Maní tostado, un aroma de la infancia

Por  Raul Leiva
(publicado originalmente en el blog http://panza2014.blogspot.com/2015/02/dia-5-mani-tostado-un-aroma-de-la.html)

Hay aromas de la infancia que nos marcan para siempre. No se sabe si es el aroma en sí, las circunstancias del entorno o sólamente es la frágil inocencia con que se reciben ciertas cosas en la vida.
Augusto Quiroga, era un anciano setentón y soltero hasta la médula. Su vida pasó más tiempo arriba de un avión que en tierra firme. Fue un viajado ingeniero químico que sabía hacernos reír con explosivos caseros y tintas invisibles que fabricaba con comestibles. Sin dudas había aprendido mucho en su vida y se afanaba por aplicarlo en lo cotideano. En su jubilación, decidió mudarse cerca de casa por la proximidad al río y por el clima de campo que se vivía en San Cristobal.
Pero lo que más nos atraía, era conocer el secreto de sus maníes tostados, tenían un sabor único como nunca ninguno había probado en la vida.Lo seguíamos en secreto pero todos los intentos terminaban en una puerta que él , ingeniosamente llamaba “Laboratorio Q” y cuya llave colgaba de su cuello. Cada vez que se encerraba en el laboratorio, por la ventana salía el inconfundible olor a maní tostado, y era un llamado que ninguno podía resistir, todos dejábamos el partido de futbol, o las escondidas y corríamos a lo de don Quiroga, quien minutos después, salía con tres enormes cucuruchos de papel de diario repletos de exquisito maní.
Nuestras madres empezaron a ponerse celosas y empezaron sin exito, a probar distintas fórmulas para tostar maní. Lo único certero, era que lo compraba por bolsas en el almacen del barrio, el resto un secreto guardado bajo siete llaves.
Cierta mañana se supo de la muerte de don Quiroga. Los que éramos sus habitués, sentimos una gran pérdida, obviamente en la medida de nuestras posibilidades. Se supo que sufrió un infarto mientras dormía. Se llevaba consigo uno de los grandes secretos de nuestra infancia. Como no tenía familiares, los vecinos más cercanos fueron a ordenar sus cosas, los niños de entonces fuimos a ver por última vez la casa. Alguien dijo, “Aquella llave de allá, la tenía atada al cuello, ¿alguien sabe de donde es?” .Como nadie sabía la llave quedó allí. Nosotros sí sabíamos, era del Laboratorio Q. Cuando estábamos por apoderarnos del secreto, el papá de Diego y Guille la agarró y dijo “Debe ser de esa pieza. Vamos a ver”.
Abrieron ante nuestros ojos el Laboratorio Q. No era lo que esperábamos. Siempre nos imaginamos un lugar con frascos humeantes, líquidos verdes y mecheros bunsen. En lugar de eso había un enorme colador de pastas, un tostador ordinario, varias bolsas de maní y una especie de olla. En la pared había infinidad de recortes, pero uno resaltaba entre todos. Era uno que se titulaba “Kopi Luwak”. Nuestros padres que sabían leer, quedaron blancos. “¡Que viejo hijo de mil puta!” dijo mi papá, “Con razón había tantos frascos de laxante en la basura.”
Nos sacaron de allí y nunca nos permitieron preguntar nada.
Nadie volvió a mencionar a don Quiroga.
Nunca.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: