De olvidos y rencores

De Raúl Leiva

El viento infinito e incoloro nos arrebata minuto a minuto recuerdos. Alborota nuestras vidas para intentar torcer nuestros destinos. Afecta pero rara vez define algo.

Como cada lunes, ella va a trabajar al edificio de oficinas desde hace 10 años ininterrumpidos. Se sienta en su cubículo y una vez más le cuenta a su compañero, que también es su cuñado y está casado con su hermana, un extraño sueño donde ambos son protagonistas de una historia imposible. Ambos ríen y su día sigue, como tantos otros días. Las palabras son del viento y vuelven a él cada día.

Como cada martes, él queda con la conciencia hecha un nudo. No se puede sacar a su cuñada de la cabeza. Recuerda el sueño que le contó y el día se le hace largo cuando no la ve. Trata de mantener la naturalidad con su mujer, pero ya van varias veces que lo encuentra pensando y midiendo. Por la noche contacta a su mejor amigo por el servicio de mensajería y le cuenta su situación. Piensa que así se lo saca un poco de encima pero es muy fuerte lo que le crece adentro. Su alma se llena de aire y dudas cada día.

Como cada miércoles, él visita al psicólogo para contarle otra vez lo que le pasa. Su vida perdió el eje y está tratando de acercar lo real a lo que siente y cree que en algún momento algo se va a romper. Según el terapeuta, esos sueños recurrentes son signo inequívoco de un deseo reprimido que siente su cuñada y la duda que crece dentro de él, es un claro indicador de correspondencia. La única salida es sincerar los deseos y dejar salir el sentimiento, aunque esto conlleve a la ruptura de la pareja. Se está quedando sin aire y lo sabe.

Como cada jueves su mujer lo despierta con un beso y un rico desayuno. La culpa con que come las tostadas lo ponen en evidencia y su mujer pregunta si pasa algo malo. La creatividad para inventar cuestiones que tienen que ver con el trabajo se le está acabando y cada vez se pone más a flor de piel lo que costó esconder durante años. Intenta sin éxito silenciar las voces en su cabeza y planea estrategias para avanzar sobre lo que siente, pero no encuentra un camino libre de pecado.

Como cada viernes sucede el insomnio mirando y midiendo a la destinataria de su desamor. Repasa con la vista su hombro desnudo y calcula cuanto va a extrañar esa escena que se le regala cada viernes cuando se decida a liberar su alma. Planea otra vez el anestesiado diálogo que puede abrir su celda. Tantos años confunde el amor con la costumbre y lo nuevo lo tienta hasta hacerlo trastabillar sin remedio. Los silencios son puertas que nunca se anima a atravesar por más que él las haya abierto.

Como cada sábado ella llama a su hermana para contarle lo raro que lo ve a él. Lo siente distante, frío y ajeno. Trató de llegar de varias maneras pero él solo le habla de trabajo y rara vez la mira a los ojos. Sabe que algo le pasa pero no sabe bien qué. Esta situación ya la tiene cansada pero la educaron para luchar por lo suyo, y la pareja era algo que no pensaba dejar ir gratuitamente. Costaba postergar lo importante pero era la única manera de seguir juntos, dejando que el viento se lleve los calores, como siempre había pasado en su familia. Su hermana la escuchaba atentamente pero no podía ayudarla aunque quisiera. No estaban en ella las decisiones ni los consejos, solo el oído paciente de quien espera.

Como cada domingo ella se despertó buscando en google un sueño que pueda llegar a significar algo, un germen que agriete un poco más el corazón de su cuñado, una duda que se arraigue como un peligroso liquen, como una costra verde en su corazón y que la fuerza del viento solo la reseque hasta dejar una mancha permanente. Nunca le iba a perdonar a su hermana robar el primer amor que tuvo, y nunca iba a interponerse en la pareja de nadie, pero soñar es gratis y las dudas cuestan más que el oro. No iba a ser feliz, pero al menos en ese pozo, ella no iba a estar sola.

Nada cura como el olvido. Ni siquiera el viento. Solo te ciega momentáneamente para volver a empezar de nuevo, cada día, eterno, silencioso, compañero.

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