Cuerda Floja

Autor: Juan Díaz

 

Es un dolor que nunca había sentido; desgarrador y súbito. Explota en mi encía inferior y desde ahí, como hiedra invasora, se enreda en mi cuello y mi hombro izquierdo. En el tórax un peso, una opresión insoportable. Las nauseas y la sudoración fría acompañan el cuadro. La sensación de asfixia, de ahogo, de incapacidad de respirar es angustiosa. Hace menos de una hora paseaba tranquilamente. Un paseo de domingo, pausado y gratificante. Aprovechando un sol invernal agradable y reconfortador.

 

Estoy sufriendo un infarto. Y no es leve. Lo sé desde que comenzaron los síntomas. Aún no hay electrocardiogramas ni analíticas que lo confirmen, pero estoy seguro. He sido médico de urgencias más de veinte años. He tratado cientos, quizás miles. Sé que estoy en el filo de la navaja. Lo único que juega a mi favor es lo rápido que acudí al hospital. En los infartos el tiempo es vida.

 

El box en el que estoy es pequeño, como todos. Varios enfermeros se afanan en monitorizarme. Cables, electrodos, sondas, vías sanguíneas, muestras para laboratorio, primer bolo de medicación. Son buenos, tengo ojo para eso. Trabajan de forma rápida, pero precisa y  metódica. La médico que los coordina, cual director de orquesta, es joven. Rondando los treinta. Pero me da confianza. Aplica el protocolo con seguridad y eficacia. Con el hilo de voz que soy capaz le comento mi condición de medico y que tengo plena confianza en ella y en sus decisiones.

 

Los primeros datos del monitor son nefastos. La morfina que comienza a correr por mis venas me ayuda a mantener la serenidad. No aplaca el dolor pero rebaja mi nivel de angustia. Con el primer electro se confirma lo que todos sabemos; infarto múltiple, extenso. De los que no nos gustan a los médicos por impredecibles y fulminantes. Las arritmias pueden aparecer en cualquier momento.

 

Comienza la batalla. Farmacopea y conocimientos contra biología y enfermedad.

 

A pesar del dolor y la sensación de asfixia procuro relajarme, la medicación ayuda. Fluctúo  entre la lucidez y los efectos de los narcóticos. Me  vienen, en los momentos de coherencia, a la mente unas reflexiones de mi profesor de ética:

 

“Hemos de tomar conciencia de que la vida, no es un sereno paseo donde la felicidad está siempre garantizada. La vida en ocasiones duele, y debemos aceptar la frustración, la pérdida y cada uno de los duelos. Porque todos ellos, son caminos hacia una necesitada sabiduría.”

 

A cada rato ojeo los múltiples monitores, sé que no debo, mi papel en esta escena es de paciente,  pero no puedo evitarlo. Los parámetros que veo no son buenos. Hay deterioro de la función respiratoria, alteraciones del ritmo cardiaco, descompensación  metabólica.  La situación es crítica, han avisado al intensivista, la necesidad de intervención quirúrgica se va imponiendo.

 

En una esquina del cubículo descubro a mi mujer. No soy consciente de cuando ha llegado. Su presencia desata las emociones. Sus ojos verdes me dan paz, como siempre han hecho. Pero a la vez me traen el miedo. No temo a la muerte en si. He tenido una buena vida. No soy religioso. Me siento en paz conmigo mismo, sin duda la morfina ayuda. Pero me aterra perderla. Quiero seguir despertando a su lado, quiero sus manos generosas, quiero sus palabras en mi oído, quiero su piel, quiero su abrazo en la noche. El pánico que me embarga camino al quirófano no es el de la muerte, es el de perderla. Y si no me equivoco el que creo que mi falta producirá en ella.

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