La madre

por Javier Gómez Ruiz.

El traqueteo constante del tren le hizo caer en un sueño plácido. Imaginó aquellas semanas de verano amplificadas con placeres que no ocurrieron, pero que siempre estuvieron ahí; a punto de suceder. Tras unos minutos, el ruido de la puerta corredera le hizo despertar de forma brusca. Una mujer hermosísima, de unos treinta años, se afanaba por entrar al compartimento con un bebé en brazos y todo el ajuar del pequeño en las manos. Colgándole iban también un par de bolsas. Una porteadora parecía. Una porteadora de grandes pechos, pensó mientras se incorporaba a ayudarla.
-Permítame que la ayude señora.
-Hola, gracias, qué joven tan amable –respondió la mujer mientras se dejaba arrancar lo que llevaba en las manos-.
Hicieron sitio para los recién llegados y ella se acomodó, aun con el bebe en el regazo, en el asiento frente al joven, ambos junto a la ventana que proyectaba el paisaje esquivo. La mujer acostó entonces al retoño y comenzó a maniobrar para cambiarle el pañal. Mientras lo hacía inició una conversación. Por su parte, él la miraba cada centímetro, no queriendo perderse nada de ella, con las hormonas alborotadas.
-Bueno, ¿y a dónde se dirige un chico tan joven y apuesto? –pregunto dedicándole una mirada rápida-.
-Pues voy de vuelta a casa. He pasado las vacaciones en el pueblo de mis abuelos con unos primos, como todos los veranos.
-¿Y cuántos veranos son esos? Si se puede preguntar –la mujer lo dijo con una sonrisa y mordiéndose el labio-
-17, o sea, tengo 17 –contestó haciendo la voz más grave y poniéndose un poco colorado por la mentira-.
-Vaya, todo un hombretón. No te importará que dé de mamar al niño ¿verdad? Es la hora de su toma…
-Claro, claro, por supuesto…-En la cabeza del joven aun resonaba aquel “hombretón”, pensar además en sus pechos hizo crecer el bulto de su pantalón -.
La mujer se desabotonó con presteza y colocó al bebé para darle de mamar. Sacó entonces un pecho rotundo y magnífico, muy blanco, y acercó el pezón a la boca de su vástago. El joven observaba la escena maravillado. A sus 15 años y medio no tenía experiencia sexual alguna y el espectáculo que estaba presenciando no era cualquier cosa. Se concentró sólo en observar, quería retener en su memoria cada instante. Sin embargo no todo iba como debía.
-Bebé ¿Qué pasa? Venga cariño que es tu hora de comer –decía la mujer mientras intentaba acoplar el pecho en la boca de su retoño-.
El crio volvía la cara y ponía las manos frente a la amenaza nutritiva. El joven seguía con la cabeza, sin darse cuenta, los movimientos de aquella mama buscando el acoplamiento. Ponía además los labios hacia fuera, involucrado totalmente en la acción. La mujer por su parte, lo seguía intentando.
-Vamos bebé, que tienes que comer, mi vida. Mira que si no comes se lo doy a este señor –dijo esto apuntando con el pezón hacia el joven, que dio un respingo-. Vamos cariño, venga, ¿se lo doy a él? Mira que le doy tu comida eh…
Tras varios intentos infructuosos con ambos pechos, el crio empezó por fin a mamar y la mujer emitió un gemido suave que sonó a queja y a placer. El joven viajero asistía con la boca abierta, paladeando el momento y sintiéndose parte de él. Pensó locamente si aquella mujer le daría un poco a él de aquel elixir, tal y como había amenazado con hacer. Se sintió unido a aquel cuadro, incapaz de escapar de aquella escena. Quería que no se acabase nunca, pasar toda la vida allí encerrado. Pasaron las horas y seguía el joven en su trance, porque cada media hora se volvía a repetir la escena.
-Venga bebé, come un poco más cariño, las tengo llenas aun…Mira que si no quieres se lo doy a ese joven eh…
Y vuelta a empezar hasta que el crio se enganchaba, así en cada toma. Llegó un momento entonces, cuando el tren iba muy al norte ya y empezaba a oscurecer, en que el joven sin poder aguantar más castigo, se puso en pie y habló en voz alta.
-A ver, señora, o me lo da…O no me lo da, no me maree más. Porque no es de recibo que me tenía que bajar en Badajoz y vamos ya por Burgos –empezó a bajar la cabeza casi de inmediato, abrumado por lo que acababa de decir-.
La mujer escondió una sonrisa, dejó al niño sobre el sillón para levantarse, intentó ponerse muy seria y cogiéndose los pechos con ambas manos, los agitó frente a la cara del muchacho mientras le hablaba.
-¿Dices que estas dos no son de recibo? ¿Que has hecho 300 kms de más por tenerlas? Un sinvergüenza es lo que eres…-La mujer soltó entonces uno de sus pechos y le arreó un guantazo que quedó resonando en aquella cabina y dejó los oídos del joven pitando-.
Abochornado y a punto de llorar, el chico comenzó a recoger sus cosas mientras balbuceaba disculpas inconexas. Fue a agarrar el pomo de la puerta y notó las manos de la mujer que le agarraban y le daban la vuelta. Entonces sintió la lengua de ella entrar en su boca, escuchó un “click”, al cerrarse el seguro de la puerta y se dejó hacer… A sus padres les dijo que siempre quiso conocer el norte.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: