Hipocampo

En  febrero de 1984 me ganaba la vida como redactor de la sección de sucesos del Diario Vaguada; una publicación modesta que intentaba acercar el día a día a un barrio obrero de 15.000 habitantes. La publicación se distribuía de manera gratuita en la puerta de las fábricas y el mercado; una voz de tinta con fuerte carga ideológica mordiendo los talones del obrero y su conciencia, como decía “el jefe”, somos el grito de las chimeneas y del cansancio de las catorce horas de trabajo.  San Valentín no era una fecha que tuviera relevancia en el barrio de Vaguada. El objetivo de aquel amasijo de casas e intrincados callejones era llegar a la siguiente apertura de puertas, pasar el recuento y continuar fabricando piezas. Día sin trabajar, día sin comer. En raras ocasiones despertábamos el interés de los lectores, lo más frecuente es que nuestro periódico acabase en alguna letrina con restos de comida o con “sustancias procesadas”.

Ese 14 de febrero recibí una llamada de mi contacto en la comisaría, fue una llamada breve, sin florituras, ni detalles. Un disparo verbal de baja intensidad.

-Óscar, han encontrado a dos ancianos muertos en Dalia 32. Salíamos ahora para allá. – No me dio tiempo a contestar, un pitido rítmico ocupó la línea sin seguir las reglas básicas del protocolo.

Encendí un cigarrillo y aspiré hondo buscando algo de sosiego. Menuda noticia para arrancar el día. Yo buscaba algo de acción, no dos vejetes que habían llegado al límite de sus agotadas y tristes vidas. Está claro que la perspectiva es cuestión de distancia, 19 años dan tensión muscular, hormonas, hambre de inmortalidad y neblina existencial.

La calle Dalia estaba cortada con una valla de obra oxidada y en la puerta de una casita en mal estado, el coche de la policía marcaba mi objetivo.

-Pasa, Óscar.- Mi informante era un amigo del insti que lo dejó en segundo de BUP y que ya estaba perfectamente integrado en el cuerpo. – Ya sabes mira, saca fotos pero no toques nada.- debía estar perdido en algún bucle. Siempre me decía lo mismo, agitando el índice y mirándome a los ojos.

-Gracias, Darío, intentaré no molestar.

La estancia era un todo en uno, lo único que tenía cierta independencia era el baño. De una sola mirada cocina, salón y dormitorio. Algunas palanganas repartidas por la habitación recogían las goteras del tejado. La noche había sido fiera y la lluvia había bailado con la oscuridad arrastrando el hollín y los sueños obreros sobre los tejados. Estaba todo perfectamente recogido. Los platos fregados en la encimera delante de la ventana. La ropa doblada a los pies de la cama, sobre una silla. Dos tazas de café vacía esperando el desayuno. Tuve que inspirar profundamente. Lo que tenía delante de mí no era el escenario de una tragedia, era la instantánea de un hogar y su íntimo ritmo.  Era pequeño pero agradable. Algunas ascuas terminaban de apagarse con guiños rojizos aspirando oxígeno en la estufa redonda de fundición que caldeaba el ambiente. Tiempo detenido. Sobre una cama de 1,35 yacían dos cuerpos ancianos adaptados perfectamente, acomodados en forma de ese, espalda con pecho, las piernas replegadas. Ella tenía el cabello blanco y peinado. Me acerqué, había visto muchos cadáveres a estas alturas, el suicidio y la muerte por inhalación tóxica de butano eran una de las noticias más frecuentes de mi sección. El anciano cubría con su mano el pecho de la señora. Vestía una rebeca gris desgastada pero limpia y unos pantalones oscuros. Una plácida sonrisa alumbraba su cara.  Me sentí observador íntimo, por un momento azorado por la imagen. Amor y calma, no muerte e indefensión.

-Óscar vamos a proceder al levantamiento de los cadáveres, en principio parece que se trata de muertes por causas naturales, pero eso ya no nos corresponde a nosotros. ¿Comprendes? – A Darío le gustaba envolver de trascendencia cada paso que daba y dejar muy claro que cumplía las ordenanzas al pie de la letra.

