Costuras

 

Tu cuerpo sudoroso, enredado en el mío. Olor a mujer. Nudo de miembros. Pieles fundidas.

Una llamada, un rayo, que abre mi corazón de par en par. Ya no está. Que facilidad tienen para
morirse los seres queridos.

Brindis, cristal con cristal. Manos y rostros queridos. Amigos. Risas. Afecto.

El peso de ese cuerpecito, casi humano, que comienza a respirar. No por repetido menos emocionante. Miedo a la responsabilidad. Felicidad absoluta.

Un portazo. Tu ausencia. El hueco de tu presencia en la casa. Tus olores que no encuentro.

Esa mirada cómplice y sonora, que lee mi mente, que sabe de mí antes que yo mismo.

El amanecer irreductible, poderoso. Imponiéndose al plomo de la noche.

Ese día de costado que te pliega de dolor.

Una llamada desde el hospital, la angustia desbordada por el sufrimiento de un hijo. Las plegarias, de camino, a los dioses que no reconozco.

El café que haces en la mañana. La vuelta a la conciencia del día contigo ante mi.

Corbatas negras, traje oscuro, gafas de sol. Apretones de manos. Lagrimas sinceras. Personas que amamos que se van.

La llamada que te reclama. Sin motivo, sin excusa. Por el mero hecho de sentirte.

La ola que conquista el castillo de arena construido por mis manos y tus sueños infantiles de princesa.

Un cuerpo menudo con los brazos abiertos corriendo hacia mi. Sonrisa pura.

Tus dedos enredados en los rizos de mi cuello.

Una manta, el sofá. Tarde de domingo.

La paella reposando. Una mesa larga preñada de rostros conocidos y queridos. Risas. Complicidad.

Frustraciones de adolescente buscando tu abrazo. Sentirte padre; sin más.

Noches largas. Café, estudio, sacrificio, constancia. La biblioteca.

Personillas en las que me reconozco y que me recuerdan mientras crecen que el tiempo pasa.

Hoy me he puesto a coser.

Hilo fino pero resistente. Voy uniendo con puntadas firmes los retales vividos, las lágrimas derramadas, los amores correspondidos y los que no. Los retos conseguidos. Las frustraciones asumidas. Las pasiones embriagadoras. Los tiempos oscuros y tenebrosos.
Los días luminosos, los inolvidables.
Puntada a puntada se despliega la vida ante mí, como un mapa. He amado y me han amado, he dado y he recibido. He llorado a gritos y reído en silencio. Escalé altos muros y me derrumbé por la impotencia. Toqué fondo y nadé hasta la superficie. Me he comido los días a bocados y alguna vez los días me ha comido a mi.
Y me doy cuenta que mi existencia es la suma de esos instantes. Y sin embargo no
soy más que un instante de esta vida.
Y es precisamente eso lo que la hace maravillosa. Vivir cada instantes de la vida, vivir la vida en un instante.

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