“El sombrero” Javier Gómez Ruiz

Un sombrero marrón oscuro mató a mi madre cuando yo tenía seis años. Era un “Fedora” clásico de toquilla negra de raso y refuerzo de piel en el ala. Entró en nuestras vidas un 25 de Abril y se quedó con nosotros hasta primeros de Junio -fecha en que mamá nos dejó-. Apareció por primera vez en casa una tarde en la que yo jugaba en el jardín, vigilado a unos metros por Teresa, nuestra ama de llaves. Fue un día extraño; recuerdo que un rato antes mamá gritó, hubo un silencio entre los mayores y luego ruido de voces y carreras. Todo pasó muy rápido; cerrar las puertas de las estancias comunes y sacarme a jugar afuera, fue todo uno. Aun en la distancia y mientras me sentaba sobre la arena, pude leer un gesto de desagrado en la cara de Teresa y como miraba al suelo a continuación negando. Sospeché que algo pasaba y sin que la nana me viese, me colé de nuevo en la casa por uno de los ventanales.

Fue entonces cuando lo vi; descansando sobre una de las mesitas de té, mirando hacia mí y marcando una línea imaginaria frente a unas puertas que no solían estar cerradas. Aquel sombrero desconocido irrumpió en la estancia como quien es dueño y no recién llegado. La supuesta incomodidad del fieltro entre tanta madera noble y espejos dorados, dio paso a una tiranía en la que cada objeto de aquella antesala –incluido yo- quedaba fuera de lugar; todo excepto aquel Borsalino descarado e intimidante que parecía encontrarse a sus anchas, como sabiendo algo que los demás ignoraban. A aquel Gacho le tuve miedo desde el principio; aquel sombrero era un extraño que había venido a llevarse una parte de nuestra felicidad y yo lo supe enseguida. Quise acercar mi mano y tocarlo, pero un ruido de pasos me alarmó y salí corriendo hacia el jardín.

El resto de la tarde lo pasé mirando al suelo, absorto y haciendo agujeros en la arena con las manos. Elevaba los puñados de tierra y los dejaba caer espolvoreando los granos sobre el suelo; formaba chorros finos que el viento ladeaba una y otra vez, hasta que mi mano quedaba vacía y vuelta a empezar. El ojo izquierdo me parpadeaba en un tic continuo pero yo no era consciente. Durante un tiempo que me pareció impreciso estuve allí afuera con mis pensamientos; romos y desordenados debido a mi corta edad, pero atinados en cuanto al mal que nos acechaba. Cuando con la sonrisa torcida y ojos brillosos, vino Teresa a por mí, una descarga subió por mi barriga y me dieron ganas de llorar. Aguanté como pude y en ese momento recé con toda mi alma para que el intruso de color marrón oscuro ya no estuviese allí. Al pasar por delante y con el rabillo del ojo, vi la mesita vacía y toda la tensión acumulada salió de mi pequeño cuerpo en forma de suspiro.

Desde ese día mamá no fue la misma; sus ojos se habían apagado, los brazos le caían cansados hasta el desapego y casi siempre permanecía postrada. Su piel blanca quedó fina y traslúcida, como el papel de calco. Las venas hinchadas y de un verde azulado quedaron expuestas y desprotegidas, se la veía tan débil que me daba miedo romperla al abrazarla. Nuestros ratos de juego se habían reducido a media hora por las mañanas y otro tanto por las noches antes de acostarme. El visitante marrón apareció casi cada día, coincidiendo con el deterioro de mi madre. Si ella pasaba varios días mejor, volvía a aparecer aquel Fedora y justo mamá recaía. Odié cada minuto que ese trozo de tela permanecía en mi casa; lo hacía por dentro y en susurros, pues aquel odio era tanto como el miedo que le profesaba No me volví a acercar al sombrero, lo miraba en la distancia, cuando ningún adulto podía verme.

Los días fueron pasando raudos y fugaces, como estrellas instantáneas. La montaña rusa emocional que para los mayores supuso el deterioro de mi madre hasta su muerte, hizo aparecer brillos plateados en el pelo oscuro de mi padre y exagerar hasta el despropósito las atenciones de los mayores de la familia para conmigo. Yo les miraba a los ojos y aunque esquivos, no conseguían ocultarme lo que pasaba y cómo se sentían; esta actitud hacia mí, en lugar de calmarme, hacía crecer mi inquietud; el final estaba próximo.

La noche en que murió mamá tuve fiebre y pesadillas. Soñé que estábamos ella y yo en la casa solos, cogidos de la mano y huyendo de algo. Nos escondimos en la cocina y entonces me habló; me contó que debía marcharse y que papá cuidaría bien de mi. Me explicó cómo sería mi vida, que me casaría y tendría dos niñas. Que una de ellas llevaría su nombre y que a la pequeña no la riñese demasiado y que le dejase libertad, que de esa forma siempre la tendría cerca. Me habló de lugares para el alma y de cosas que no entendí, pero su voz era tan dulce y su sonrisa tan sincera, que me relajó por completo. Por último me abrazó y me besó en la frente, me dijo que yo era el mejor hijo que se podía tener y lentamente, como una sombra, desapareció de mi sueño.

Desperté por un momento dolorido por la fiebre. Al girarme vi el Borsalino en mi mesilla de noche. Quise gritar pero no me salía la voz del cuerpo, mis pulmones se convulsionaron en busca de oxígeno y con una mueca de horror en la cara, me desmayé.

Epílogo: No pude estar en el entierro de mi madre; la fiebre me duró una semana. Cuando mejoré y pude levantarme de la cama, fui con papá al cementerio a dejarle flores. Las pesadillas también desaparecieron y el tiempo fue dejando atrás aquella primavera terrible que cambió nuestras vidas. Con la edad comprendí muchas cosas, excepto una, ante la que no admito explicación, lo diré clarito: Aquel sombrero mató a mi mamá..

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