La puerta

 

 

El almacén de Ramos era una enorme nave repleta de puertas antiguas sepultadas por el polvo y el descuido. No se puede decir que Luis fuese excesivamente celoso con el orden y la limpieza, pero poseía un sexto sentido para las ventas. Le bastaban 10 minutos de conversación distraída y aparentemente dispersa para adentrarse en los estrechos corredores entre puertas acumuladas a izquierda y derecha; desaparecía para volver con la cara tiznada y una amplia sonrisa de oreja a oreja transportando una puerta perfecta para el cliente. Después interpretaba con todo lujo de detalles una historia inventada o con una mínima conexión con la realidad y el producto había multiplicado su valor de manera exponencial. Se había transformado en imprescindible para el comprador. Tal era su fama que recibía llamadas de poblaciones distantes y de constructores que antes de derruir el edificio convertían los despojos de la estructura en carnaza para toda clase de especuladores y de paso, como no, en otra fuente de ingresos. Luis atesoraba una sagacidad e inventiva fuera de lo común le había sobrado con 5 años de oficio para transformar aquel local olvidado en un punto de referencia. Funcionaba como un mercado ambulante, un nudo de comunicaciones o una reunión de filisteos en constante disputa.

Como tantas veces aquella mañana sonó el teléfono. Era uno de los cometidos que menos gustaba a Luis. Contestar al teléfono le suponía un esfuerzo desmedido. La comunicación no era aquello tan incompleto e irreal; una voz lejana que venía sorteando la distancia por un cable. Un invento del diablo. Mirar a los ojos. Comprobar cómo agitan las manos o como se tocan el pelo las damas buscando un apoyo invisible. Eso sí era comunicarse.

  • Si dígame, Luis Ramos al aparato. – Una voz apagada y neutra le contó que habían encontrado una puerta haciendo unas reformas y pensaban que podía interesarle – ¿Una puerta emparedada?. Salgo de inmediato. – Anotó la dirección y aprovechando que no estaba atendiendo a nadie colgó su cartel de “estoy haciendo un recado”. Luis era un espíritu libre, ni móviles, ni horarios y mucho menos explicaciones.

Los últimos cinco kilómetros por el camino rural son una tortura. La vieja camioneta se zarandea de un lado a otro y la inexistente amortiguación del asiento pasa factura en cada bache.

Al final del camino lo estaban esperando una señora mayor aventando una copa de cisco y un muchacho con la ropa manchada de cal y cemento.

  • Buenas tardes, soy Luis Ramos. ¿Dónde está esa puerta?- Es un hombre de palabras directas, sólo hace alarde de florituras verbales en su teatro de ventas.
  • Buenas tardes, gracias por venir tan pronto. Acompáñeme por favor. – Luis se remete la camisa burdamente y se dirige a grandes zancadas hacia la casa. La señora anda con dificultad y rápidamente es relevada por el chico.
  • Luis tiene fama usted de conocer la historia de todas las puertas de la zona y que no hay venta que se le resista. – El chico quiere conectar rápido con su interlocutor. El silencio le resulta incómodo.
  • Bueno, veamos que tenéis aquí y ya os diré cuanto puedo ofreceros.

 

Atraviesan la casa buscando el corredor principal y se dirigen al ala norte del edificio. El pasillo termina en una puerta de madera osca y de veta gruesa. El chico hace girar la llave y empuja con fuerza. La hoja rota sobre sus desengrasados goznes con un chirrido agudo y escalofriante. Ante los ojos de Luis se abre una zona abandonada. Por falta de recursos o por exceso de superficie de la construcción hasta ese momento ha permanecido intacta. La pared deja ver los ladrillos irregulares y húmedos. Los techos oscuros y altos están llenos de telarañas. Justo frente a ellos hay una pared derribada en parte que deja entrever una puerta oculta.

El trayecto se ha producido en un silencio incómodo en el que sólo se han oído los pasos y el rítmico golpe de bastón de la señora.

