Telarañas

Por Raúl Leiva. Foto -La Maga

Los destinos si es que están escritos, al menos deberían venir con un glosario.

Hace unos años a mi madre le diagnosticaron cáncer de mama. Dada la gravedad del caso y lo avanzado de la edad, los médicos decidieron operarla e inmediatamente iniciar un tratamiento oncológico. Hicimos los trámites para obtener la medicación y pedimos un turno en la clínica del centro. Llegado el día, mi mamá me pidió que no la acompañe. No quería que yo viera como se degradaba su cuerpo con el correr del tratamiento. Larga fue la charla y pactamos que la llevaría las dos primeras sesiones y nada más. Y aceptó.
El cabello comenzó a caer junto con su ánimo, a pesar de sus esfuerzos por estar feliz. Ya en la cuarta sesión se sintió mejor y al terminar el tratamiento su ánimo volvió. Los controles no eran muy alentadores pero el cabello estaba volviendo y su sonrisa también.
Seis meses después desmejoró notable e irreversiblemente rápido. Su voz se apagó y tres días después , mientras estábamos solos la tomé de la mano, puse una canción de José Luis Perales que a ella le gustaba y antes que termine se despidió con un sordo ronquido grave. Me quedé en silencio desarmado y triste.

Días después, fui a la casa de mi madre a poner en orden unos papeles y a hacer limpieza. Ordenando la cocina, y tirando los alimentos que estaban feos, encontré en el congelador una pequeña heladerita de telgopor. Grande fue la sorpresa cuando encontré la medicación oncológica intacta. Nunca se había hecho una sola aplicación más allá de las dos que yo la acompañé. Me abracé como un imbécil a la heladerita y cuando pude recuperar un poco de lucidez, llamé al teléfono que tenía pegado en la etiqueta. Les conté el caso y me pidieron que vea la fecha de vencimiento. Como aún estaba vigente, me indicaron una dirección y me pidieron por favor que la lleve urgente envuelta en hielos. Me recompuse y salí a toda marcha.

Una mujer que no pasaba de los cincuenta años y su hija me recibieron la medicación y me dijeron no menos de cinco veces gracias y otras tantas veces me dijeron bendiciones. Volví con mi familia y a olvidarme del asunto.

Una tarde, años después, llamaron a mi trabajo preguntando por el hijo de Erlinda. Ese era el nombre de mi madre y no tardaron en tranquilizarme diciendo: “Mire , disculpe que lo llame a este número, pero hace un tiempo que llevo buscándolo. Soy Mariela Fissore, la que le recibió la medicación de mi mamá hace unos años. Bueno, resulta que hace unos meses falleció mi madre, y estábamos haciendo limpieza y encontramos la heladerita blanca que usted trajo,¿Se acuerda?”
El corazón se me paró, lo juro y la garganta se me hizo un nudo. No pude articular nada, ni un monosílabo.
“En el costado de la heladerita había un teléfono y un nombre …Erlinda. Llamamos al teléfono pero ya habían dado de baja el usuario, y por la dirección nos acercamos al barrio. Pregunté a todos si conocían a Erlinda y un vecino, uno de los más viejos nos dijo que su hijo trabajaba en la fábrica. No fue difícil encontrarlo a partir de ahí. Bueno resulta que mi mamá murió, eso ya se lo dije, pero gracias al tratamiento vivió lo suficiente para ver a su primer nieto, mi hijo. Y pudo disfrutarlo, a su manera, pero fue lo suficiente para dejar este mundo con una sonrisa.” De otro lado del teléfono empecé a llorar en silencio, tratando de no alarmar a Mariela. “Le quería volver a agradecer” esta vez Mariela lloraba y traté de animarla “No, Mariela por favor, el agradecido soy yo. Me hace muy bien saber que la medicación sirvió para hacer feliz a su madre. Muchas gracias.” le dije y cortamos saludándonos entre sollozos.

Los destinos se cruzan como telarañas. Uno cree que está solo con sus problemas y sus alegrías, pero de alguna manera, todo eso que a veces creemos una desgracia, termina equilibrándose por otro lado con un nacimiento. Si uno supiera leer las señales a tiempo, no andaría tan escéptico a la deriva por los caminos.

 

agazziph

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