Cuando el cielo se pintó de verde

Dos mitos orientales
Colaboración de Nico Bonder

Eusebio García es conocido como el Oriental, sobrenombre ganado por ser el único uruguayo viviendo en el pequeño pueblo cordobés de Justiniano Posse. Emigró de su Maldonado natal como parte del tratamiento para combatir su adicción al mate, adicción que sustituyó por el fernet con coca.
Eusebio trascendió en los medios a partir de un accidente futbolístico que alteró su vida. Aguerrido como todo hombre de raza charrúa, defendía el arco de Santos Defensores de Posse, equipo mitad religioso mitad municipal. En un partido disputado contra Estrella del Oeste, el trámite era parejo y ninguno de los equipos podía poner fin al cero del marcador, un poco por la ineptitud de los propios protagonistas y un poco por el pésimo estado de la cancha, que culpa del centenar de pozos que la habitaban, obligaba a jugar al pelotazo. En uno de esos bochazos largos, el 9 de la Estrella le ganó la espalda al defensor que debía cubrirlo y a Eusebio no le quedó otra que salir del área intentando llegar antes que el rival. Se arrojó al piso tratando de despejar el balón, pero llegaron al mismo tiempo y al disputar la pelota el arquero recibió un fuerte rodillazo en la cien izquierda. Varias horas después, cuando el Oriental se despertó en el hospital, aseguraba que antes de desmayarse había visto el cielo teñirse de verde y que en realidad se desplomó más por el terror que sintió que por el golpe en sí. Pero luego de algunos estudios los médicos se dieron cuenta que todo lo que era celeste, el uruguayo lo veía verde. No había una explicación clara a este asunto, pero el médico tratante fue bastante didáctico: es como cuando a un televisor viejo lo golpeas fuerte y comienzan a verse verde los costados de la pantalla. Aparentemente algunos nervios se habrían desconectado y estaban fallando, mostrándole al charrúa un mundo color yerba mate.
Fenómeno extraño, pero que tiene un antecedente, tal vez por casualidad, también vivido por otro uruguayo. Dicen que en un pueblo cerca de Fray Bentos, apenas terminó el partido que consagró a Uruguay campeón de 1950, llegó al hospital infartado don Washington Fernández, asegurando que escuchaba desde el cielo una voz que le gritaba: ¡No te rindas, si ellos pudieron, vos podés! Y cuando él buscaba esa voz, miraba el cielo y este había mutado de celeste a verde, verde césped.

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