Plan B

 

Este es Pancho, mi fiel compañero y amigo. Aunque para ser sincero, Pancho es un plan B y bueno, amigos amigos no es que seamos. Lo tengo desde que lo robé ya hace un tiempo y la convivencia no es mala. No me pidan que le haga caminar recto o hacer que se pare cuando me paro yo, el perro me hace poco caso. Sin embargo este animal significa mucho para mí, forma parte de un pasado del que no me siento demasiado orgulloso, aunque ¿quién lo está de lo que hizo cinco años atrás? Pero será mejor que empiece desde el principio:

Hace unos años yo aun cursaba la carrera de Biología. Era un veinteañero soñador; quería salvar el mundo. Yo imaginé desde niño una realidad donde todo lo vivo coexistiera en armonía con el ser humano, donde todo ente fuese tratado como un igual bajo los designios de la madre naturaleza. Entraba dentro de la lógica elegir Biología; la carrera que me parecía más pura dentro de esa rama de estudios. El ambiente universitario era muy bueno, encontré otros muchos que pensaban como yo y nos fuimos organizando. Los debates tenían ardor y pasión, pero se diluían como azucarillos en el café, cuando chocábamos con la realidad de nuestras propias limitaciones. Tan poco avance me frustraba, sin embargo seguí yendo a esas reuniones semana tras semana.

En lo académico fui sacando las asignaturas bastante bien; me gustaba todo lo que aprendíamos y mis notas eran de las más altas de mi promoción. Con las chicas tenía bastante éxito y no me faltaban opciones para pasarlo bien. Todo me iba perfecto…Hasta el día en que la conocí y todo mi mundo se puso patas arriba.

La vi por primera vez en una manifestación pro Palestina. Yo no participaba, pero quedé a tomar unas cervezas en un lugar que les iba de paso. Nada más verla algo se revolvió dentro de mí. Ni siquiera le vi la cara; estaba de espaldas y vestía unos leggins de color negro de cintura baja. Se podían ver dos hoyuelos donde las caderas, que oscilaban al ritmo de cuatro bolos blancos que hacía danzar en el aire al compás de los tambores. Llevaba una camiseta de tirantes cortísima con un dibujo del arcoíris y calzaba unas botas militares de color rojo. La nuca la tenía rapada y de arriba le caían mechones con rastas de diferentes colores. La perfección con que los pantalones se ajustaban a sus piernas era embriagadora; gemelos, biceps femorales y glúteos que firmarían gustosos Manara o Altuna, había armonía en cada línea de su contorno. Proseguí con el avistamiento de lo que me pareció una criatura excepcional y quedé hipnotizado por el movimiento sinuoso que hacían sus vertebras al cambiar el peso de una pierna a otra, tambien por el tono muscular de las lumbares, que se presagiaba tremendo para la actividad amorosa. Su piel se destacaba olivácea y definitivamente suave, la línea de su trasero en forma de corazón, se perfilaba hacia arriba como la cintura de un jarrón -las mejores líneas después de la recta-.

Llegado a este punto, me cansé de adivinar en la distancia y sin pensármelo dos veces, me dirigí hacia ella con la confianza que me daba saberme atractivo. Conforme me acercaba y ella se medio giraba, advertí una serpiente tatuada que le bajaba por el hombro y se introducía hacia abajo por la parte delantera de su cadera. Me propuse entonces como objetivo vital averiguar adonde llegaba esa serpiente y agarrando a la chica con suavidad por un hombro, la giré y le lance un “hola” a bocajarro, con la mejor de mis sonrisas. Una cara aniñada algo sudada y de ojos marrones muy abiertos, me observó divertida como diciendo: “¿En serio?” Tenía una cara bonita, con algunas pecas cerca de una nariz pequeña y recta, la boca era amplia y de labios generosos; de haberla visto de frente también me habría acercado. Como toda respuesta a su gesto, la tomé por la mano –que asió la mía rápidamente- y le dije: “Nos vamos…Si tú quieres claro”. Dejamos los bolos allí tirados y echamos a correr como niños calle abajo.

Esa misma noche, después de recorrer bares y tascas, nos metimos en un portal cualquiera y de pie bajo la escalera, hicimos el amor de forma animal. El sexo con ella resultó aun mejor de lo esperado; nos salió a la perfección y a la primera, encajamos como piezas vecinas del mismo puzle y sé que disfrutó tanto como yo. Curiosamente no fue en lo único en que encajamos; nuestra visión de la defensa de la naturaleza era la misma. Ella resultó ser una persona con mucho mundo y conocía de primera mano el activismo animalista, pero el de verdad, no las gilipolleces de debates que hacíamos en la facultad. Esta gente estaba bregada en mil batallas y habían conseguido grandes avances en el reconocimiento de los derechos de los animales. Cuando hablaba de sus amigos alemanes u holandeses, se perdía su mirada y se me hacía diez años más vieja, desconozco si por la experiencia que emanaban sus ojos o porque realmente los tenía, ya que jamás le pregunté la edad. Nos hicimos inseparables en todos los sentidos, comprobé adonde llevaba su serpiente hasta saberme el camino de memoria y ella comprobó por su parte todo lo que tenía que comprobar, una y otra vez. Además, empecé a realizar incursiones activistas con un grupo amigo suyo y me acompañó en mi debut. Al terminar y con la adrenalina aun bombeando a raudales, me hizo sentar en un banco del parque al que nos colamos y a horcajadas, me dio de nuevo su intimidad y esas palabras zafias tan dulces que sólo se dicen al amante.

