Una torre, un instante.

 

Hace unos cuantos años, 16 años exactamente, mis días se desplegaban con absurda monotonía. Había abandonado la facultad y la cómica idea de ser farmacéutica, tan pronto como caí en la trampa de trabajar por unos miserables pesos que bien empleados, me llevarían donde quisiera.
Donde quisiera… complicado, no?

En una edad donde uno debía “comerse el mundo” (expresión que todo mayor de 40 años con alguna cuenta pendiente con su pasado, parecía estar obligado a ofrecerle a cualquier joven), lo único que me tentaba era la pizza casera de mi vieja que todos los viernes, lloviera o tronara, amasaba.
Mi hermana menor andaba enroscada en sus misterios adolescentes, de modo que a los 10 minutos, mas tardar, desaparecía de toda escena y mi hermano mayor siempre taaan de novio que sus suegros desde el comienzo, habían preferido tenerlo instalado todo el día allí en su casa, al alcance de sus miradas que al principio simulaban distraídas.
En cambio yo, si bien tenía novio, todavía disfrutaba mucho de esos viernes en familia versión reducida y de esas porciones extras que mi vieja horneaba calculando a la perfección, aun cuando algún comensal podría retirarse sin previo aviso.

Si, en aquel rincón del planeta todo se volvía previsible, inmutable, mientras un poco más allá, se alzaba la mágica ciudad, cuyos rumores iban despertando su gris melancolía en los recodos más profundos de mi corazón.

Por aquel entonces algunos nos sabíamos esclavos del destino y lo mejor era hacerse a la idea. O no! Quizás algo sucedería y ese algo era fuego que ciertos días quemaba, muy fuerte.

Uno de esos días mi novio llamó y me pidió encontrarnos por la noche. El trabajaba algo más que 10 horas diarias en una casa de ropa, de modo que salvo ocasiones especiales nos veíamos muy poco entre semana. Pero resulta que ese día había recibido en el local a un tipo muy raro. Fue lo primero que me dijo al vernos. Me lo describió minuciosamente y cuando lo hacía mi mente me devolvía la ridícula imagen de Einstein, aquella con la lengua afuera. El tipo se dedicaba a la numerología y con solo conocer el día de su nacimiento, había podido descifrar y enumerar los momentos más controversiales e importantes de su vida. Seguidamente, le dio la seguridad de que ese dilema que lo perturbaba, se resolverían prontamente.
“Te juro, ni hablé y el tipo me sacó la ficha”… repetía. Estaba aturdido, las buenas noticias lo habían movilizado sobremanera, sin embargo algo cambió cuando me dijo que también hablaron de mí.
Yo, que no sabía que una ciencia de los números pudiera existir, estaba obnubilada con la historia, pensar en conocer lo que vendría podría servir para apagar ese maldito fuego. Comencé a reclamarle insistentemente para que largara todo. Tomó un poco de aire y siguió: “el tipo dijo que tu número es malo Marina” me decía con voz muy baja como para que nadie escuchara, me agarró de las manos y prosiguió: “no me acuerdo bien cómo, ni los detalles, quizás deberíamos averiguar un poco más, pero me dijo que tengas mucho cuidado porque el 16 representa la torre destruida y que además el 16 es…”.
Lo demás ya no pude escucharlo. Sin decir nada, solté sus manos.

En fin, no tardé más que un instante en construir esa torre. La misma torre a la que en cada cumpleaños subo para contemplar, desde la infinita cuidad, aquel hermoso rincón del planeta donde ésta y muchas otras historias me forjaron, a fuego lento.

Por cierto, si le gustan las alturas y quieren pasar a saludar, un número no han de olvidar… que yo nací un 19, un 19 de Mayo.

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