El Diván

Lourdes entra tímida en el despacho. Alta, delgada, bien parecida, sus ojos parecen salir de sus órbitas al ver el diván en la mitad de la estancia.

-¿En serio? – Pregunta ofendida –  ¿tengo que tumbarme ahí?

– Buenas tardes Lourdes. No es necesario si tú no quieres. Sólo busca el lugar donde te encuentres más cómoda.

Nunca es fácil para mis pacientes la primera consulta. Saber que voy a hurgar en sus intimidades y ahondar en  sus pensamientos más íntimos les pone nerviosos. La misma pregunta se repite una y otra vez en cada paciente que cruza ésta puerta. Finalmente se sienta en el diván y me mira desafiante, dejando claro que bajo ningún concepto piensa tumbarse.  Durante unos instantes mantenemos nuestras miradas la una en la otra. El primero que habla pierde, pienso para mis adentros. Una de las primeras cosas que aprendí en los dos años que estuve de prácticas.  Aprovecho para observar su atuendo: pantalones vaqueros  dos tallas más grandes, camisa de rayas bajo un chaleco holgado de lana, botas militares. Salta a la vista que la intención es ocultar una silueta que se adivina perfecta.  Su cara aniñada me muestra a una adolescente cargada de timidez. El pelo recogido en una coleta perfecta. Ni un solo pelo fuera de su sitio.

– Bueno y ¿esto como va? ¿Tengo que contarte algo? ¿Me vas a preguntar tú? Es la primera vez que vengo a un sitio así.

– Verás Lourdes, tu querías venir a hablar conmigo. Me pediste cita la semana pasada. Pensé que querías contarme algo.

Sus ojos vuelven a quedarse fijos en los míos, ésta vez de manera diferente, ahora piden auxilio. Poco a poco veo cómo se van inundando y las lágrimas van resbalando por sus mejillas.

– El bikini. Perdí mi bikini – no paraba de repetir lo mismo uno y otra vez entre sollozos – el bikini….

– ¿Era un bikini importante para ti?

– ¡¡¡¡No entiendes nada!!!! – me acaba gritando

– Bien Lourdes, la verdad es que no me estás dando muchos datos. Porqué no respiras profundamente y me cuentas desde el principio.

– Me resulta muy incómodo hablar de ello. – me explica con un hilillo de voz – por eso he venido aquí. Todo ha cambiado en mi vida. Ahora todo es diferente.

Poco a poco Lourdes se va tranquilizando. Su mirada se va serenando, incluso se permite esbozar una leve sonrisa.

– Todos los veranos mis padres alquilan una casa en la playa durante el mes de agosto. Tengo ya una pandilla bastante grande que se ha ido formando en los últimos años. Éste verano, un día de mucho oleaje, una ola me revolcó hasta la orilla. Cuando conseguí ponerme en pie bastante mareada, vi a todos mis amigos desternillados de risa a mí alrededor.  Perdí mi bikini.

Y así transcurrió la primera y última sesión que tuve con Lourdes. Ambas riendo a carcajadas hasta volver a llorar. Ésta vez de risa.

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