La Caja

Por Jose Ángel Lucena.

“Querida Niña
No te asustes pero ahora estoy muy cerquita tuya. No me verás pero me sentirás, como yo he sentido la presencia de tu padre durante todos estos años…
Lucas y yo siempre fuimos muy miedosos. Recuerdo aquella vez que mi hermano se mantuvo una semana sin querer acercarse a la piscina por que el bromista de Tío Ángel abrió la manguera que dormía en el fondo. Se elevó enérgica, trazando un zigzag en el aire mientras que Lucas corría y mi madre se reía sin parar. Un monstruo marino a los ojos de un niño.
Mamá ha muerto. Se fue en silencio y con una sonrisa. Se fue cuando ya estaba segura que podríamos salir adelante. Nunca se hubiera permitido dejarnos desamparados. Era muy previsora, no le gustaba dejar nada al azar. La noche antes, en el hospital, me pidió que me acercase. – Niña – ¡Qué bien sonaba su voz! – Niña – se incorporó, con dificultad y sacó un sobre debajo de la almohada. – Esto es para Lucas, ya sabes que tú eres la fuerte. ¿Lo sabes verdad?- Me agarró la mano con sus dedos curvos e hinchados. Mis ojos se iban sin poder remediarlo al gotero, a la aguja que había atravesado su piel translucida. Un mapa de carreteras azules se adivinaba en su fino brazo.
– Niña, concéntrate, que no me voy, que desde ahora estaré más cerquita de vosotros dos. Necesitáis que os vigile. – El oxigeno le entraba a duras penas a través de dos tubitos en la nariz. Hacía pausas necesarias para volver a hablar pero la sonrisa permanente, esa sonrisa que había sido nuestra guía se mantenía intacta.- Tu hermano es torpón y noble. Guíalo cuando no escuche lo que yo le diga. Llegará lejos, es inteligente. Sólo necesita confianza en sí mismo.- No me quedaban palabras, el dolor era tan grande que se llevó mi voz, era tan grande que pinto de negro todos los recuerdos buenos. Sus manos me atenazaban. – Dale la carta a Lucas. Dile que sé que no ha venido porque no soportaría verme así. Lo entiendo, quiero que viva con los recuerdos que le dan alegría. Es frágil.- Rompí a llorar. No podía contener el vacío que se estaba abriendo en mi pecho. Pensé en desamparo y soledad. Dejé de pensar y sentí. – Niña, ¿Qué quieres que le diga a Papá? …
Mi Madre dejó de respirar a las 02:30 del 24 de febrero. Se fue en silencio y con una sonrisa. Como ella solía afrontarlo todo. Creo que cuando falleció mi padre, algo murió en ella también. Había llegado a un estadio intermedio, deambulando entre dimensiones. Danzando con sus recuerdos hermosos y el pago de las facturas.
A la misa sólo llegaron las enfermeras y el cura. Todos con cara de sueño. No fue por qué no tuviera amigas era porque la estaban esperando ya al otro lado. y esto de vivir de ciudad en ciudad, tiene sus efectos secundarios. Tras 5 horas lo único que me quedaba era la carta para Lucas y una urna biodegradable.
Espere al tercer tono, la voz deshilachada de mi hermano brotó del silencio.
– Ya ha pasado todo. – Espeté
-¿Sufrió mucho?- Preguntó entre sollozos
-No, imagínate la mejor de sus sonrisas.¿ Recuerdas cuando te cogió vestido de mujer paseando por la casa con aquel horrible sujetador relleno de arroz?
– Si.- No pudo hablar más, una carcajada preñada de llanto volvió a callarlo.
– ¿Vendrás a tirar Las cenizas?
El silencio fue toda respuesta.
– Vale, tranquilo, te llevaré una carta que me ha dejado para ti. Ella lo entendería. No sufras.
Colgó sin hablar. El dolor era tan profundo que arrastró todas las palabras, todos los silencios.
Entrar en su casa de nuevo fue lo más difícil. Los gruesos muros de la construcción exudaban humedad y el ambiente permanecía frio ignorando el exterior. La salita con sus libros y el mantel de cuadros. Los restos de masilla que intentaban aguantar los desgatados cristales. El rosario sobre su cama. La foto de Papá, detenida en el tiempo, un mocetón de 30 años con un par de niños a su lado. Los tres en escala con los brazos en jarra. ¡Cuántos recuerdos!.- Las lágrimas me corrieron por la mejilla como un tibio bálsamo para el espíritu. Niña, llora que las lágrimas son veneno. Cuando llores la risa terminará saliendo.
Si estaba allí era para coger las cenizas de mi padre. Mi madre insistió en que las arrojar a las dos juntas. En el armario donde guardaba mi madre la urna, encima de la vasija, un sobre con la inconfundible letra de mi madre indicaba que era para mí.
“Querida Niña
No te asustes pero ahora estoy muy cerquita tuya. No me verás pero me sentirás, como yo he sentido la presencia de tu padre durante todos estos años. – Tuve que dejar de leer porque un escalofrío recorrió mi espalda.- sigue leyendo, sé que habrás dejado de hacerlo. ¡Qué miedica eres! Creo que te expliqué alguna vez que nuestros ojos y nuestros oídos están diseñados para ver materia, seguro que pensaste que eran tonterías de una vieja chocha, pues eso, tus ojos y tus oídos no te valdrán pero si sentirás mi roce y mi cariño. Apoyo, llámalo instinto o llámalo Mamá. Cuando tengas dudas sólo piensa en mí y te daré serenidad para decidir. Cuando el miedo, la rabia o la impotencia te paralicen, déjate abrazar y todo será más liviano. Me mudo a tu vera.
Ahora piensa, por el momento te dejaré con unos de tus grandes temores de infancia. ¿Aquella vez que entraste en el cuarto y me encontraste muy sofocada y cerrando una caja? ¿Una tarántula que había conseguido atrapar? Sabía que ese miedo a las arañas te mantendría alejada. Se oía un sonido en el interior, sin duda la imaginación de un niño vería las patas de la araña correteando por el fondo de la caja, esperando un descuido para huir.
La caja está en el armario en la parte alta.
Amor, paz y vida.
Mamá.”
Abrí las puertas del armario. Algunos vestido de diseño antiguo colgaban de perchas que se balanceaban en armonía. En la parte de arriba asomaba la caja. La recordaba perfectamente. Yo había llegado del colegio corriendo. Quería un bocadillo de chocolate. Solté la mochila en el sofá y busqué a mi madre en la casa. Al abrir la puerta de su cuarto ella estaba sentada de espaldas en la cama, su cara estaba muy roja y entre las manos una caja oscura que emitía un sonido constante.
Sin duda esa era la caja. La coloqué con cuidado sobre la cama todavía recordaba con repelo el momento. La agité con cuidado. Un sonido sordo, amortiguado por el cartón me devolvió los temores de aquel episodio de infancia. Bueno, la araña debía estar momificada ya, pensé. Cundo hube reunido valor levanté la paca con cuidado, en el fondo había un vibrador y una sonrisa pintada en papel por mi madre.
-¿Pero qué jodía eres!- La risa ocupó la casa y yo diría que mi madre sonrió también. Sentí que se me erizaba el bello de la espalda y el aroma de Lavanda de su agua de colonia impregnó el aire.

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