Fuegos, Cenizas, Ocasos

De Raúl Leiva.
Hay fuegos que no conviene encender.
Isabel estaba desde que tiene memoria o mejor dicho, desde que se le fue horadando la memoria en el Hogar Los Lirios. Necesitaba ayuda constante y no podían arriesgarse a dejarla sola otra vez desde el incidente con el gas. El alzheimer había levantado una barrera infranqueable entre ella y su hija Celia. Todos los miércoles, viernes y domingos la visitaba a pesar del desprecio constante de Isabel. Duele tanto que quien alguna vez te cuidó hoy te desconoce y quien te juró amor eterno se fue con lo puesto adonde nadie lo pudiera localizar jamás. Celia tenía 54 años y un cáncer de mama que estaba por cumplir la mayoría de edad. Su hija Viviana veía como su madre se iba carcomiendo en vida dejando su poca energía en cada visita a Isabel. Cada vez que volvía a la casa, Celia se encerraba a llorar hasta secarse, para luego lavarse la cara y darse fuertes cachetadas por ser tan débil en aquellas circunstancias. Nunca dejó que Viviana la acompañe al geriátrico a ayudarla con su madre. Los años pasaron y el tumor decidió emanciparse de Celia llevándose consigo su último vestigio de fuerza. Viviana no tenía a nadie en el mundo salvo un horrible recuerdo de la huída de su padre y su abuela en un “hogar” como lo llaman irónicamente a ese purgatorio terrenal.
¿Quién le iba a decir a Isabel que su hija había muerto si ya la había erradicado de su vida para siempre junto con la mayor parte de los recuerdos?
Viviana tomó coraje y dos trenes para llegar a la puerta del Hogar Los Lirios. Encontró a su abuela mirando hacia alguna parte , detenida en algún tiempo. Se sentó cerca de ella y se desarmó hacia adentro, colapsando en silencio como un viejo edificio que dinamitado se cae hacia adentro. Un suspiro hondo se le escapó e Isabel la miró fijo. “¡Celia!¿Qué hacés ahí? Me asustaste” dijo la vieja parándose y su cara se iluminó. “¡Pensé que no ibas a venir más!” siguió.
¿Cómo se le dice a alguien que su hija se murió si al día siguiente iba a repetirse la misma historia?
Ahí fue que Viviana empezó a recomponer el vínculo madre-hija que ambas enfermedades, la del cuerpo y la de la mente , se habían empeñado en deshacer. Se propuso recuperar el tiempo perdido con su abuela y dejar que la vieja haga las paces con su difunta hija. La mecha estaba encendida.
La mentira fue desarrollándose en actos como una novela macabra mal escrita. Las historias fluían y la vieja parecía haber recuperado el ánimo y las ganas. Ya era tarde para aclarar la verdad que escondía Viviana. Sólo le consolaba que si su madre la veía desde alguna otra instancia, se hubiera sentido orgullosa de ella, de ellas. Tenía a veces la sensación que la abuela se estaba dando cuenta del engaño por unas largas miradas que le dedicaba a su supuesta hija.
Un 31 de diciembre, Viviana se estaba retirando del hogar para celebrar otro fin de año sola en la vieja casa materna cuando Isabel le dijo “Celia. Vení por favor. “ Viviana la miró en sus ojos grises hartos de historias y olvidos y adivinó que algo se iba a terminar esa noche, un anuncia iba a poner fin a la mentira, y pensaba soportarlo con la fuerza de su cuerpo. Isabel miró fijo a Viviana y la frase fue directa y sin preámbulos: “¿Cuándo le vas a decir la verdad a Vivianita? Tiene derecho a saberlo, ya es tiempo.”
Viviana quedó suspendida y con la fuerza de un portazo su cabeza se desconectó del presente. Salió de la pieza para no escuchar nada más, a nadie más. Y corrió, lo que dura un año en cambiar a otro, no pensaba, no podía dejar de pensar. Llegó a su casa, a alguna hora y revolvió todo, miró durante mucho tiempo todas las viejas fotos que encontró para descubrir que al rompecabezas de su vida le faltaban piezas, y que nadie le podría decir donde estaban.
Hay fuegos que conviene apagar.
Hay fuegos que no convienen ser encendidos.
Nunca.

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