Una historia de amor

 

Era la más bella historia de amor que jamás había sucedido. No tenían nada de extraordinario salvo el profundo amor que sentían. Desde que Ana y Mario se conocieron, sólo tenían ojos el uno para el otro. Construyeron su casa cerca de un arroyo y vivían cada minuto a pleno. Quiso la vida darle dos hermosos hijos que se criaron en el mejor de los mundos. Todas las noches cantaban juntos o contaban historias a la luz de una vieja lámpara de querosene.

Una tarde Mario cruzó la puerta de la casa por primera vez con el rostro deshecho. En su mano tenía un sobre blanco con unos estudios. El tumor estaba en el páncreas y no le quedaban más de unas semanas de vida. Se abrazaron por primera vez llorando de tristeza y los niños los vieron. Sin preguntar nada entendieron que algo andaba mal y todos terminaron abrazados en el piso.

“Pase lo que pase, vamos a estar juntos para siempre. El amor nos va a mantener unidos. ¿Saben? ” les dijo Mario tratando de poner uno cuota de optimismo y decidieron vivir cada minuto hasta su muerte en forma intensa. El cuerpo se le fue secando pero siempre tuvo una sonrisa y una historia hasta que en su lecho les tomó las manos a los tres y en silencio les dijo adiós.

Cremaron su cuerpo y llevaron sus cenizas a la casa respetando la última voluntad de Mario.

Conforme pasaron los días, los chicos fueron creciendo, y si bien Ana se mantuvo alegre con ellos, el brillo de sus ojos había desaparecido. Las noches solitarias se repetirían hasta que el menor de los hijos cumplió 18 años y se fue a vivir solo.

Misteriosamente el cuerpo de Ana se fue apagando. Nunca perdió la sonrisa y una tarde junto con sus hijos y su pequeño nieto recién nacido, dejó este mundo pero hizo un último esfuerzo y el brillo de sus ojos se dejó ver una vez más.

La casa se vistió de tristezas para siempre y fue muy duro para los hermanos. Por suerte el amor que les habían inculcado los padres les hizo sostener el difícil momento.

Cremaron a Ana y llevaron la urna a la casa paterna para poner en orden algunos asuntos con la venta de la casa y el reparto de las cosas. Ninguno quiso quedarse con la vivienda, les pareció un despropósito ocupar ese lugar sagrado y decidieron darle una última recorrida.

Vaciando los muebles se encontraron con la vieja alacena. Fue una sorpresa grande el hallazgo de la urna donde estaban las cenizas de Mario.

Nunca la habían visto antes por la casa y habían supuesto que Ana la guardaba con ella en su dormitorio, pero bueno, al fin tenían las dos urnas y como les pareció muy egoísta quedárselas en una de las dos casas y de ninguna manera pensaron separarlos, decidieron arrojar las cenizas al arroyo donde pasaron muchos recuerdos juntos.

Esa misma tarde fueron los hermanos hasta la orilla y con el corazón latiendo fuerte abrieron con cuidado la urna de Ana y tiraron el contenido al arroyo llorando abrazados. Cuando abrieron la urna de Mario grande fue la sorpresa al comprobar que solo tenía un minúsculo fondo. De ninguna manera se acercaba a la cantidad de cenizas de Ana y los rostros de los hermanos se congelaron en un gesto. ¿Cómo?¿Cuándo?¿Dónde?¿Por qué? eran todas las palabras que resonarían durante diez minutos en sus cabezas. Repasaron su niñez y adolescencia buscando una respuesta que nunca hubieran imaginado. Un recuerdo, una imagen, un momento pareció congelar el aire. Recordaron un día que llegaron más temprano que de costumbre de la escuela y la madre se sorprendió y escondió algo en la alacena junto con el pan rallado que utilizaba para hacer milanesas. Sus miradas entraron en una aterradora sincronía y sin pensarlo más arrojaron las cenizas restantes al arroyo.
“Pase lo que pase, vamos a estar juntos para siempre” era la frase que les martillaba la cabeza como un enorme pájaro carpintero. Se alejaron para siempre en silencio y nunca le comentaron a nadie sus más oscuros pensamientos acerca de estos sucesos.
Tampoco ninguno de los hermanos volvió a comer milanesas jamás.

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