El negocio

por Javier Gómez Ruiz en la semana del diálogo.

Pasaban ya de las cuatro de aquel jueves lluvioso. Inocencio Martín trataba de controlar sus nervios sin conseguirlo. Para él, aquel día podía significar el fin de las desgracias y el comienzo de una nueva vida, era mucho lo que estaba en juego. Aquel almuerzo concertado era una oportunidad única. Tras cinco años arrastrándose en busca de alguien que invirtiese en su negocio, jamás lo vio tan claro; aquel inversor podía y, lo que es más importante, parecía querer asociarse con él. Inocencio había preparado su discurso al milímetro, vestía su mejor traje y se esforzó por hacer una entrada desenvuelta en aquel restaurante de lujo. Una hora más tarde, los primeros momentos, vigorosos y enérgicos, incluso alegres, quedaron lejanos y consumidos hasta verse convertido en un bulto estático; parecía como atornillado al sillón, aplastado por los minutos que caían burlones sobre la hora de la cita.
(–)¿Comerá solo el señor finalmente? –La voz del camarero surgió por encima de su hombro derecho sobresaltándole. Y no pudo evitar un respingo del que se avergonzó de inmediato-.
Abstraído como se encontraba, Inocencio recibió aquella frase como una sentencia; una respuesta puesta en boca de otro y que atendía a sus cavilaciones sobre un destino desgraciado que presumía inapelable. Sintió un Deja vu que le erizó hasta el alma. Se revolvió hacia la voz y sin separar los codos de la mesa ni girar el cuello más de lo indispensable, contestó con velada vehemencia.
(–)Ya le dije antes que espero a una persona.
Y volvió a mirar al frente. El joven por su parte, que seguía allí plantado con las manos a la espalda, inclinó con aire marcial el cuerpo y con gesto amable pero inexpresivo, continuó hablando.
(–)Comprendo señor. ¿Desea un aperitivo o algo de beber mientras tanto? –La voz del camarero sonaba mecánica, también dulce y provocadora. A Inocencio le entraron ganas de pedir, pero se contuvo-.
(–)No, muchas gracias –contestó alargando la última palabra y apartando una mosca imaginaria con la mano-
Tras comprobar con el rabillo del ojo, que estaba solo de nuevo, volvió Inocencio a los gestos mínimos, a su pequeña liturgia; miraba el reloj y chequeaba la puerta de entrada cada tanto, en la esperanza absurda de que el hacerlo le premiase con la aparición del otro comensal, de su salvador. Acudieron a su mente tiempos pasados de largas esperas en los que se sintió olvidado por los demás, atado a un limbo de ritmo lento y tiempo inservible. También pensó en interminables reuniones y más interminables aun esperas, que siempre acababan de la misma forma; en decepción. Pasaron así los minutos; inadvertidos excepto por un aumento sutil y progresivo en el volumen de las conversaciones en las mesas vecinas, que se volvían distendidas con alguna carcajada, palmadas en la espalda y sillas que rasguñaban el suelo al arrastrarse.
En ese momento y con cierta timidez, se acercaba de nuevo el camarero, esta vez de frente.
(–)Disculpe señor, no quisiera importunarle –pues no lo haga entonces pensó Inocencio para si-. Se trata de la cocina; la cerraremos en media hora…Dentro de cinco minutos no aceptaremos comandas…Si ya sabe lo que desea…Si ha mirado usted la carta…Podría, es decir, yo podría tomarle nota –las frases del joven perdían impulso conforme iba observando el rostro de Inocencio, que fue pasando de una íntima tristeza a una indignación compartida. Lo siguiente sería la ira contra él, eso el camarero lo notó meridiano-. Bueno pues le dejo la carta –dijo el joven con un hilo de voz y sin esperar respuesta, se alejó como si llevase patines-.
Otra puerta cerrada más, pensó con ironía mientras sostenía aquel tarjetón en sus manos, la cocina no iba a ser la excepción: “Inocencio Martín, todos te cierran las puertas en las narices”, se dijo. Entonces comenzó a ver desfilar gente hacia la salida. Al pasar junto a su mesa, algunos le observaban sorprendidos e Inocencio juraría que divertidos ante su patetismo. Sin darse cuenta, las manos le quedaron entrelazadas, igual que rezando. Se preguntó entonces el por qué de toda aquella humillación, las razones que alguien puede tener para someterse a todo aquello; a tanto rechazo. Era más un exabrupto que una pregunta real, un grito de desahogo, pues Inocencio sabía bien la respuesta. La supo desde que su padre le susurró al oído, justo antes de morir:”No te rindas nunca Inocencio”, podía ver la respuesta también en los ojos de su familia; en el brillo de admiración de los pequeños y en la calidez y cariño de los de su mujer. Ellos creían en él y no iba a defraudarles. Esperaría lo que hiciese falta, haría noche allí mismo de ser necesario…Señor Martín…!Señor Martín!…¿Pero qué?…
