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Desde que Iván era niño y compartía el cuarto con sus hermanos, tuvo la determinación, certeza, URGENCIA de saber que cuando creciera, además de su propia habitación, le daría una a cada hijo que tuviera. No importaba que fuera minúscula, tenía que ser independiente. Sufría cada día al regresar a casa, porque Luis quería silencio para leer, Jesús quería escuchar su música y él sólo pedía la Paz que los audífonos dados por Mamá, no habían logrado.
A veces pensaba que le hubiera convenido ser mujer y estar en el cuarto de las chicas, pero cuando escuchaba los gritos por el espacio en el armario, o los arañazos porque una usó (y dañó) el vestido favorito de la otra, se sentaba y meditaba que de cualquier manera estaban destinados al apretujamiento.
Al crecer, las cosas no fueron mejor. El día que Luis se durmió con el cigarro en la mano y que incendió el colchón, fue el acabose. Como era verano pudieron dormir temporalmente en el patio, sin mayor problema. Incluso sirvió para relajar un poco la tensión y bromear. Luis mencionó la vez que Jesús había tenido la genial idea de esconder un par de ratones en una caja, porque Mamá tenía prohibidas las mascotas, y de repente, por todas partes aparecían excrementos que la volvieron loca. También salió a relucir la vez que Iván se levantó sonámbulo y confundió el armario con el baño, macerando los zapatos de todos con su orina.
Una carta llegó en Diciembre, era la beca que tanto había anhelado. Le daban estudio, hospedaje y alimento en Suiza durante 2 años para la maestría que quería. Se volvió loco haciendo todos los preparativos y Junio llegó igual de rápido que cuando se acaba el café en las mañanas. 2 años en la tierra lejana donde aprendió que aunque la gente del mundo entero tiene 37° de temperatura corporal, eso no quiere decir que sea cálida. 24 meses entendiendo que un “Hola qué haces, ¿nada?¿ Por qué no vienes y hacemos un asado?” es impensable si no lo has planeado con al menos 30 días antes. 104 Domingos con gente que no se ríe de lo mismo que tu.
Afortunadamente para Iván, al regresar estaban aún sus hermanos en casa y pudo disfrutar un poco más, antes de que todos abandonaran el nido, de esos sinsabores que uno por uno, los atesoraba para cuando tuviera su propia familia, con habitaciones compartidas.

 

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