Pasado amigo

 

Por Despeinada

Ya lo pasado, pasado. Sentencian en varias partes. El pasado no se puede cambiar… entonces… de qué sirve. El pasado sirve, si lo usamos bien, para ayudarnos.

Laura nació en México, allá en 1903. Creció y fue criada con sus hermanos en un pueblo en medio del desierto. La gente que crece en esos lugares, se acostumbra a trabajar día a día para sacarle agua a las piedras. Aunque era la hija de una familia acomodada, nunca supo lo que era aburrirse, ya que su padre comulgaba con la idea de que lo mejor para la cabeza sana era mantenerla ocupada en algo. Así que Laura aprendió costura y cocina… que en esa época significaba coser con máquina de pedal y matar a una gallina para hacerla caldo. Que tuviera 6 años no era impedimento. Ella lo disfrutaba y además era buena en ello. Su hermana mayor, en cambio, estaba destinada a casarse con un socio de su padre, así que a ella le enseñaban canto y piano.

Cuando Laura cumplió 7 años, estalló la Revolución en México. Al menos de eso hablaban todos los adultos. Ella no entendía, sólo sabía que ya no la dejaban salir sola, que hicieron un cuarto escondido en el cobertizo y que cuando alguien gritaba “FUEGO” era la señal para ir corriendo a esconderse ella y su hermana mayor. Al principio se asustaba, pero después entendió lo divertido que era… dejar todo, correr y cuando salían, resultaba que era falsa alarma.

Hasta que un día, dejó de serlo. Laura y su hermana salieron despacio del escondite para ver todo vacío, no había ni gente, ni gallinas, ni caballos. No entendían qué había pasado. La hermana tuvo un ataque de histeria, se soltó llorando, porque intuía qué había pasado, pero Laura seguía inerte…intentando comprender.

Se fueron ambas a la casa de Don Joaquín, socio y amigo de su padre, escondiéndose y caminando muy despacio. De nada les sirvió, pues la casa de Don Joaquín, de Don Julián y de don Andrés también estaban solas, parecía que hubiese pasado un tren y que ellas habían olvidado subirse en él.

-Si nosotras andamos buscando gente, puede que la gente nos esté buscando a nosotras. Alguien deberá encender una fogata algún día, los huevos conservados en manteca no durarán para siempre- Razonó Laura, conocedora de las urgencias del cuerpo.

-Tienes razón, lo importante es que nos cuidemos bien, de los alacranes, de los desconocidos y del frío.

Eligieron un lugar donde podían, escondidas, ver hacia la Iglesia, seguro que alguien ahí buscaría ayuda. Y a medias, acertaron. 3 hombres que no eran del pueblo, llegaron a caballo, entraron a la Iglesia y no salieron de ahí.

Les extrañaba que nadie más llegara o que no se escuchara ni un sonido desde dentro. Ni siquiera humo salía de la chimenea aunque estaba cayendo el sol.

-No van a salir- Dijo de repente Laura. Vamos, ayúdame a subir a un caballo y tú tomas el otro para irnos.

-¿Estás loca? En cuanto oigan el ruido de los caballos irán tras nosotras

-No, hazme caso. Si tanto miedo tienes nos llevamos al tercer caballo, si no, el padre tiene un saco de sal en la cocina, lo llenamos de sal al tercer caballo así con tanta agua que va a tomar no podrá correr.

-No creas que te voy a dejar entrar a la Iglesia…. perdiste la cabeza.

-Pues entonces vamos. Si no vienes, veré cómo subirme y te las arreglas sola.

Laura corrió hacia los caballos, sin miedo, como quien ve una puerta abierta en un sitio que ya no es cómodo. Se fueron cabalgando despacio, ya que Laura los encaminó hacia una vereda al lado del río. A 10 Kilómetros estaba una choza, casi escondida.

-Aquí estaremos a salvo – Dijo a su hermana que de tan cansada apenas podía mantener los ojos abiertos.

Temprano en la mañana llegó su padre, las llenó de besos y prometió millones de cirios por el milagro. Se fueron lejos, a la ciudad más cercana donde podían ser protegidos por la policía. El campo ya no era seguro.

Cuando estaban reunidos se contaron sus versiones… Los revolucionarios habían llegado al pueblo a tomarlo, según que por sorpresa, pero los Federales los estaban esperando, ante la emboscada, se retiraron, pero un grupo de 20 o 30 se quedaron a saquear en lo que estaba el desorden, se llevaron animales para alimentarse y oro, para venderlo. Los Federales no dieron oportunidad de regresar por nadie. -Nos llevaron a todos para poder evitar rehenes. Yo sabía que tú Laura sabrías alimentar a ambas, pero me daba miedo que las encontraran. ¿Cómo llegaron a la cabaña donde pescamos sin que las vieran?

-Laura me convenció de tomar los caballos de unos, supongo, revolucionarios. Habían entrado a la Iglesia y ella estaba segura de que no saldrían. Explícame cómo estabas tan segura de eso niña.

-Fácil, cuando el Padre de iba a los bautizos de San Antonio, siempre volvía hasta el día siguiente, y le dejaba las llaves a Beto, nuestro ayudante, y cerca del mediodía me decía, voy a darle una vuelta a la Iglesia y volvía de ahí todo borracho. Supuse que los extraños habían escuchado de la cava famosa del padre, y el resto…. ya lo sabemos.

El pasado, aunque no sea extenso, nos ayuda si queremos… queramos.

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