Carta

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22 enero, 2017 por escribeconnosotros

 

Entra dentro de mis cálculos que usted se sorprenda al recibir esta carta. De todas formas seré breve, pues el tiempo apremia. Según mi madre, Vd. no sabe nada de mi existencia o al menos no quiso saber de ella en su momento. Probablemente el hecho de haber podido tener un hijo, forme parte ahora de su inconsciente, de algún sueño de esos en que se despierte bañado en sudor y que carecen de sentido. De todas formas sé que no soy su único bastardo, ni esta noticia es la única de su interés que esta carta contiene.

Antes que nada se preguntará como he dado con usted; fue sin pretenderlo –nunca intenté buscarle de forma consciente-. Han sido casualidad y destino a la vez. Soy inspector de policía y dirijo la brigada de estupefacientes en la zona Norte de Madrid. Su nombre surgió en una investigación rutinaria, dentro de las conexiones posibles para el blanqueo de dinero. Fue descartado en principio, pero una fotografía escupida por un dossier que alguien desparramó sobre mi mesa, llamó mi atención. En ella aparecían dos personas más, posando en lo que parecía un acto público, pero fue su mirada la que me atrajo de inmediato; me reconocí a mi mismo en el gesto concreto y en el aspecto general, incluso la postura de brazos y piernas las vi muy mías. El parecido era innegable. Me guardé la foto con disimulo y comencé a investigarle en mi tiempo libre. Es curioso lo importante que es el enfoque y cómo cosas que pasan desapercibidas al primer vistazo, se tornan evidentes cuando las hilvanamos en una secuencia lógica.

Descubrir las maniobras fraudulentas a las que se dedicaba, mientras iba confirmando con lugares y fechas que podía ser usted realmente mi progenitor, produjo en mí un efecto combinado de euforia y devastación. Lo sorprendente es que lo que me dejó destrozado, fue descubrirle como un atento y dedicado padre de familia para su prole -un “pater familias” de intachable conducta- porque descartaba la coartada de una tara afectiva y esto emocionalmente me volvía a dejar a los pies de los caballos. Por otra parte, causó en mí, asombro y admiración –y por qué no decirlo: Cierto orgullo filial- la fina inteligencia con la que consiguió tejer una red internacional fraudulenta desde la sombra; sin que se notasen los hilos con que la dirigía. En ese momento quise quererle, traté de disculpar en mi mente su actividad criminal. Inventé mil formas en las que usted empezaba a delinquir obligado por las circunstancias, incluso me imaginé a mi mismo en otra vida como su mano derecha; luchando codo con codo…

Fue aquí cuando noté que estaba perdiendo el control, una parte de mi infancia que pensaba había quedado atrás, volvía para atormentarme. Un tiempo en que me sentía responsable de no ser aceptado; en que observaba a los demás niños buscando las diferencias que me situaban a mí en el grupo de los no elegidos. En aquel entonces yo miraba a los padres con disimulada envidia, pues buscaba el rostro del mío en cualquier extraño.

Al volver a tener esta sensación, comprendí que necesitaba respuestas y como buen policía las obtuve, no hizo falta que mi madre dijera nada; fueron sus ojos los que me confirmaron, avergonzados y tristes, que el hombre que yo le mostraba en aquella fotografía que temblaba entre mis dedos –es decir: Usted- era el mismo que la embarazó treinta años atrás.

Me torturé durante días debatiéndome entre el deber como policía y mis ansias de conocerle y poder contarle sobre mí. Sabía que tanto una decisión como otra me harían perder algo irremplazable. Decidí entonces ir a su encuentro, exponerle todo y ver cuál era su reacción, quizás encontrar una solución entre los dos, algo que yo hubiese pasado por alto.

Fue casualidad aparcar mi coche justo cuando salía por la puerta de su casa. Le acompañaba un niño rubio, de menos de diez años probablemente. Llevaban unas maletas y un par de mochilas, o tal vez sacos de dormir –sí eran sacos-. En un momento dado tropezaron y el chico se echó a reír, usted dejo caer lo que llevaba en las manos, se agachó, le miró fijamente a los ojos y sonriendo como si no hubiera un mañana, acercó su mano lentamente a la cabeza del crío y le acarició el pelo con ternura. Me pareció leer un “te quiero” de sus labios, padre. Y sentí que algo dentro de mí que llevaba mucho a medio romper, se rompía de medio a medio. Arranqué el coche y me fui de allí.

Por ser quien es, dejaré pasar una semana antes de informar a delitos financieros. Le puedo asegurar que con la información de que dispongo, se lo arrebatarán todo. Usted quedará sin nada y yo podré dormir por las noches, aunque durante el día siempre andaré buscando sin quererlo un rostro, el suyo padre.

Suyo siempre.

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