Zona de combate

Autor:  Juan Díaz Melián

5:30. Aún no ha amanecido. Ajustó mis botas, revisó mi equipo. Someto mi cara y las pocas partes expuestas de mi cuerpo al maquillaje de campaña. El francotirador se basa en dos conceptos; paciencia y camuflaje. Me aposto en mi posición como cada día desde hace semanas. Postura cómoda pero alerta. Mente y cuerpo en tensión sostenida. Hasta que caiga el sol estaré aquí. Es mi misión, son mis órdenes. Una cantimplora, una lata de judías que volveré a comer fría y mi rifle. Un Steiner-HS 50 M1 que lleva conmigo varios años.

Tengo buena visibilidad a la calle. Puedo dominar el cruce y las tres avenidas que en el confluyen. La plaza y los destartalados portales, los pocos comercios que permanecen abiertos. Sé que nadie se percata de mi presencia, formo parte del paisaje urbano. Soy un muro, una piedra, una caja de cartón. Me gusta esa sensación. En alguna ocasión he estado tres días inmóvil, esperando el objetivo; sin comer haciéndome mis necesidades encima. Mis movimientos son mínimos y cautelosos, a cámara lenta. Controlo mentalmente la fuerza y el ritmo de los latidos de mi corazón, la respiración y si es preciso hasta las gotas de sudor de mi frente. Tengo un control absoluto sobre mi cuerpo. Me he entrenado durante años para ello.

Soy capaz de abatir un blanco a un kilómetro de distancia. Controlo el viento, la humedad, la presión atmosférica, la deriva del proyectil. Y pongo la bala donde y cuando he decidido. Soy letal.

Estaré aquí hasta que se ponga el sol. Sigilosamente me retiraré hasta mi zona de descanso. Es mi puesto. Protejo a los compañeros que están sobre el terreno. Soy sus ojos y si es necesario su ángel ejecutor. Eliminó cualquier amenaza que esté a mi alcance. Ellos lo saben y confían en mí. No me ven, no saben dónde estoy pero son conscientes de que mi gatillo les protege.

Los edificios de alrededor son simples armazones, no quedan apenas ventanas acristaladas, casi todas cubiertas con cartones o telas. Hay ropas tendidas en algunas de ellas. Las personas somos capaces de sobrevivir en entornos increíbles. Los rituales de los habituales me son conocidos, sus rutinas. Los observo; la señora del pañuelo verde, los tres niños que juegan con un viejo balón, el anciano que no renuncia a sentarse al sol de media mañana.

Llevo días controlando a un personaje nuevo. Realiza visitas a uno de los portales, a unos trescientos metros. Nunca está más de veinte minutos. Llega con algún paquete voluminoso en los brazos, entra en el número 17 y sale con las manos vacías y mirando a los lados y hacia atrás mientras se pierde en la distancia. El tercer piso de ese edificio es una de mis obsesiones. Tiene una de las pocas ventanas intactas de la zona, pintada de oscuro, siempre cerrada. Lo he comunicado por radio, la orden es vigilar y esperar. Hoy ha vuelto. Como siempre, lo centro en la mirilla. Seiscientos metros, podría decidir en qué parte de su cara colocar mi proyectil. Las órdenes son claras; dejarlo hacer y controlar el piso. Actuar y cubrir al batallón de a pie que llegará en cuarenta y ocho horas a limpiar la zona.

De pronto un ruido seco y cercano. Una granada, una mina, un mortero, ..?. No. La puerta de la cocina.

Joder Rafa, vete a jugar a soldaditos a otro cuarto. La cocina es de todos – grita mi hermano.

Volví de Bosnia hace ocho meses. El psiquiatra lo llama estrés postraumático, mi hermano piensa que lo echo de menos, mi madre llora hacia adentro y en seco cuando me ve pie a tierra vigilando el vecindario apoyado en la nevera. Mi abuela, la más lúcida de la casa, dice simplemente que vivo un mal entendido.

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