Violencia

Oyó los pasos vacilantes escaleras arriba. Miró a su alrededor y pensó en bloquear la puerta. Una silla bajo el picaporte, un palo para trabarla, o como tantas veces había visto, un mueble que impidiera el paso. No le dio tiempo a nada. La puerta le dio con fuerza en la cara. El palo de escoba con el que había pensado apuntalar la entrada cayo doblado al suelo.

– Eres una puta. Crees que no te he visto en la calle con esa faldita. Lo enseñas todo. Tienes medio vecindario echándose pajas a tu costa. ¡Puta!
Magdalena aturdida y confundida por el golpe en la cabeza, miraba desde el suelo a Esteban. El humo del cigarro que sostenía entre los dientes lo cegaba. Estaba borracho. Cuando bebía no reconocía a su marido. El gesto se le mudaba perdiendo todo rastro de humanidad y aparecía un costado negro y salvaje que quería humillarla, que había olvidado el cariño, el respeto mutuo y que ladraba con golpes, una y otra vez, una y otra vez.
– No dices nada. Te gusta lucirte. ¿No te basta con lo que yo te doy?- El discurso ebrio y furibundo era previsible. Lo acompañaba de un grotesco apretón de testículos. El poder reside aquí entre mis piernas.
– Esteban, es un poquito más corta, nadie se fija en mí. Yo soy tuya. – Un hilo de voz, un presagio doloroso marcaba cada sílaba.
– Si, lo eres.- La cara de complacencia. El cuerpo que intentaba erguirse sobre las dos piernas vacilantes. Una pequeña y engañosa tregua, un repliegue antes de la nueva andanada.- Pero tienes que recibir tu castigo.- La primera vez fue una sorpresa, la segunda resistió el dolor como parte de su acuerdo de vida, la tercera la culpa asomó burlona y subyugante.
Mientras Esteban a duras penas zafaba el cinturón de su pantalón; Magdalena, buscaba automáticamente un hueco donde esconderse. Daba gracias a Dios de que sus hijos no estuvieran allí para verlo y desplegaba su manto protector, su traje invisible que la hacía resistir.- Pasará pronto, está muy borracho. Se tumbará en la cama y roncará hasta la mañana siguiente. Inofensivo, desmadejado, desposeído.
– ¿Qué hablas zorra? Esta vez no se te olvida más. – El primer golpe de cuero curtido le atravesó la espalda, después la pierna desnuda. Dos más fueron a la cabeza… Hizo una parada para dejar el cigarrillo en el borde del fregadero y recomponerse el pelo.

– Yo soy Roca que no siente,
Soy astilla de madera que busca morder tu carne.
Soy iceberg ante tu vuelo de mosca

¡¡Qué estás diciendo loca, ya vuelves con sus frasecitas!!!. ¡¡¡Estúpida!!! – La saliva salió proyectada de su boca. El cinturón busca piel nueva donde abrasar.

– Yo soy Roca que no siente,
Soy astilla de madera que busca morder tu carne.
Soy iceberg ante tu vuelo de mosca
Soy mejor que tú
Magdalena se abrazaba a esta letanía, probablemente la mejor herencia que le dejó su madre. La historia se repetía. Nunca quiso tener una niña. La providencia la bendijo con dos varones, después, conscientemente, desató el frágil equilibrio de su marido y buscó una patada certera que la dejase inutilizada para transmitir su destino. Fue uno de los días más felices de su vida.
– ¿Mejor que yo? ¡Mejor que yo! Tú eres una perra que come gracias a mi sudor. A saber con cuantos te habrás restregado por ahí. De hoy no pasa. No lo vas a olvidar, ¡por mis muertos! – Tambaleándose dejó caer la correa al suelo. La hebilla ensangrentada golpeó las baldosas.
Ya ha pasado todo pensó Magdalena. Su particular oración la había vuelto a inmunizar frente al agresor. Volverá a la cama para dormir como un cerdo. Ausente, desconectado.
Esteban volvió la cabeza y vio la gasolina que tenía preparada para las emergencias de la moto. Magdalena cerró fuerte los ojos; hasta hacerse daño. Tres pasos sordos. Oyó el acuático flujo del líquido en la lata. La rosca del tapón chirriando dolor. El volátil y característico olor del combustible. Dos pasos hacia ella.
– Soy mejor que tú.- Un paraguas invisible que la arropa.
El suelo próximo tiembla y oye caer la lata.
– Soy mejor que tú.- Fe, sólo fe.
El olor se expande. Silencio. Se apropia del oxigeno de la habitación. Silencio.
Abre los ojos. Aún le duelen. – Yo soy roca que no siente.- Esteban está tirado en el suelo, ha pisado el palo del cepillo y no ha podido aguantar el equilibrio. Tiene el cuello torcido y los ojos en blanco. La gasolina empapa su costado. Magdalena recuerda que estaba fumando. Fumando, si eso es. – piensa.
Se acerca al fregadero y recoge una colilla consumida pero candente.
– Soy mejor que tú.
La explosión lanza los cristales desde el tercero a la calle y una sinfonía de alarmas de vehículos cierra el acto.
Son las dos de la tarde en media hora llegaran los niños del colegio.

 

 

Por José Angel Lucena

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