Casualidades

“Está dentro de mis cálculos que usted se sorprenda al recibir esta carta…” Comenzaba la hoja escrita a mano, en perfecta imprenta mayúscula. En ese momento me detuve a mirar el sobre que me había alcanzado Virginia al entrar a la oficina.
-“Buen día doctor. Le llegó esta carta”- me dijo la amable secretaria y mientras caminaba abrí el sobre sin darle ninguna importancia. Pero ahora que me senté y la primer frase me llama la atención, miro el sobre y veo mi nombre en ambos lados “Rte: Gastón Ángel Martinez”, “Destinatario: Gastón Ángel Martinez”.
Sin dudar un segundo, con la mano algo inquieta, vuelvo mis ojos a la hoja: “… Se sorprenderá de notar que nos llamamos exactamente igual. Se sorprenderá, pero a mí ya nada me sorprende. Quizás perdí la credulidad aquella tarde de primavera de mil novecientos setenta y siete.
Se sorprenderá, pero sé muchas cosas de usted doctor. Sé que en aquellos años trabajaba para un sindicato. Sé que aquel jueves veintinueve de septiembre, cerca de las cinco de la tarde, usted debía pasar por la calle Gral. Lamadrid entre Av. Bartolomé Mitre y Estanislao Zeballos en Avellaneda…”.
Cada letra de la carta es pesada, con datos certeros e inquietantes. Mis manos se mueven cada vez más y mi mente se impacienta por conocer de que se trata todo esto.
“Sepa doctor que tenemos, más o menos, la misma edad.  Sepa que soy profesor de literatura. Sepa que aquella tarde mi portafolio contenía papeles de un trámite sucesorio iniciado luego de la muerte de mis padres”.
¿A dónde apunta este hombre? Me impacientaba tanto dato uno atrás de otro.
“Sepa que mi caminar era lento y tranquilo, disfrutando el aire de aquel día. Sepa que me sorprendió, pero jamás sospeché cuando el hombre parado junto a un Falcon me dijo -“¿Gastón Martinez?”- y yo, con cierta cara de sorpresa, pero intentando ser cordial, contesté -“Si”-.
Perdón si escribo esta carta y perturbo su paz. Una vez ingresado al Falcon y con una capucha en mi cabeza, no pude saber donde me llevaron.
Pasé los peores trece días de mi vida. Le ahorro los detalles, pero fue muy difícil explicar que no soy abogado. Que los papeles, mi nombre y mi ubicación aquella tarde fueron una tremenda coincidencia. En vano fueron mis suplicas ante las descargas y los golpes. Hasta que por fin se dieron cuenta que decía la verdad. Entendieron que ninguna persona cuerda iba a aguantar tanto castigo sosteniendo una mentira.
Aún despierto, sudando frio, con sueños que me remiten a aquellos días. Aún desconfío si alguien me pregunta mi nombre por la calle.
No sé por qué escribo esta carta. Posiblemente con el fin de poner en su conocimiento lo que pasó hace treinta años. Quizás solo para contarle que el destino y la casualidad quisieron salvarle la vida y marcar la mía para siempre. Si para usted tiene sentido lo ocurrido, espero que me lo haga saber. A mí, desde aquel día, ya no me sorprende nada”

 

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