Corre que hoy se marcha

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11 marzo, 2017 por escribeconnosotros

Por: Macarena

 

Este Día de la Mujer en Montevideo se conmemoró con una movilización multitudinaria. No voy a ahondar aquí en lo que se puede leer en sendos titulares de los periódicos de Uruguay y el mundo. Alrededor de 300.000 almas se congregaron en la Plaza Libertad y generaron una masa compacta de cuerpos agolpados en torno a una consigna: no más violencia hacia las mujeres. Una compañera feminista sostuvo un cartel en una marcha que le antecedió, menos mediática y multitudinaria, que decía: “Disculpe las molestias, pero nos están matando”.

 

Y de eso se trató entre otras cosas este 8 de marzo, de incomodar e incomodarse. De salir de la rutina diaria y mover el cuerpo, ese mismo cuerpo que es tocado, mirado, reclamado como trofeo de guerra cada día, vilipendiado o elogiado como cosa, como adorno. También hubo muchos varones, ancianos y ancianas, personas en sillas de ruedas, familias enteras que se congregaron a partir de las 16 horas para una marcha que recién comenzaría pasadas las 19 horas, a pasos lentos. Imagínense echar a andar a un monstruo de 600.000 piernas.

 

Ese monstruo que no queremos ser como sociedad fuimos el pasado 8 de marzo. Con corazón de cuerda de tambores, con una hoguera en el vientre, con escobas en alto para barrer prejuicios. Miles de pancartas y voces rompiendo el silencio de otros y otras que permanecen amordazados por el miedo o el simple conformismo.

 

A pesar de la amplia adhesión masiva al paro convocado por el PIT-CNT, que nuclea a un sinfín de sindicatos, el gremio de la educación, con mayoría femenina entre sus trabajadores, adhirió sin paro. Sus miles de mujeres, esas que cuidan y educan a nuestros hijos siguiendo una larga tradición de trabajo donde el cuidado se asocia con lo femenino, recién pudieron sumarse a la movilización a partir de las 16 horas.

Mi marcha

Como trabajadora del Ministerio de Desarrollo Social de Uruguay me uní al paro. Me calcé una camiseta negra con la leyenda “Tocan a una, tocan a todas” que se podía leer justo a la altura de mis senos. Nunca me dio tanto gusto como ese miércoles que al caminar por la calle me miraran las tetas. “Ahhh, porque hoy es el día…” susurraba un grupo de varones ocupantes precarios de una casa sobre la avenida General Flores.

 

En la espalda la misma camiseta decía “Si paramos las mujeres, paramos el mundo”. Y vaya si hay verdad en esa consigna. Llegué a la escuela de mi hija porque tenía entrevista con la maestra de la menor. Sí, un 8 de marzo. Fue grata mi sorpresa al ver que todas las maestras, incluso la directora, estaban vestidas de negro de pies a cabeza y sin túnica.

 

Con mi camiseta y su atuendo negro hablamos de cómo es la niña, a qué le gusta jugar y demás. Ese día comimos afuera con Julieta. Manuela todavía estaba en la escuela. Mis malabares de mujer para poder ir a la marcha apenas comenzaban.

 

Pasé con la chica, que estaba todavía en proceso de adaptación en el jardín, a buscar a la grande que ya va a tercer año en horario completo de 8 a 16 horas.

 

Corrimos a casa, tomamos la merienda y teníamos que volar a lo de la abuela porque se nos hacía tarde. No pude llevarlas a la marcha, aunque era mi intención, porque eso suponía un mar de cancelaciones con dentistas, terapeutas y demás. El padre se encargaría de esas vueltas vespertinas.

 

Armé una mochila y salí rauda y veloz. Perdimos un ómnibus y el siguiente demoró una vida. En la parada había muchas mujeres vestidas de negro, mujeres que no podían parar como yo, pero que en señal de protesta habían concurrido a trabajar de luto riguroso.

 

Subimos al ómnibus al fin, mensaje va y viene con otras compañeras que ya estaban en la marcha, mirando el teléfono celular con un ojo y con el otro a mis dos crías que ya estaban agotadas de tanto ir y venir. Llegó entonces un mensaje salvador de mi madre: “te espero en la parada”. No tenía que bajarme y esperar el mismo ómnibus de vuelta. Eso también es una forma de lucha, ser solidaria con la que puede, a pesar de que tus setenta y tantos años y tu organismo no te permitan caminar en la multitud.

 

Entregué a mis hijas como quien pasa una posta, de mujer a mujer. Mi vieja me dejó flotando en el aire un “andá tranquila”, y mi hija mayor agarró la mochila al grito de “te quiero mamá”. Otra mujer de un grupo que iba para la marcha dejó un pie sobre el escalón del ómnibus y otro en la vereda para que no se me escapara la chance.

 

El universo parecía conspirar pero no era el Universo, fueron las mujeres y los varones, todos los seres en comunión que me llevaron en andas hasta la plaza.

 

Tuve que caminar mucho para tener que desandar luego el mismo camino. La avenida estaba cortada por la multitud que se agolpaba como hormigas en torno a los restos de un pic nic descomunal.

 

Niños, niñas y coches de bebé. Todavía no entiendo cómo hicieron para llegar hasta el punto de encuentro. En el lugar de la cita, en torno a un monumento con forma de mujer que simboliza la Libertad, las antenas de telefonía celular colapsaron. Ninguna compañía pública o privada estaba lista para hacer frente a los miles de mensajes que al unísono y en un mismo punto estaban emitiendo cientos de miles de personas.

 

Ya era de por sí complicado encontrarse, sin celular fue casi un milagro. Cuando recuperamos algo de señal nos conectamos con una amiga y mujer excepcional que se transformó y mi compañera de marcha.

 

Al ritmo de la cuerda de tambores realmente “hicimos temblar la tierra” y nuestras caderas exorcizaron toda la bronca y la impotencia de una realidad que aspiramos a cambiar cada día, con cada paso simbólico, avanzando lento pero seguro. Conquistamos un espacio público por unas horas que nos quieren hacer creer que no es nuestro, que es de unos pocos violentos.

 

Al final, ya con la noche sobre los hombros, se leyeron proclamas, se bregó por una ley que ponga en el papel algo que la sociedad o buena parte de la misma pide a gritos literalmente.

 

Luego de disipada la marcha quedará en cada uno ser coherente con lo que hace y con lo que piensa, empatar esos dos mundos que a veces se alejan. Será tarea de cada uno que ese río humano siga corriendo por nuestras venas y se materialice en un mundo mejor. En lo que a mí respecta, creo que estamos 15 cuadras más cerca.

 

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