El disfraz de San Martín

 

Un agudo zumbido todavía daba vueltas en mi cabeza cuando el polvillo se empezaba a disipar y las luces y las imágenes comenzaron a cobrar vida. Hay veces que hay que tener cuidado con lo que se desea.

 

Cuando tenés 8 años y sos la sombra de alguien que debería ser tu par, la vida te pone en un lugar incómodo que suele marcarte por el resto de tu vida.

Mauricio era el chico popular de tercero “A”. Sacaba excelentes notas, tenía una voz impresionante y una memoria que lo posicionaban siempre para las mejores oportunidades.

En los actos siempre se robaba el protagonismo y los suspiros de las viejas de la cooperadora y el Club de Madres. Al resto nos tocaba hacer de extras ya sea de indios, alumnos coyas o soldados rasos, el acto siempre estaba armado para dejar a Mauri como la revelación del Normal. Una tarde, en vísperas del acto del 17 de Agosto, la mamá de Mauricio llamó a la escuela para decir que se había quebrado el brazo. Hubo casi dos horas de reunión en una suerte de comité de crisis. ¿Y ahora? ¡Vamos a tener que suspender el acto! – sentenció la vicedirectora. La regente salió del comité y se fue el medio del salón de actos y gritó “¿Quién se sabe el texto de San Martín cuando cruza los Andes?” y como si adivinara mis pensamientos, me miró de entre el montón y me señaló. “¡Vos!¿Sos el amiguito de Mauricio? ¡Aprendete la letra para mañana y pedite el traje en secretaría! El acto se hace o se hace ¿estamos?”

Un silencio incómodo invadió todo, como si después de haber recibido una paliza, hubiera ganado la pelea por puntos. Me gustaba la idea de ser San Martín, pero no así.  Pero bueno, había mucho por hacer ¡y por memorizar!

El texto lo tenía permanentemente en la cabeza repitiéndolo como loro, y el traje me lo dió Mónica la secretaria en una bolsa de nylon verde. Tenía olor y estaba pegajoso. “No te olvidés de conseguirte botas” me gritó la vice antes de irme con mi pringoso trofeo.

En casa las cosas no fueron mejores, yo imaginaba que me iban a recibir como a un héroe mientras sonaba la canción Carrozas de fuego de Vángelis, pero en lugar de eso mi mamá me miró con asco la bolsita y empezó a lavarlo como pudo mientras decía algo como “¡maldita la hora que se quebró ese pendejo! ¡Con todas las cosas que tengo que hacer! Encima perder la mañana al pedo en esa escuela.” Y me mandó a buscar las botas de campo de mi abuelo al galpón del fondo. Eran de goma, como para la lluvia y durísimas y sobre todo grandes. Mi papá, para ayudarme un poco, les puso gasoil para oscurecerlas y las rellenó de papel de diario para que me queden cómodas. Mi mamá, a contrapelo de sus actividades, dejó impecable el disfraz de San Martín. Solo faltaba ponerme las patillas postizas y casi casi estaba listo.

Llegó la hora del acto. En un costado del salón de actos, había una suerte de salita donde estábamos las Damas Mendocinas, los del ejército Realista, Los criollos, los granaderos, los pibes que hacían de caballos, dos chicos que tocaban la guitarra y yo, San Martín. Pasadas las palabras de los docentes y las autoridades, se oscureció todo. Los papás de Guille y Mariano llevaron unos Andes hechos de madera terciada y cartón. Los guitarristas salieron en lo oscuro y empezaron a narrar los hechos. De a una las Damas mendocinas desfilaban con las joyas que ofrecieron para financiar la expedición, los granaderos salieron y se formaron en dos filas dejando un pasillo. Sonó la marcha de San Lorenzo y me alisé el traje y acomodé las patillas. Salí al escenario y la luz me dio de lleno en los ojos, solo podía ver el contorno de las cabezas de los papás de la primera fila, el resto solo oscuridad. Juro que escuché suspirar al portero de la tarde. Eran diez pasos, al séptimo debía mirar Los Andes y al octavo repasar la tropa y las damas. Hubo un noveno paso. Nunca hubo un décimo. La enorme bota se me trabó en un zapato de uno de los granaderos y como justo estaba sacando la espada para señalar la cordillera comencé a trastabillar en una absurda coreografía mientras tiraba manotazos y golpeando a todos en la frenética danza. Terminé pegando de espaldas en medio de Los Andes que se partieron y me sepultaron vivo en medio de un estruendo feroz.

De ahí en más fue todo silencio, cámara lenta, confusión. Cuando se apartaron los restos de las falsas montañas, apareció una luz cenital y como un diabólico eclipse la cara de la señorita Schneeberger, la vicedirectora.

“¡Siempre el mismo!” sentenció, “El lunes quiero verlo en dirección con sus padres ¿entendió?”

Estaba por asentir con la cabeza cuando remató “¡Y me devuelve el traje de San Martín! ¡IM-PE-CA-BLE!” Y se fue retumbando por el salón de actos.

 

El destino tiene maneras jodidas de educar.

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