  • Don Luis, voy a contarle la historia de la puerta, por favor, preste mucha atención.- Elvira irguió su pequeño cuerpo apoyada en el bastón y buscó los ojos de su interlocutor- El portón que ve a través  del hueco perteneció a una capilla datada en 1642, construida por Don Alberto Trenzado Espínola para su solaz espiritual. Don Alberto fue un creyente de profundo convencimiento. Este pequeño edificio religioso acogió sus miedos y guardó sus oraciones antes de ir a la batalla. En esta capilla se casó con Doña Leonor Gándara antes de partir con los tercios de Flandes.- Elvira había atrapado toda la atención de Luis. Los tres permanecieron callados dejando que el olor a humedad y a siglos apresados cayese lentamente al suelo.- Don Alberto marchó a finales de 1643 dejando a su mujer deshecha en lágrimas y cubierta por un tupido velo que prometió no quitarse hasta su regreso. El tiempo fue pasando y las noticias del frente, escasas y contradictorias, minaron la esperanza de Doña Leonor. Los criados se cruzaban por la casa compartiendo un duelo silente y anunciado. La duda dio paso a la certeza, Don Alberto no regresaría – Elvira selló sus labios de nuevo y un bolo de saliva bloqueó la tráquea de Luis ruidosamente. Aquella señora lo tenía absorto. Esa puerta tenía que ser suya. La viejecita arrancó suavemente desde un débil suspiro- Ay …, la naturaleza humana siguió su curso dirigido e inequívoco. Doña Elvira era una mujer en edad carnal y de una belleza exótica. Las estaciones y su paso fueron despertando la sonrisa de aquella alma, la alegría ahogada en el dolor resucitó poco a poco dotando a la casa, a estos corredores de la luz de otros días. La señora había vuelto a la vida.- El chico y Luis, inmóviles, percibieron la corriente de aire procedente del hueco donde estaba la puerta.  Elvira se aclaro la  voz y continuó- La mañana del 1 de octubre de  1646, sin previo aviso, Don Alberto Trenzado atravesó la puerta de la hacienda. Rebosante de alegría por su retorno pero con los ojos llenos de penuria y tristeza. Cruzó el corredor sin saludar, hacia la capilla. Debía agradecerle a Dios que lo mantuviera con vida todos estos años, que por fin pudiera volver a reunirse con su amada esposa.  La visión que le devolvió la capilla cambió el curso de sus vidas para siempre. El pequeño altar había desaparecido y en su lugar una gran cama con dosel ocupada el centro de la estancia. Allí Doña Leonor yacía con un joven mancebo. Ambos desnudos entregados en el ardor de la piel y las entrañas. Don Alberto no lo pensó, su espíritu moldeado por la crueldad de la guerra sólo tenía una alternativa. Avanzó hasta la cama y cogió por el pelo al amante de su esposa. Desnudo y aterrado lo llevó hasta la puerta. Lo alzó por el cuello y clavo sin piedad, certeramente, un espadín en el pecho de aquel hombre. Su mujer muda y desamparada, atormentada por su infidelidad y por el dolor pasado, quedó arrodillada sobre el colchón. A continuación Don Alberto levantó el brazo derecho de la víctima y atravesó la palma de su mano con una pequeña daga. La izquierda sufrió la misma suerte. El caballero se quedó contemplando su obra, viendo como la sangre empapaba las vetas de la madera formando un río rojo y caliente que rápidamente comenzó a cubrir el suelo. La vida se marchó por los ojos del joven dejando dos corneas de escarcha apagada. Don Alberto cerró la puerta dejando a su mujer vacía y enajenada.- Luis y el chico resoplaron conjuntamente. Estaban exhaustos tras está ultima embestida de Doña Elvira. – El caballero tardó una semana en volver. En la misma postura, arrodillada, desnuda, lívida, Doña Leonor seguía contemplando con horror el deteriorado y exangüe cuerpo de su amante. Su pelo negro zaino y abundante se había transformado en un ralo conjunto de deshilachados cabellos blanquecinos. Don Alberto cubrió con una capa a su mujer y la entregó a las monjas de clausura que la esperaban. La pena de ver los pies descalzos de Leonor y su envejecida figura alejándose por el pasillo custodiada por las dos monjas arrebató el resto de humanidad que le quedaba para siempre. Arrancó el cadáver tirando fuertemente con las manos por el torso rígido y lo colocó sobre el colchón para prenderle fuego y contemplo impávido como se consumía el cuerpo y la vida que nunca recuperaría. Mientras, un carpintero talló en la madera de la puerta una tosca cruz. La extrajo  de la zona donde la daga había atravesado el pecho. Era una muestra de la ignominia. La cruz llegó a manos de Leonor envuelta en los restos de  la sábana que cubría el tálamo. Las instrucciones del caballero fueron precisas, nunca podría separarse de ella y la acompañaría en su ataúd. Dos albañiles crecieron el muro sobre la entrada mientras un sacerdote entonaba salmos de perdón. Don Alberto ciego de ira y rencor dejó claro que se emparedaba la puerta para que nadie más pudiera entrar en la estancia. Después volvió a los tercios. Sólo se pudo reconocer entre una montaña de cadáveres por el tatuaje en su antebrazo derecho en el que se leía “oprobio”.- Elvira terminó su relato en un susurro lleno de pesar.
  • Señora me llevo la puerta le daré lo que me pida.- La anciana suspiró con aceptación.
  • Se la regalo. No quiero nada que venga de un dolor tan profundo y desconsolado.- Giró sobre sus talones e inició la marcha hacia el corredor.- Me retiro, estoy agotada. Sepa disculparme.

 

En menos de media hora Luis y el Chico habían montado la puerta en la parte trasera de la furgoneta.

Luis pensaba que había sido el negocio de su vida. Esa jodida puerta valía su peso en oro y lo mejor, sin tener que descontar gastos. Rondaba disfrutando en sus pensamientos  en el momento que acometió el camino  y comenzó a sentir una pesadez aguda en el pecho. Falta de respiración y un terror desconcertante y vacio. Oyó cascos de caballos, choque de espadas  y repiqueteo de campanas. Desconcertado miró en derredor. Sólo olivar y camino polvoriento.  Ahora la presión en el esternón había aumentado hasta dejarlo exhausto. Sentía una punzada candente que le atravesaba el torso. Los sonidos se habían transformado en un rumor semejante al vuelo de un centenar de moscas. Era enloquecedor. No lo pensó más, bajó atropelladamente del vehículo con la garrafa de gasolina que llevaba para las emergencias y, antes de ser consciente, la puerta ardía junto con el vehículo. No recuerda cómo llegó a la nave, ni tampoco como prendió fuego a aquel fantástico negocio. Lo encontraron desorientado,  con las manos abrasadas repitiendo “ninguna ha de quedar abierta”.

 

Hoy Luis es el temeroso propietario de una pequeña frutería, su mente perturbada, extraviada en aquel momento, es incapaz de recordar nada de su anterior vida. Coloca, recoloca la fruta y entrega con dificultad lo que le piden. Los chicos del barrio se divierten engañándolo una y otra vez y todavía, al volver cansado a casa, se pregunta frente al espejo  porque en la zona central de su pecho  una cruz blanca de bello le hace sentir un aterrador escalofrío.

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