El tercer vagón

 

Las 8:30.

Sé que llegaré tarde –como todos los días- pero el tren de las 8 no es una opción.
Camino a la estación voy rumiando la misma letanía que cada día. Vendrá vacío, vendrá vacío, vendrá vacío,…

Antes de salir he comprobado todas las ventanas; dos veces. Giré el cilindro de la puerta y la empujé tres veces. Bajé las cuatro plantas a pie y en cada rellano paré para repetirme mentalmente que todo estaba bien.
El andén está casi vacío, solo dos personas. Hoy será más llevadero. Quedan doce minutos. Voy haciendo mentalmente los cálculos habituales. El tercer vagón, el que siempre va menos ocupado.
Son solo cinco paradas, intento recordarlo una y otra vez.

Siete minutos. Mi pulso se acelera, noto en mi pecho cada latido. Llega una madre con tres niños. Al momento un grupo de adolescentes. Una pareja de mediana edad. Horror!! Demasiada gente.
Volverá a pasar.

Las 9. El tren llega puntual. Mi vista se afina para comprobar cuanto antes como está de ocupado. Para y abre las puertas. Es el momento.

Mis piernas no responden la orden de mi cerebro. Veintitrés personas, una marabunta!!!. Mi respiración se agita, me falta el aire. A pesar del frío siento la humedad en mis manos, las gotas de sudor que recorren la frente. Miedo en estado puro.

Finalmente doy un paso y me adentro en el infierno. Las puertas se cierran tras de mí y el ruido es el mismo que harían las de una celda. Cierro los ojos. Toda mí atención está puesta en los sonidos del tren. Cualquiera fuera de lo habitual produce una descarga en mi ya rígido cuerpo. Aún con los ojos cerrados noto como el vagón se empequeñece, cada segundo los ocupantes nos vamos desplazando hacia su centro. El techo desciende de a poco, en dos paradas más tendremos que arrodillarnos. Suplico mentalmente para que no tengamos paradas extras entre estaciones. En cada una suben más personas y con cada una de ellas crece mi angustia.

Mi cuerpo se desata por completo. Los latidos de mi corazón castigan mis costillas, por mi garganta entra un escaso hilo de aire que disminuye por momentos, mis piernas pierden fuerza y van dejándose vencer por el peso, el dolor de cabeza se convierte en insoportable, en cualquier momento saltaran lo ojos de sus cuencas.

Ding. -Próxima parada DELICIAS!.

Estoy viva. He llegado. Me abalanzo hacia el andén en el mismo instante en que se abren las puertas de mi celda.

Y por fin respiro.

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