(–)Señor Martín, el local está vacío, haga el favor de acompañarnos a la salida –Un hombre de mediana edad, con gesto serio y cansado, se dirigía a Inocencio con tono severo. Debía ser el gerente, le flanqueaban dos hombres grandes, trajeados como él, aunque con menor calidad-.
Inocencio se encomendó a lo que buenamente supo y apretando los dientes, se agarró con fuerza al sillón entrelazando las piernas tras las patas delanteras. Habló con un gemido.
(–)No me iré. Espero a una persona -esto último lo dijo bajando la cabeza y con la mirada triste-.
(–)Chicos, sacadle…Sin hacerle daño a ser posible –Fue todo lo que dijo el gerente, se ve que acostumbrado a estas lides-.
La escena que se produjo a continuación fue realmente esperpéntica; los dos hombres grandes se afanaban en separar al hombrecillo de aquel sillón. Tras unas primeras intentonas mudas, con las respiraciones aceleradas de los tres debido al esfuerzo, los gigantes quedaron satisfechos con el agarre conseguido. El que sujetaba a Inocencio por el cuello pareció perder la paciencia, pues de forma súbita y en un movimiento enérgico con el codo, le golpeó en la nariz de forma involuntaria. Un chasquido nítido evidenció la rotura y durante una fracción de segundo los dejó a todos paralizados. Casi de inmediato, el sillón crujió bajo el peso y con un estruendo, quedaron los tres hombres desparramados por el suelo. Las lágrimas acudieron involuntarias al rostro de Inocencio, la sangre le bañaba la cara y parte de la camisa, quizás por primera vez en su vida, fue consciente de lo desesperado que estaba y fruto de esa desesperación, alargó la mano hacia el cuchillo de la carne que había caído junto con el mantel y todo lo que ocupaba la mesa. Asió entonces el metal con la mano derecha y apretó los dientes con furia, los hombres grandes se miraron y adoptaron una pose ahora sí diferente, Inocencio se disponía a saltar sobre ellos, los dos hombres echaron mano a su cadera con una simetría que le recordó a esos gimnastas sincronizados y cuando todo estaba claro y el final avanzaba franco…Sonó una voz de mujer en la distancia.
(–)¿Inocencio Martin? ¡Mensaje para Inocencio Martín! –Una chica se acercaba desenvuelta entre las mesas y su cara iba cambiando conforme aquella locura se le iba haciendo visible. Dio los últimos pasos de forma automática, cada vez más pequeños, hasta quedar a la altura del gerente-.
(–)!Vamos habla! –gruñó el jefe mientras miraba alternativamente a los hombres que continuaban en el suelo paralizados-
(–)El señor…El señor Dante le comunica –la chica estaba temblando-, el señor Dante quiere pedirle disculpas por su ausencia pues…pues el helicóptero no pudo volar hoy debido al mal tiempo. Le ruega que acepte la invitación por este almuerzo y le emplaza para mañana a la misma…A la misma hora en este mismo lugar. No debe preocuparse por la reserva ya que siempre tengo mesa. Atentamente, un saludo afectuoso. M.A. Dante.
El mensaje pareció dejarlos a todos sin energías. El cuchillo que portaba Inocencio, resbaló por entre sus dedos laxos, los matones relajaron los brazos colocando las manos bien alejadas de sus caderas y al menos uno emitió un suspiro. Inocencio giró sobre si lentamente hasta ponerse de rodillas, notó que tenía lastimado un brazo y una rodilla, además de la nariz. Se puso en pie, de forma inesperada para todos los allí presentes y comenzó a caminar hacia la salida. Al pasar junto al gerente, que permanecía lívido, sin mirarle siquiera a la cara, soltó un. “Hasta mañana” que quedó flotando en el aire hasta un buen rato después de irse.
Inocencio se fue cojeando hacia su casa, con la nariz partida y los huesos doloridos, sin embargo, un atisbo de sonrisa adornaba su boca manchada de sangre y es que estaba recordando aquellas palabras de su padre:
“No te rindas nunca Inocencio, no te rindas”.

Dedicado a mi padre.

Image from nosolococina.com

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