Guerra en el Patio

Por Macarena

Foto: http://bit.ly/2sDxub6

Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo existió un niño que no corría, ni pegaba ni empujaba a la hora del recreo. En la escuela se conoce como La Leyenda del niño Pancho. ¿Se llamaría Francisco o era por tranquilo nomás que le decían así? Nadie lo sabe, eso también forma parte de la leyenda.

Un día de primavera, de esos en los que la túnica empieza a picar en el cuello y las familias no saben si mandar a los niños con paraguas o con bermudas porque con el clima nunca se sabe, el patio se transformó en un campo de batalla.

El timbre sonó y todos salieron a lo loco, como siempre. Parece que en un rincón del patio se armó una pelea, aunque nadie supo explicar cómo ni por qué. Lo cierto es que el caos se apoderó del recreo.

Niños y niñas corrían sin ton ni son hasta que se chocaban y caían abatidos, las moñas desatadas, los bolsillos descosidos, un botón sí y el otro tampoco.

Parecía una película de terror. Compañeros heridos, llorando desconsolados, maestras que buscaban en Dirección un teléfono para pedir ayuda.

El segundo timbre sonó antes de lo previsto, seguramente a causa de la contienda. La profesora de educación física y las auxiliares ayudaron a los heridos, mientras que los sobrevivientes volvían al salón, donde más tarde se contaría la leyenda de Pancho, el niño pacífico.

Ya en el salón, el sudor se iba evaporando lentamente al ritmo de un pequeño ventilador de pie apoyado sobre la biblioteca. Parecía que con su movimiento él también estaba enojado con lo que había ocurrido, porque hacía que “no” con su cabeza bien despacito, igual que la maestra.

Cuenta la leyenda -comenzó el relato así sin más, pero con cara seria y sin leer ningún libro- que hace mucho tiempo los niños y las niñas salían al recreo a jugar a la cuerda, al elástico, a cambiar figuritas y usaban los pozos del patio, que desde entonces ya existían, para jugar a la bolita.

Bolita, elástico, figuritas. Las figuritas todavía, pero de lo otro, ni idea. ¿Maestra, no había celulares? La maestra tragó saliva, respiró hondo y continuó con el relato. Pancho, el niño pacífico, no sacaba ni regular ni sobresaliente, pero se destacaba por ser buena gente. Siempre rodeado de amigos y amigas, nunca inició una pelea.

Un día una niña que estaba enojada porque no tenía todas las cosas que ella quería, le sacó la merienda a Pancho. Como él no reaccionó, ella le echó la lengua. Al ver que Pancho no hacía nada, le dio un gran pisotón. Entonces, Pancho que era un niño fuerte y corpulento, que ya estaba en quinto y podría haberle hecho mucho daño, la abrazó. Tan fuerte fue el abrazo que a la niña se le cayó la merienda de Pancho al piso.

Nunca se supo si la niña lloró porque le dolían los brazos después de semejante apretujón, porque se quedó sin la merienda o porque Pancho hizo algo inesperado. Lo cierto es que se esparció la noticia de que había un niño que tenía el poder de calmar los enojos, así que todos desearon tener ese poder.

Por mucho tiempo la leyenda perduró y todos querían ser como Pancho. ¿Quién no querría tener abrazos poderosos? Si fuera una niña o un niño, querría ser como él y que el recreo nunca más vuelva a ser un campo de batalla, dijo la maestra.

Y de deberes, miren el informativo. ¡Si hará falta Panchos en el mundo! Sonó el timbre de la salida, así que no hubo tiempo de copiar en el cuaderno. “Mirar el informativo”, repetían todos en voz baja mientras guardaban los útiles en la mochila.

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