Malus doméstica

Por milmartitas en la absurda semana
Me desperté inquieta. Había sido un día largo seguido de una noche de extrañas pesadillas. Cómo cada mañana permanecí tumbada mientras mis ojos y mi mente se acomodaban al nuevo día, despacio, sin prisas.
Fue entonces cuando empecé a escuchar unos sollozos que provenían del largo pasillo de mi casa. Alguien suspiraba dentro de una vivienda muyaislada en la que solo vivía yo. No me asusté. ¿Quién entra en tu casa para llorar?
Con una mezcla de intriga y curiosidad me dirigí a abrir la puerta, muy despacio. Entonces llegó la sorpresa: parado en medio del pasillo, con la cara tapada con las manos, había un hombre de unos treinta años llorando desconsolado. Claro que no era exactamente un hombre. La mitad superior de su cuerpo parecía normal desde la puerta de mi habitación. No llevaba camisa. No llevaba ropa en realidad, pero a partir de su cintura empezaba un tallo leñoso que llegaba hasta el suelo y terminaba en unas largas raíces que ocupaban todo el ancho de la galería.
Al sentir la puerta se destapó la cara y me miró a los ojos. Era muy bien parecido aunque en sus ojos rebosaba una tristeza muy profunda. Nunca antes vi a nadie tan afligido. Corrí a abrazarlo sin remedio. Era imposible resistirse. Y volvieron los llantos.
Poco a poco se fue tranquilizando y conseguí convencerlo para sentarnos en el salón delante de una infusión calentita. Que menos con tanta pena.
Me lo explicó todo: una vida entera sin ser nada en concreto, sin estar definido. Ni hombre ni árbol. Escondido del mundo por ser una aberración de la naturaleza a los ojos de todos los demás. Repudiado por su familia, abandonado en el bosque cuando apenas era un crío. Motivos para llorar tenía, de eso no hay duda. Me confesó que era su primer abrazo y allí que fui otra vez a agarrarme de su cuello. Muy triste vivir sin abrazos.
Pasamos la mañana charlando entre llantos y confesiones. Me hizo muchas preguntas sobre la vida de los humanos, también sobre los árboles, y llegamos a la conclusión de que sería más feliz siendo hombre. Le invité a quedarse en casa mientras buscábamos la fórmula para conseguir el objetivo que nos habíamos propuesto: no tuvimos dudas, el amor lo cura todo.
Fueron pasando los días, amenizados con risas y muchos abrazos y el hombre manzano comenzó a transformarse muy lentamente. Su tallo inferior fue perdiendo corteza y dividiéndose justo a la mitad. Sus raíces se acortaron hasta llegar a parecer dedos. Desarrolló genitales masculinos casi al mismo tiempo en que ambos comenzamos a sentir la llamada del instinto.
Han pasado dieciocho años. Tenemos tres hijos humanos y una vida feliz.

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