LA MÁQUINA DEL TIEMPO

 

Primero elaboró una lista precisa de lo que necesitaba para el experimento de conocimiento del medio, es curioso como los distintos planes educativos habían retorcido los términos hasta encontrar una denominación eufemística y oscura, a nosotros nos bastaba con Ciencias Naturales o como solíamos llamarla Natu, una fórmula directa y transparente. Bueno como decía, Pablo, orgulloso y decidido había confeccionado una relación detallada de los materiales que pensaba utilizar. Dos botellas de plástico de litro y medio, arena de la playa, cartón, cinta aislante, una carta de la baraja y el ingrediente secreto. Su proyecto ocupaba dos cuartillas arrancadas de la libreta. Los datos básicos y a continuación unos garabatos que intentaban esquematizar el trabajo. La hoja estaba decorada con un semicírculo del vaso de cola cao. Pablo había pasado la tarde recolectando lo necesario y ahora junto a su merienda comprobaba que no le faltaba nada. Las botellas estaban muy escondidas en la alacena, de ello era testigo el tremendo desorden que había dejado a su paso. La arena fue cuestión de reunir puñaditos con sus pequeñas manos y rellenar la bolsa de las chuches, pan comido. La cinta aislante estaba siempre en la caja de herramientas de Papá y la carta sería el comodín o el joker, nunca se aclaraban de su verdadero nombre, pero siempre que preguntaba solían decir que esa figura valía para todo. Sería perfecta.
La tarde paso entre el recorte de cartones y plásticos, el trasiego de la arena y el sellado a sus ojos, preciso y hermético. El diálogo con el pegamento no fue tan sencillo, siempre pensó que era una sustancia indómita y rebelde que terminaba en todas partes menos donde debía. Después de despegar el cartón, una y otra vez, al final, todo estaba listo para la gran prueba. Lo colocó sobre la mesa y lo miró a cierta distancia, buscando el mejor ángulo posible, como sólo se miran las obras de arte. Se sentía orgulloso del resultado.
Esa noche Pablo se fue a la cama, inquieto y con la ilusión contenida de una noche de reyes. Era de naturaleza tímida, aunque sabedor de su talento para crear.
– ¡Vamos dormilón que vas a llegar tarde!. – No podía ser, ¡sí acaba de cerrar los ojos!- De un salto salió de la cama, pasó como una exhalación por el baño y salió por la puerta desayunando. Todo un record. Los experimentos se presentaban a primera hora, no podía faltar.
Ya sentado en el pupitre abrió la caja con cuidado y comprobó que todo estaba en perfecto estado. Ahora le tocaba a él.
– Bueno, Pablo, ¿Qué nos has traído tú?- Angeles hacía honor a su nombre, hablaba siempre con dulzura y repartía esa ternura que desarma a los niños y los arrastra a hablar, a participar y a disfrutar de cada rato en clase.
– Es una máquina del tiempo, seño.- Pablo, abrió de nuevo su caja de zapatos y extrajo un reloj de arena hecho con materiales reciclados. Entre los dos conos que formaban las botellas de plástico unidas por sus golletes, un trozo de la carta de la baraja impedía que la arena cayese.
– Pablo eso se llama Reloj de arena y la verdad es que te ha quedado genial. Verdad, Chicos.- Un gesto de aprobación de María, su compañera de pupitre le dio valor para continuar.
– Bueno esa es la otra función pero es una máquina del tiempo. ¿Te enseño como funciona? – Los ojos de un niño son capaces de moldear la sustancia más dura así que a la mirada de Pablo le sucedió un complaciente y agradecido, Por supuesto de la profesora.
– Primero hay que retirar la cinta de esta ranura – el chico despegó con cuidado la cinta aislante de la superficie de cartón que cerraba la parte de arriba del reloj. – Ahora echamos el ingrediente secreto- Pablo abrió una bolsita de terciopelo que una vez fue el envoltorio elegante de un reloj de su madre y sacó una canto de piedra pulido y pequeño. La insertó en la ranura y la volvió a tapar. A continuación con un pequeño tirón libero la carta y el contenido del reloj comenzó a caer.
La asistencia menuda y concurrida estaba llena de expectación. Todos se arremolinaron junto al reloj. De repente la arena paró y apareció la imagen de Blas, el gato de Pablo que había muerto hacía algunos días. El niño había pegado una foto a cada cara de la piedra a modo de moneda. Todos los niños quedaron impresionados – – Es Blas.- dijo María
– Si, yo también lo conocía- afirmó con entusiasmo su amigo Paco.
– Ve seño, es una máquina del tiempo cada vez que pasa por aquí recuerdo a Blas y siento en las manos su pelito caliente y el sonido que hacía al acariciarlo.
Angeles se quedó sin voz y no pudo contener una lágrima furtiva que saltó los muros de lo correcto sin pedir permiso.
– Seño, no llore. Si quiere yo le enseño a fabricar una.

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Este pequeño relato es un sincero homenaje a la inocencia y a la visión necesaria del niño en el mundo que nos ha tocado vivir. De cómo procesan sus vivencias encontrando salidas aunque para ello tengan que dibujar la puerta en un grueso muro en su libreta.
A la lección que nos da desde su mundo real y pleno, anterior a las capas de cebolla que nos aislaron de lo que realmente merece la pena.
Por Pablo y su máquina de instantes.
Por Pablo y el espíritu de la superación.

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