Picnic

 

Los animales diminutos teñían el fondo con su melodía campestre; una suerte de jazz que se hacía más presente al detenerse y menos cuando llevaban un rato zumbando y el oído se hacía al sonido. Algunas hojas inclinadas y la superficie del rio al fondo, hacían de espejo deslumbrándonos la vista. Allá donde mirábamos ejercía el sol su tiranía, el verano despertaba como siempre: Hiperactivo. Buscamos entonces una sombra como quien busca refugio en plena tormenta. Finalmente junto a la cañada, un sauce llorón que parecía esperarnos, nos acogió entre sus faldas.

Dispuse la manta a lo largo y la cesta en una esquina, tú te tumbaste de lado, apoyada sobre un codo y sujetándote la cabeza con una mano. Te me quedaste mirando, sentí el peso de tu mirada en mí e Igual que el animal que se sabe encañonado, me giré y te miré a los ojos. Todo desapareció alrededor cuando un pequeño haz de luz que se filtraba entre la copa, acertó de lleno en tu iris atravesándolo de verdes irreales. Tu voz sin embargo continuaba siendo terrenal, incluso modesta; la escuchaba muy al fondo, muy por detrás de tu mirar cristalino que me gritaba: Adórame.

Pensé entonces que tú no eras consciente del peso que semejante belleza albergaba y que dicha inconsciencia te libraba de la altivez y soberbia que generalmente resultan de asumir tal condición. Belleza déspota combinada con la democracia de la sencillez; probablemente fue un fallo evolutivo que me permitió colarme en esa fiesta. Me tumbé nervioso junto a ti, deseoso de oler el aire que tú desechabas, de respirar cualquier aroma que pasara por ti. Reímos, no sé de qué, nos miramos muy en serio y nos sonrojamos los dos.

Azorado, distraje mi atención hacia una hormiga que celosa del momento, trepaba por tu nombro. Yo la aparté más celoso aun y no pude evitar ni quise, que resbalasen mis dedos tangentes a ti fugaces. Volví a sentir entonces esa descarga que confirma cuando dos pieles se enamoran -lo hacen con otro lenguaje, van por delante del corazón- y, como imagino que se aman los ciegos, el mensaje caló en mi y también en ti. Lo supe por tu sonrisa.

Una suave brisa procedente del valle me sacó de la ensoñación y balanceó un mechón de pelo largo y afilado que caía junto a tu mejilla. Tu boca cercana atrajo tentadora mi mirada dilatada de deseo, instigada por mi propia boca, que buscaba ciega a su igual desde hacía rato. Observe brevemente tus labios, tu lengua, tus dientes y tuve hambre de ellos, aunque no duda. Subí de nuevo a tu mirar en busca de confirmación de avance y encontré ánimos irrefutables; tus ojos entrecerrados y negruzcos, se veían idos, vencidos por unanimidad, así que sólo otorgaban. Los cerramos ambos para dar intimidad al momento y nuestras bocas se hicieron protagonistas inmensas, dispensadas de la necesidad de hablar, tan sólo debían amarse y lo hicieron con la perfección de lo no consciente, exploraron territorios ajenos y los conquistaron. Con delirio improvisado, las húmedas caricias trazaban patrones absurdos que se unían sin embargo en perfecta coreografía…Oh sí, aquello fue el beso perfecto y nada volvió a ser igual.

No sé cuanto duró ese instante, sólo sé. que en ese momento –lo recuerdo como si fuera hoy- todo el sonido cesó y las cigarras callaron; subrayando lo que hicimos. Ese beso nuestro primero fue sordo y ciego, de esos que dicen son de amor y cuyo instante no se olvida. Y no olvidé, no está el recuerdo sin embargo en la cabeza ni en el corazón; está en los labios que ese beso dieron.

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