselma agito las manos como aventando ascuas para que el chico saliera de la casa cuanto antes.
Las mujeres se volvieron a reunir en el centro de la estancia.
– Ayyy, mira que si les ha pasado algo. Esto es muy raro pero que muy raro.-fue un pensamiento colectivo que se tradujo en palabras de una de las madres.
– Vamos a Casa de Lola, igual María sabe donde andan.
Las tres madres salieron a la calle empujadas por la inquietud y en menos que canta un gallo estaban aporreando la puerta de Lola.
– ¿Está tu hija? – La iniciativa la llevaba Anselma, colocada delante de las otras dos.
– Buenas Tardes por lo menos, ¿no?. Pasad que hace frio.- María se marchó hace un rato con los niños. Van los 5 juntos. Estuvieron cuchicheando ahí en el salón, cerca del fuego, hace un frio que pela. – Pero ¿dónde vais con esa cara, chicas?.- Lola empezaba a preocuparse de la actitud de las madres.
– Verás yo le dije a Luís que lo quería a las 5 en casa.
– Y yo a Jesús, que sabes lo obediente que es.
– Estamos buscándolos y ni rastro. Pedro ha salido a mirar por dónde van los chicos pero no sabemos nada.
– Creo que estaban dándole vueltas a un trabajo que les mandó el maestro- Lola se acercó a unos recortes de prensa y al cuaderno garabateado de su hija. En la cabecera de una hoja en blanco se leía “La Navidad es dar”.
En ese momento llamaron a la puerta. Era Pedro venía enrojecido por el frio y con cara de preocupación.
– Mamá no los veo por ninguna parte.
La frase termino en un revuelo de inquietudes y pesar. Dios mío, estos Chicos, ¿dónde andarán? -Se entrecruzaban ruegos y angustia contenida.
– Tenemos que organizar una batida. Seguro que están jugando por ahí y con esta niebla se han perdido – Dijo Anselma resolutiva- Llama a los hombre que estarán en la taberna – Pedro no lo dudo y salió golpeándose en las jambas de la puerta.
– Y ahora que hago yo, el asado está a medio hacer, la casa no está recogida… – La madre de Miguel tenía una puntería muy desarrollada para hacer comentarios inoportunos.- Ahora vuelvo.
– Esperad un segundo me pongo el abrigo, atizo el fuego y salimos a buscarlos. Seguro que están cerca –Lola tenía siempre una visión práctica y serena de las situaciones. En la última riada no se decidió a recoger sus cosas hasta que vio el frigorífico flotando en el salón.
Las tres mujeres quedaron en el salón mientras Lola avivaba el fuego con los recortes que los niños habían garabateado. Había una primera plana del diario local en la que en un titular en rojo reclamaba su atención “El geriátrico, en banca rota, tiene los días contados”. Anselma le arrebató de un manotazo el recorte a Lola y profirió un desacostumbrado!!!Eureka¡¡¡ – Los niños están aquí, pensadlo. ¡¡¡Es su trabajo de Navidad!!!
En ese momento La madre de Miguel abrió la puerta de un empellón –!!! Me han robado el asado de cordero¡¡¡¡
Lola fue corriendo a la cocina, una corazonada la guiaba. Su voz se oyó a lo lejos – ¡¡¡¡ Yo me he quedado sin turrones ¡¡¡¡ y sin caldo de sopa¡¡¡¡.
En ese mismo instante los padres de los chicos llegaron al salón y Anselma tomo las riendas de la situación.- Coged los abrigos que nos vamos al Geriátrico y algo de vino, y polvorones y las panderetas…
Los cinco kilómetros que mediaban entre el pueblo y el sanatorio se hicieron interminables entre el frio y el barro pero nadie se atrevió a rechistar.
Al llegar a la puerta los recibió el único enfermero que asistía a los ancianos. – Buenas noches se ve que la noche va de visitas. Bienvenidos. Los niños están adentro, que idea más generosa han tenido no sé como agradecerles que hayan permitido que sus hijos vinieran a celebrar la Navidad al centro.
Los padres resoplaron de alegría y descanso y levantaron las viandas y acompañamientos que llevaban en las manos. Mientras se miraban con la complicidad de la mentira infantil. Al fondo del oscuro corredor brillaban intensas las risas de los chicos.
– Pasen, pasen no se queden ahí, son bien recibidos. Hoy es noche de celebración-
Manuel cogió su pandereta. Lucas acomodó la botella de anís en su regazo y dispuso el cabo de la cuchara y todos coordinados, como todos los años comenzaron a cantar “Noche de Paz”. Los niños no tardaron en abrazar a sus padres en una mezcla de miedo y cariño. Sólo María permaneció embelesada con Gloria, acicalándola con las lágrimas de cristal de la lámpara de su madre, siempre le parecieron diamantes a la luz de las bombillas.
– Ves María, al final no somos más que dos extremos de una misma cuerda- María ignoró la frase y continúo con fruición colocándole los abalorios a Gloria.
Para algunos esa noche sólo fue una pequeña anécdota pero para otros fue el milagro de la vida. La alegría que dejaron los niños en el geriátrico con sus risas, sus bailes y su ocurrencia anidó como alas de esperanza en los corazones de aquellos que pensaron que estaban aparcados en la última estación a la espera.
Por supuesto, Alejandro, le puso un 10 a cada uno y les regaló una punta de la estrella de navidad del árbol de la clase con la misteriosa fórmula, “Este recuerdo alumbrará vuestras horas tristes”. Siempre le gustaron las frases lapidarias.
Y por cierto la anécdota se transformó en costumbre y en la residencia, que nunca llegó a cerrarse, la noche de Navidad se transformó en noche de natividad, de renovación donde las risas infantiles se mezclaron con las anécdotas de otro tiempo y los reflejos irisados de las lágrimas de cristal de Gloria.

 

joseangelnavidad

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