ALMA GALLEGA

por José Ángel Lucena

Las partículas de polvo en suspensión se agitaban con cada explosión lejana, como un enjambre desordenado. La bota contenía el balanceo constante de la caminata entre los escombros. Parecía que se hubiera desmoronado la civilización en aquel perdido rincón de Asia. Calor y cascotes, sangre y cascotes, desesperación… y cascotes. Carbeiro, se separó del pelotón buscando un rincón donde mear, todavía la parte animal no había crecido lo suficiente como para no buscar un poco de intimidad. Todas las calles parecían la misma, todas las paredes habían sufrido el impacto de la metralla, dentelladas de acero salpicando las ruinas.
Distraído siguió a un gato negro que saltaba entre los restos de las construcciones buscando alimento y cobijo. El animal pasó a través del hueco donde algún día hubo una puerta. Carbeiro cruzó las jambas sorprendido por aquella forma de vida distinta a sus compañeros, habían recorrido más de treinta kilómetros sin encontrar un alma, sólo algún animal muerto desecado al despiadado sol de la zona y moscas que actuaban como uno sólo organismo anidando sobre la piel opaca del cadáver.
La vivienda estaba intacta a excepción de las puertas y ventanas. Los habitantes las habían utilizado para hacer fuego en las despiadadas noches bajo cero. En el salón un sofá de tres plazas bajo una gruesa capa de polvo, una mesa de cristal, sorprendentemente ilesa, y un enorme cuadro de Louis Armstrong con la esfinge de Gizeb al fondo. Recordaba aquella instantánea, formaba parte de las campañas americanas demostrándole a Europa que ellos también eran cultura pese a toda propaganda soviética en su contra. El trompetista dedicaba un tema a su señora en una pose natural, acostumbrada ese maravilloso talento.
– Joder que listos son estos jodidos americanos, en una de las maravillas del mundo y con un negro, manda Carallo. Carbeiro, era amante de la música y profundamente crítico con ciertas actitudes que el calificaba de moderno colonialismo.
Ahora que se veía a miles de kilómetros de su Galicia natal echaba de menos la lluvia lenta y el color gris del cielo. Ese sol abrasador y esa falta de fronda habían calcinado su esperanza en la primera semana de misión.
Bajo el cuadro una televisión inservible, con un agujero intencionado sobre el cristal por el que asomaban los restos de las válvulas y un tocadiscos sobre el que descansaba Money for Nothing. Casi no le dio tiempo a ver la cinta fluorescente en la frente de Mark Knopfler, dos gruesas lágrimas recorrieron sus mejillas arrastrando suciedad y desesperación, era la primera vez que conectaba con algo. Las primeras notas de la canción sonaron en su mente distraída. Cogió el vinilo entre las manos y se dejó caer en el sofá. Las botas automáticamente fueron a reposar sobre la mesa. Volvía inconscientemente a brindar con sus amigos en la tasca . “Para as mulleres e da vida da mellor terra do mundo”.
El sabor de la cerveza le inundó el paladar. Se quedó suspendido en el instante contemplando un reloj de pared que debía tener la pila agotada. La aguja vacilante avanzaba y retrocedía como un insecto atrapado entre cristales. – ¿Qué sentido tiene ese reloj en este mundo sin tiempo?- Cerró los ojos intentando atrapar las imágenes que le traía su memoria.El último día en casa.
Fue en ese momento, en el que empezaron a proyectarse unas sombras antropomorfas sobre la pared, pensó que llevaba mucho tiempo lejos de sus compañeros y con seguridad habrían ido a buscarlo. A continuación un viento húmedo envolvió la estancia y el olor a cera ardiendo se hizo intenso. Cuando intentó incorporarse su cuerpo no obedeció. La comitiva comenzó a entrar en el salón, delante y cubierto por un sayo un hombre portaba una enorme cruz latina. El cíngulo se balanceaba sobre el faldón multiplicando el efecto de la visión, detrás un grupo de seres de rostros torturados, en dos filas, arrastraban sus pies sobre el pavimento. Todos llevaban una vela encendida. Un sonido gutural, rítmico y creciente fue inundando la sala. Carbeiro, con los ojos muy abiertos observo sin poder controlar las lágrimas. La Santa Compaña, había oído hablar de esa procesión de almas en pena en muchas ocasiones, formaba parte del folklore de su tierra. Buscó en los relatos detallados que una y otra vez le repitió su abuela. Intentó encontrar su significado. Recordó que a su paso los gatos corrían buscando refugio y los perros aullaban en desconsuelo.
Carbeiro, vio como la comitiva se detenía por orden del guía y como este se giraba señalándolo con el índice. Recordó que si se incorporaba al grupo jamás regresaría. Vagaría perdiendo toda energía y corporeidad hasta quedar atrapado en la comitiva. Comenzó a rezar, tenía que anular la salmodia de la Santa Compaña, debía concentrarse para no oír los cantos fúnebres. Consiguió vencer el hipnótico reclamo y con el dedo sobre el polvo trazó un círculo para mantenerse alejado del hechizo. El aire aumentó su presencia y por un instante el olor a cera lo dejó sin oxígeno. Los espíritus incrementaron el volumen de su letanía y avanzaron hasta el límite del círculo. Carbeiro vio una forma ágil y negra que entraba en el círculo antes de perder la consciencia.
– Pero bueno Carbeiro, que cojones haces tirado en el suelo durmiendo abrazado a ese disco. Increíble. Anda sal de aquí que no hay ni un alma.
Un compañero del pelotón lo miraba desde la altura. El soldado gallego, Carbeiro, estaba en el suelo ovillado dentro de un círculo. El reloj continuaba en su epiléptica marcha agotando todo resto de energía.
Sobre el polvo de la solería las pisadas de las botas militares y las discretas huellas de un gato.

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