Dudosos pasados

De Raul Leiva

El pasado es un perro fiel que te sigue siempre y de vez en cuando te muerde los tobillos.

Era una región horrible en el noreste de Francia. Corridos por la miseria, un grupo de desempleados comenzaron a incursionar en la industria del vino. Compraron unos terrenos baratos y un lote de viñedos al mayoreo. Labraron las tierras como pudieron y las regaron en forma artificial con agua de desechos cloacales a fin de abonar el árido terreno.Compraron barricas a bodegas vecinas e improvisaron una cava en los sótanos de la antigua costrucción que oficiaba de casco de estancia. Al cabo de un tiempo, produjeron un vino blanco de una acidez tan grande que no fue aceptado por nadie. Tanta fue la desilusión y la pérdida, que el grupo de trabajadores tomó cada uno las herramientas que pudo y abandonó el viñedo para probar suerte en otras tierras, en otros trabajos. Solo un par de hermanos que insistieron con la industria vitivinícola, intentaron otras pruebas mejorando el riego, prestando más atención a los tiempos de fermentación y limpiando mejor las barricas usadas. Incluso llegaron a poner un poco de azucar en el brebaje para hacerlo más pasable.El resultado no fue mejor.
Decidieron venderle la producción a una taberna de mala muerte inglesa donde se tomaban hasta el agua de los floreros.
Como todo comercio de la época, la iglesia regulaba el tráfico de la bebida y cada cargamento era depositado a modo de aduana, en los sótanos del convento de los monjes benedictinos, para luego ser inventariado y embarcado definitivamente a Inglaterra. Por caprichos del destino, una partida de treinta barricas fueron olvidadas en el convento y ante unas festividades, uno de los monjes advirtió la falta de bebidas para los postres. Recordó ese viejo lote de barricas y lo avanzado de la noche y los vinos circulantes, lo animaron a llenar con el vino olvidado unas botellas vacías que guardaban por si acaso.Al abrir la primera barrica, un fuerte silbido lo ensordeció y al inclinar la barrica salió una espuma blanca que le dió de pleno en la cara forzando la ingesta de gran parte del chorro. Advertidos por el ruido, dos hermanas bajaron al sótano y encontraron al monje bailando y gritando “¡El vino tiene estrellas! ¡Estoy bebiendo estrellas!”.

Si olvidamos el pasado, algunas personas, hechos o cosas pueden pensarse como el resultado de años de trabajo e investigación. Que la excelencia es el resultado de una búisqueda. Pero a veces el pasado no fue tan afortunado.
Corría el año 1700.
La región al noroeste de Francia se llamaba Champagne y el monje Benedictino fue Dom Pierre Perignom.
De los hermanos que siguieron trabajando en los viñedos baratos, nunca se supo nada más.

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