STOP MOTION

Está dentro de mis cálculos que usted se sorprenda al recibir esta carta. Es sólo un efecto fácilmente predecible ya que me sorprendí también al recibir la mía.

Sus días están contados.

No, no mire alrededor para descubrir un francotirador. Ni intente hacer memoria de quién pudo contagiarle qué cosa. No pierda el tiempo averiguando la causa, no puede darse ese lujo.

Me temo que deberá reponerse pronto de la sorpresa, porque deberá escribir otra carta para avisar más adelante. Tranquilo, respire hondo. Deje que el corazón se desacelere. Tome agua o dese una ducha de agua fría. Es imperativo que se relaje porque recibirá instrucciones que le servirán.

Si tiene testamento, herederos o herencia es irrelevante, no pierda tiempo, escriba en un papel: “Dejo todos mis bienes a la(s) personas(s) que estén conmigo cuando exhale mi último suspiro”.

Si tiene asuntos pendientes, como hablar con un hijo ausente o buscar a un padre enfadado, llamelos en éste momento. Sea conciso y directo. No malgaste los minutos adornando el discurso.

Si hay algo que nunca hizo y siempre lo postergó, como un viaje, o besar a esa chica que seguro le coquetea a todos pero a usted más que a ninguno, tendrá oportunidad de hacerlo, siempre y cuando no vacile.

Por último, vista sus mejores prendas, coma los alimentos que mayor placer le den, sienta el paso de las horas como si estuviera en STOP MOTION. Saboree cada segundo y no mire atrás.

Listo. Es todo. En cualquier momento y posiblemente sin que se dé cuenta de ello, su vida terminará, como la de todos. Increíblemente, al ser la única certeza que nos regalan en la vida, la muerte siempre (o casi siempre) nos sorprende.

 

 

 

 

 

 

Nacida con defecto congénito (asma) mi vida la he vivido con entradas y salidas a hospitales, clínicas de paso y consultorios improvisados. Cuando vi a la primer persona muerta en mi vida, tenía 7 años. Había fallecido el papá de nuestra maestra de primaria y (aún no entiendo por qué) nos llevaron al velorio a darle el pésame. Nos hicieron acercarnos a la caja y ésta no tenía vidrio. Aún lo recuerdo vívidamente. A partir de ese día, buscaba entre mis compañeros de cama en los hospitales, indicios de finiquitos de vida. Me espantó tanto la muerte que decidí hacerle frente, reírme de ella, aceptarla. Y así vivo, consciente de que en cualquier momento puede ser el último. Sin miedo.

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