40 segundos

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3 junio, 2017 por escribeconnosotros

De Raúl Leiva
Fotografía de La Maga
www.facebook.com/agazziph

Este relato siempre lo tuve en la cabeza durante más o menos trece años. Nunca lo puse en palabras y al ver unas fotos de La Maga se me hizo presente desde hace unos días.
Tenía por aquel entonces mi hija Luna cinco años y andaba buscando una actividad artística o algún deporte para llenar las tardes libres antes que el idioma o la religión nos agarren desprevenidos y vengan por ella para siempre. Recuerdo que íbamos de la mano a todos lados, nos sentábamos juntos en el colectivo y por sobre todo nos reíamos de todo lo que queríamos.
Una tarde, caímos por la casa de la señorita Carmen, la dueña de un conservatorio multicultural en el que se daban clases de piano, pintura y ballet. Mi hija se sintió como en el cielo. Todo el camino de regreso me venía hablando de lo lindo que eran las bailarinas, que le gustaría pintar mucho pero que lo que más quería era tocar en el piano “Para Elisa” como una joven que estaba ensayando para tocar en el teatro. Veníamos de la mano como siempre caminando, haciendo el recuento mental de las cosas que tenía que hacer por el centro antes de volver a casa. No dispusimos a cruzar la ancha Avenida Savio a la hora pico. Agarré fuerte a Luna de la mano y le dije, “Cuando diga vamos, corremos gritando ¿dale?” y la enana me seguía el juego. Vimos un hueco en el tránsito y corrimos hacia el cantero central, que solo tenía cuarenta centímetros de ancho. Estábamos parados y una duda me asaltó la mente, ¿había perdido la billetera o la dejé en casa? Solté a Luna un segundo para revisar los bolsillos sin éxito. La cabeza me empezó a dar vueltas y revisé rápido el itinerario de esa tarde y no había pistas de la billetera. Veo que una pareja avanza corriendo y automáticamente me sumo a la carrera mientras sigo recorriendo hacia atrás en la memoria. Un pensamiento urgente me asaltó en ese momento: “Luna…¿Dónde estaba?”. Me doy vuelta y la veo con los ojos grandes mirándome con miedo. Nunca había tenido la mente en blanco hasta ese momento. El cuerpo se me paralizó. Entre las bocinas y los motores rugientes una palabra me sacó del letargo: “¡Papá!”. Mi hija me gritaba y los autos le pasaban a menos que nada por delante y por detrás a toda velocidad. Levanté las manos y le grité “¡Quieta!¡Allá voy!¡Quedate quieta!”. No lo podía creer, los autos no paraban ni aminoraban la marcha por mucho que yo gritaba y gesticulaba. Otros peatones se sumaron a los gritos. Mi hija empezó a llorar mucho. La transpiración no tardó en bañarme. Un paso y mi hija estaría muerta o algo peor. Una rara sensación de coraje o inconsciencia se adueñó de mí. Avancé hacia ella y por un segundo se me ocurrió que si un conductor me esquivaba terminaría llevándose puesta a mi hija. Así que me despedí de mi vida y arriesgué una loca carrera hacia el cantero central. Los autos hicieron tronar sus bocinas y sus frenos, una nube de gritos y estallidos de cristales que nunca escuché eran el marco de ese acto desesperado. Cuando me encontraba a un metro de mi hija salté y la abracé con todas mis fuerzas tirándola al suelo. Lloramos desconsolados y no paraba de repetir el nombre de mi hija, tantas veces como cada fracción de los cuarenta segundos que estuvimos separados por un endiablado río de autos que llegaban tarde a algún lado.
Recién veo a mi hija de dieciocho años que se va a bañar antes de ir a dormir.
No sé si ella lo recuerda, pero veo estas palabras escritas y no puedo evitar llorar en silencio una vez más, como tantas.

 

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