Saqué algunas fotos con la Werlisa del periódico para poder recrear detalles. Sabía que era una notica de poca importancia saldría sin foto y camuflada en una esquina de la página 33. Antes de marcharme vi como el juez ordenaba el levantamiento. Se apreciaban las señales del rigor mortis y fue difícil desencajar los cuerpos. Al levantarlos cayó sobre la cama un paquete de cartas con una lazada roja. Las dejaron sobre la mesita de noche encima de una misiva manuscrita.

-Debieron quedarse dormidos leyendo – comentó Darío. Era muy dado a sacar conclusiones inmediatas. Acertar le producía una sobre estimulación que arqueaba sus cejas y agitaba su vanidad.

 

Saqué fotos lo más rápido que pude hasta que me obligaron a marcharme.

-Óscar llevas material de sobra para tu artículo, ya sabes, escribe la esquela y  llama a tu novia que hoy mojas – Darío y su elegancia quijotesca.

Algo había despertado aquella escena cotidiana y costumbrista en mí. Corrí a la redacción. Quería revelar el carrete para analizar los detalles. Según mi febril imaginación había muchos detalles esperando ser analizados. Dos horas más tarde, mis notas y 24 fotos en blanco y negro se extendían en la mesa de trabajo. La verdad sea dicha no soy ningún genio de la fotografía, pero siempre he sido buen observador y las instantáneas me ayudaban a trasladarme de nuevo al escenario. Pasé una tras otra y me detuve en la del montón de cartas. La hoja manuscrita sobre la que habían dejado caer el fajo se veía nítidamente.

 

“Cartagena 2 de abril de 1914

 

Querida Luisa:

 

Disculpe la torpeza de estas líneas y el atrevimiento que me empuja a escribirle. Hace años que la rondo sin éxito. Son muchas las cartas que le he enviado y sigo sin recibir respuesta. Mi amor es profundo y honesto desde el primer instante en el que la vi. No hay día que no piense en usted y en cómo abordar esta cuestión. Ayer sentí la necesidad de hablar con su padre pero me contuve. La vergüenza y el respeto que le profeso me contienen. Quiero que sepa que he ahorrado para poder pagar una casita a la que le tengo echado el ojo. Es una construcción reciente en la calle Dalia. Sé que le gustará. No puedo prometerle riquezas pero si un amor denso y leal que cubra sus necesidades. La querré hasta el último día. Jamás, y le puedo garantizar que conozco el significado de esta palabra, jamás la abandonaré…”

 

Ya no podía ver más por que el resto de las cartas cubrían el texto. Correspondencia de la pareja que habían guardado durante toda su vida. En la foto se veía que estaban dirigidas a Luisa Fermat. Todas enumeradas. Sentí un escalofrío de dulzura y emoción. Y me prometí hacer un seguimiento a aquel caso especial.

La noticia salió casi como una esquela, sucinta, 25 líneas  en la página 33. “Se hallan muertos dos ancianos en calle Dalia 33. Se desconocen las causas del fallecimiento, La policía trabaja para esclarecer los hechos…”

 

Hoy 14 de febrero de 2017 recuerdo aquel día pleno, intacto, guardado como un tesoro por mi memoria para devolverme la confianza en la humanidad y en el amor.

Un mes más tarde hablé con Darío y me dijo que habían muerto de causas naturales, nada hacía pensar que fuese una intoxicación por inhalación, esto lo refirió acelerando el ritmo como algo accesorio y sin importancia. El fallecimiento del anciano era una incógnita, sólo habían podido determinar que la diferencia entre las muertes era un lapso de unas 6 horas. A Luisa le habían detectado un profundo deterioro en el hipocampo, según Darío algo relacionado con la memoria. Confieso que aquel día corrí a la biblioteca buscando información sobre ese término desconocido. La mágica polisemia me desvelo los misterios de la situación. Doña Luisa debía padecer una profunda demencia senil y eso podía deducirse por los daños localizados en el hipocampo. La segunda acepción me dirigió a lo que conocemos como caballito de mar y a una de las características que destacaba aquella vieja enciclopedia, era tal la unión afectiva de esta especie con su pareja que la pérdida  los arrastraba irremediablemente a una profunda tristeza que terminaba en muerte.

Desconozco la veracidad del dato pero todavía cuando desempolvo las fotos antiguas de mis inicios en el periodismo revivo la sonrisa de Francisco abrazado a Luisa en su último viaje juntos y siento que el espíritu se me tiempla y que necesito correr a decirle a mi pareja “Te quiero y te prometo que jamás te abandonaré”.

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