Acoso

Por:  Javier Gómez Ruiz

En aquella época yo le tuve miedo a ir al colegio. Acudir cada día suponía para mí un esfuerzo martirizante. Iba como quien va al matadero; sin ganas y sin energía, con el alma a medio desprender. Agotadas las excusas, mi madre -en su bienintencionada ignorancia- me empujaba cada mañana fuera de casa hasta ponerme en el camino hacia mi suplicio personal. Lo hacía con pequeñas ayudas en el vestir y el acicalarme, que a mí me dolían como puñales. Sin ella saberlo preparaba mi cadalso y yo, sin notarlo, la fui odiando un poco por ello.

El paseo hasta la escuela me resultaba siempre demasiado corto –o demasiado largo, según se mire-. El mapa que mi mente construyó sobre ese trayecto, se componía de una senda imaginaria hecha de arena, adoquines, losetas y césped, que pisaba en ese orden hasta que llegaba. Porque siempre miraba al suelo, mi cabeza siempre estaba gacha; meditabunda en su propio infierno. Durante aquel trance yo fundía pensamientos e imágenes, haciendo iconos con aquellos pasos y con aquel suelo, que según me acercaba a mi destino y según me iba sintiendo, iban cambiando: Era la arena del principio pensamientos de escape, un mundo mejor donde hubiese salida para mí. Los adoquines a continuación eran furia, ira, rebelión contra lo que me estaba pasando. Después las losetas me traían a la realidad; ponían mis pies en la tierra, eran la dureza de los puñetazos y patadas y el dolor del día siguiente. El césped finalmente ya llegando, fresco cada mañana contra mis tobillos, me traía un pacto de adormecimiento; una aceptación que sirviese de bálsamo y anestesiase mi cuerpo y mi alma, igual que un pedazo de carne muerta. Y muerto en vida llegaba, accedía por la puerta y me dejaba tragar por aquel embudo oscuro, sucio y apretado, que me cortaba el aliento.

El tiempo en el aula pasaba de puntillas; sin hacerse responsable de mi drama. Compañeros y profesores eran actores en una historia solapada y sorda a mi tragedia –y les odié un poco por ello-. Me llegaban sus voces y a veces risas como de lejos, desde una dimensión distinta a mi run run constante y serio y al espasmo de mi pierna, que percutía los segundos hasta la hora de salir al patio; hasta mi hora. Había un momento entonces, justo antes de sonar la sirena -no serian más de treinta segundos- en que de golpe y como una sombra, hacia aparición el miedo. Puntual y crecido, enganchaba sus garras en mi vientre y comenzaba a devorarme. Se alimentaba de la mera posibilidad de salvarme, de que todo cambiase ese día, de que se hubiesen olvidado de mí. Salir de la aceptación durante ese momento, me dejaba desprotegido y asustado otra vez, temblando hasta orinarme encima. Entonces sonaba la sirena con un estruendo ordinario, colándose afilada por pasillos y salas, rebañando perezosos, absentes y asustados, como era mi caso, así que obligado y con el corazón queriendo huir, accedía con el resto al exterior por los vomitorios, empujándonos unos a otros como los ñus al cruzar un rio. Y comenzaba la caza, la mía, que siempre era la misma; me interceptaban de forma personal pero tan impersonal a la vez. El saludo violento no era a mí, sino a todo lo que yo representaba. Sus caras eran una mezcla de sonrisa triste y gesto de dolor, apretando muy fuerte los dientes. Pronunciaban reclamos absurdos que nada tenían que ver conmigo, extrañamente íntimos; diseñados para mí a la par que retorcidos. Los golpes y patadas no dolían tanto como la vergüenza y la humillación frente a todo el colegio. Me robaban, me insultaban; hacían lo que querían conmigo. Nadie me ayudó nunca. Algunos se reían, otros miraban a otro lado, otros pocos miraban de soslayo, con miradas que reconocía al instante, porque eran como la mía –a estos últimos los odié, un poco-.

Todo acabó. Me hice grande y fuerte. Finalmente pude odiar en lugar de ser odiado: Odié a mis padres por no salvarme. Odié a compañeros, profesores, colegio e instituciones. Pero sobretodo odié al de la mirada de soslayo, al que pudo estar en mi lugar pero me tocó a mí. A ese le odié de una forma personal e impersonal a la vez y quise ver de una forma muy intima aquel miedo que yo tuve, pero esta vez en otros ojos, tal vez para no sentirme tan solo, tal vez para compartir mi dolor.

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