Destiempos

De Raúl Leiva

 

La mañana la sorprendió con un ánimo que no había tenido en días. Se sintió lúcida y llena de vida y desayunó algo más rico que fibras y nutrientes. Mientras lo hacía, decidió dejar los quehaceres del hogar para más tarde y salir a caminar por el barrio. El cielo se le antojaba más claro que de costumbre y en su cabeza sonaba Moonlight shadows de Mike Oldfield (siempre concibió la vida con banda de sonido)  Caminó las veinte cuadras que la separaban de la carpintería donde trabaja su marido dispuesta a sorprenderlo y pasar la mañana juntos. Una cuadra antes, en un bar, le pareció ver una figura familiar. Se acercó y haciendo sombra sobre sus ojos con sus manos, logró ver a una pareja que tomaban un café tomados de la mano. Cuando el hombre se dio vuelta hacia la vidriera, su corazón hizo un crujido como una manzana rompiéndose. Él la miró y siguió intercambiando con su pareja de café. Ella salió corriendo en dirección de la carpintería esperando haberse confundido y poder recomponer su ánimo.  Cuando abrió la puerta, su suegro levantó la vista y su rostro se transformó. Se quitó los anteojos y rodeando el escritorio se acercó a la mujer que estaba a punto de estallar en llantos. La abrazó y ella se sintió destruida pero a salvo en una figura familiar. El estallido de una fuente de vidrio contra el piso cortó el clima. La suegra que presenciaba la escena con sorpresa y miró con lástima a la muchacha y con un gesto duro a su marido. Al ver a sus suegros, entendió: ellos sabían todo y se estaban compadeciendo de ella. Cuando la miraron y trataron de acercarse, salió corriendo hacia la esquina, necesitaba respuestas y no lástima ni compasión. Entró al bar y apartando las sillas y las lágrimas enfrentó a la pareja. El hombre la miró lejana y a su compañera de mesa le aclaró que no tenía nada que ver con ella. Gritando con el corazón hecho añicos le dijo “¡Estamos casados maldito hijo de puta! ¿Cómo podés negarlo? Tenemos tres hijos  y una vida hermosa. ¿Qué te pasa por Diós?” Él la apartó y le dijo que estaba bien, que todo eso era cierto, pero que las cosas habían cambiado, que cada quien debía seguir su camino. Ella se le abalanzó y comenzó a pegarle en el pecho mientras le decía “¡Hijo de puta! Me juraste amor eterno, nunca nadie se puso entre nosotros, estábamos felices como nadie lo estuvo nunca. Juraste ante toda mi familia y la tuya que me ibas a cuidar y respetar en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y la enfermedad…”

Él la separó de su cuerpo, la miró a los ojos y le preguntó “¿Hasta cuándo?”

Ella se congeló. Un agudo zumbido ganaba terreno en su cabeza. El aire se podía cortar con un cuchillo. El corazón le hizo un sordo chasquido. Su pecho se contrajo en una convulsión y cayó pesadamente al suelo. Todo se puso oscuro. Otro chasquido más fuerte que el anterior y todo se volvió oscuro. Desde el silencio, una máquina comenzó a sonar rítmicamente. Unas voces menos familiares la recibieron. “Casi te perdemos” le dijeron mientras volvía la luz a sus ojos.

 

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2 comentarios sobre “Destiempos

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  1. Será el enojo (también le grité hijo de puta y otras lindeces) pero mi corazón blando y mojigato esperaba que el malentendido fuera que la chica del bar no actuaba como competencia….. merde… Si querías hacer saltar sentimientos, lo has conseguido chamaco. Beso a ti y a tu pluma un coscorrón.

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