Comencé a subir el nivel de mi activismo y a bajar la asistencia a la facultad. Me moví rápido y mucho: Corridas de toros, festivales de pueblo, explotaciones ganaderas, cotos de caza…Estuve en todas partes y mi nombre comenzó a sonar con fuerza en el ambiente animalista. Me pillaron un par de veces y me “ficharon”, pero a mí me daba igual. Había algo dentro de mí sin embargo, una sensación muy al fondo, que me daba vergüenza compartir con nadie: Todas esas acciones heroicas en defensa de los animales me producían un placer indescriptible. Al principio pensé que era la adrenalina pero luego me di cuenta de que el placer no se limitaba a la acción en sí; al acabar me faltaba tiempo para correr a casa y postear en las redes sociales la hazaña, agradeciendo a los demás la colaboración, erigiéndome en el centro con un cinismo que intentaba ocultar de mi propia mirada. Las alertas de rescate de perros despertaban en mi una euforia disfrazada de preocupación, que vista desde fuera, resultaba enfermiza. Entonces no me daba cuenta pero mi vida giraba ya en torno al animalismo y a la urgencia, todo lo demás me importaba poco y las vidas de las personas a mi alrededor las veía anodinas y sin sentido. La carrera por supuesto, la tenía totalmente abandonada.

Una tarde, después de una sesión de sexo maratoniana, mientras yo le hablaba a ella sobre objetivos y nuevas formas de hacer llegar el mensaje, se subió encima mío, me sujetó la cara con las manos y tras mirarme a los ojos con atención, me dijo con lo que me pareció era lástima: “Tu también tienes esa mirada. Te has enganchado cariño”. Se bajó de la cama y la vi deslizarse hacia el cuarto de baño -jamás me cansaría de ver ese culo-. Salió al rato y me dijo que en unos días vendría a visitarnos un antiguo amigo de Lieja. Cuando le pedí detalles, el nombre que pronunció me dejó helado; se trataba de un activista pionero y conocido en todo el mundo. Había quedado ciego debido a una incursión e iba a todos lados con un perro al que también habían convertido en celebridad. Casi pego en el techo del salto que di, me acerqué hacia ella eufórico y la abracé con ganas aunque no noté energía en el suyo.

Pasé los días nervioso, deseando que llegase la visita, imaginando todas las preguntas que le haría. Un martes por la tarde recibí un mensaje de ella para que fuese a casa ya que su amigo se había adelantado. Contesté que iba para allá y que tardaría media hora. Vi dos coches en la entrada, la puerta principal estaba abierta, no había nadie en el living ni en la cocina, así que me dispuse a subir para cambiarme. Al llegar a la puerta del dormitorio y asomarme, lo primero que vi fue algo que no me cansaría de mirar nunca. Lo segundo fue a un tipo pelirrojo con gafas de ciego y los pantalones bajados a la altura de la cabeza de ella. Lo tercero fue el perro del ciego, observando atento lo que le hacían a su dueño. Al ciego no podía pegarle ni a ella exigirle nada, pero el perro se venía conmigo. Creo que se llamaba Bob, pero yo le puse “Pancho”.

Aquí acabó mi historia con el activismo y estoy satisfecho con lo que conseguimos. Ella me cambió para siempre, no sé por qué hizo lo que hizo, pero si alguna vez me vuelvo encontrar una ninfa parecida, no dudaré en acercarme. Al final me gradué con honores y encontré trabajo en una farmaceútica; me pagan muy bien. Respecto al perro, aquel hurto estaba más que justificado y Pancho y yo nos soportamos más o menos. Yo le hablo mucho y en ocasiones echo de menos por su parte algún gesto de ánimo hacia mí, luego me recuerdo que sólo es un perro, aunque durante los paseos, a la hora de recoger sus deposiciones con la bolsita en la mano, me parece intuir en él una media sonrisa que no consigue retener el muy hijodeputa.

 

 

 

(image from: “razasdeperrosweb .com”)

 

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6 comentarios sobre “Plan B

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  1. Buen relato, engancha y buen giro el del perro. De verdad uno quiere saber qué pasa al final. ¿Y si jugamos un poco con la diversidad de género? Esta historia me parecería aun más fascinante si se tratara, por ejemplo, de dos chicas, un tercero o tercera en discordia, da igual, y el perro 😉

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    1. Estoy de acuerdo Macarena y se lo decía a toti ayer, que dentro de esta historia, aunque un poco bisoña en un par de pasajes, -esto mejorable-, es un germen para una historia brutal. Ha sido una buena experiencia y creo que me ha hecho aprender un par de cosas. Abrazo!

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