Un plato de más

Recuerdo a mi padre ocupar el mismo sitio en la mesa durante toda la vida. En casa, el almuerzo y la cena se hacían en el comedor con mesa puesta y atendido por el servicio. Siguiendo todas y cada una de las convenciones sociales al uso. Colocación de vajilla, cuberteria y cristalería, bajo platos, mantel y servilletas de hilo…. y un infinito de normas y limitaciones. Todo bajo la atenta mirada y supervisión de mi madre. Era su forma de mantenerse unida a su pasado como miembro de una de las familias nobles de nuestra mediana población; mitad pueblo, mitad capital provincial.
La muerte de mi padre -como toda muerte prematura- de forma súbita e inesperada fue un rayo que partió corazones y tiñó mi casa de un luto perenne. Mis hermanos y yo hicimos nuestros sueños; cada uno a su ritmo y a su manera.
Mi madre, como no, se aferró a su fe y a sus convenciones. Prohibió música y risas, cerró contraventanas, dejo de maquillarse y teñirse, y regaló toda su ropa. Compro tres sencillos trajes negros iguales, y no vistió otra cosa hasta su muerte. Tenia 47 años e hizo de su viudez una forma de vida.
Lo único que se celebró en casa desde entonces fué la cena de Navidad. Mesa exquisita y expectacular, servicio de etiqueta y el menú excesivo habitual. El detalle perturbador era el puesto de mi padre; completo y preparado como si fuera a aparecer en cualquier instante. Eran cenas aburridas, de conversaciones superfluas y vacías de cualquier atisbo de celebración. Impregnadas de tristeza.
Era sentarnos a la mesa y caer, como una red sobre su presa, un manto de pena inmensamente espesa, opresiva, insoportable, que se podía masticar y sentirla bajar por el esófago hasta el estomago. Desde allí se difundía por todo el organismo y teñía cuerpo y mente.
Hasta los niños caían presos, perdían toda la ilusión Navideña. Comían con premura, recogían su regalo de manos de la abuela y esperaban pacientemente a marcharse. La navidad de verdad la celebraba al siguiente día en cada casa.
La sensación que me embargaba era la repetición del velatorio de mi padre año tras años. Si cerrabas los ojos sentías el olor a cera ardiente de cirios inmensos en las esquinas del comedor y una bandada de cuervos zaínos graznando y volando en círculo. Y el ataúd abierto, con su cara de infartado y su mejor traje. En su sitio, en su puesto. Trasmutado en platos repletos que nadie comería, vinos que nadie bebería y hasta su pan preferido que ni los ratones disfrutarían, Todo un ritual ancestral y tribal.
Una Navidad -una de tantas- mi hermano Silvelio salió del trance común. Se levantó serenamente, camino desde la otra esquina de la mesa hasta el altar pagano que representaba el puesto servido de mi padre y mirando a mí anonadada madre a los ojos gritó.
-Se acabó esta mierda madre. Padre está muerto. Lo disfrutaron los gusanos hace veintitrés años!! . Y estrelló copa llena y plato servido contra la pared. Un atronador silencio se apoderó de la estancia.
Los milagros existen. Lo sé porque una Navidad vi como una loca vieja de negro se transformaba en una hermosa mujer madura. Una a una desapareciron las arrugas de amargura contenida . Los ojos espesos y brumosos viraron a su verde natural, limpio y cristalino. El rictus de pesadumbre transmutó en paz y aceptación. En un instante se produjo un duelo guardado en los abismos del corazón durante décadas. Por primera vez en treinta años sonrió.
Y con su sonrisa alguien descubrió la manta de amargura, retiró los cirios y espantó los cuervos del comedor de la casa que salieron de a uno por el hueco de la chimenea prendida.
Desde entonces cada año celebramos en casa de mi madre una cena de Navidad entrañable, divertida y gozosa. Reimos, cantamos y comemos hasta reventar. Intercambiamos regalos y afectos. Nos abrazamos, nos besamos. Los niños se emocionan, y prenden bengalas y fuegos artificiales .
Desde aquel año mi padre está en verdad presente. Lo sé porque le siento bien adentro en mis más profundos y enraizados sentimientos . Y mirando las caras de mis hermanos y mi madre sé que le sienten de igual manera.
Al final, tan sólo sobraba un plato.

 

juandiaz

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