La Rosa de los Vientos

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Fer y Fla alquilaron una cabaña en Punta del Diablo para pasar algo de tiempo juntos. Se veían poco y tenían la vida a medias, los sueños a medias y las cuentas a medias. Entonces apareció esa oportunidad en internet. Como ninguno sabía cuándo podría tomarse vacaciones, un fin de semana fuera de temporada y a buen precio sonaba tentador. “Dale, compralo, nos vamos”. Era la primera vez que se ponían de acuerdo en mucho tiempo, tenía que ser una buena señal.

Separarse implicaba volver a vivir con sus padres o con amigos. No podían solventar con sus trabajos más que esa suerte de independencia compartida. Había que cuidar la pareja y todo lo que a medias funcionaba bien. Fer tuvo que vender la camioneta donde mataron sus soledades por primera vez. Ahora tenían un colchón sobre pallets que usaban por turnos, como en la canción “Cruz de Navajas” de Mecano.

Cuando se conocieron, ambos tenían trabajos tan mal pagos como estresantes. Fla y Fer se conocieron durante el rodaje de un cortometraje. Ella era asistente de producción, aunque estudiaba diseño y soñaba con participar del arte en un “largo”. Él era dueño de una pequeñísima empresa de catering y le juró esa misma noche que algún día tendría su propio restorán a orillas del mar.

Habían conseguido los permisos para cortar la calle, el catering estaba contratado, los actores y actrices maquillados, con camperas sobre la ropa que usarían para la escena. La acción transcurría en una estación del año ficticia, nada que ver con el frío y la humedad de un otoño en Montevideo.

De pronto se largó a llover fuerte, con viento, con rabia celestial. Fla ayudó a Fer a guardar todo en la camioneta. Muchos se llevaron viandas, hacía horas que no ingerían alimento y tenían el frío calado en los huesos. Fer temió por la paga de su servicio trunco. Se suspendió la escena, tendrían que resguardarse y esperar a que el equipo levantara todo entre gruesos cables que parecían serpientes resbalando sobre el pavimento mojado. Había gente que corría y otros que mantenían una estática indiferencia.

En ese alboroto generalizado se levantó un viento de muerte. Llovía de costado. Fer comprendió dos cosas: que jamás cobraría el servicio y que tal vez no volvería a ver a Fla. Le dijo “subite a la camioneta que te vas a enfermar”. A los cinco minutos entró él y cerró la puerta.

Al rato alguien golpeó con fuerza la camioneta y se escuchó a lo lejos un “nos vamos”. Él se acomodó un poco, ella lo miró y le hizo un leve gesto con el mentón. Fer tomó el volante. El agua chirrió bajo los neumáticos. El resto del café que sobró lo tomaron por el camino.

¿Y si largamos todo y nos vamos? Le dijo un día Fla a Fer, antes de que él se comiera la plata de la venta de la camioneta para pagar una enorme deuda de impuestos que había generado después de muchos años de mantener al límite su empresa.

Lo poco que le sobró era todo lo que tenía. Habían pasado diez años desde aquella noche de lluvia y viento. Ahora miraban el pronóstico en el celular. Aunque el domingo parecía que iba a estar nublado, el plan no era hacer playa, así que se conformaron con saber que la cabaña tenía estufa a leña.

Eran las dos de la mañana y Fla no podía dormir. No había podido dormir ni siquiera una siesta desde que llegaron. Fer había pasado por el Free Shop de la frontera para surtirse de alcohol barato. Había tomado demasiado. Cayó dormido como una piedra, siempre tuvo el sueño más pesado.

En el porche de la cabaña había uno de esos móviles de caña y coco que anunciaban la más leve brisa con un tintinear algo umbandista. Fla intentó sacarlo pero Fer le dijo que lo dejara, que si rompían algo iban a tener problemas con los dueños.

A medida que el viento se hacía más intenso, el tintinear desafinado iba in crescendo. Fer dormía en un vaho de caña junto a la estufa casi extinguida. Fla recordó una y mil veces aquella noche en la camioneta que ya no era de él. Ya no formaba parte de las cosas que tenían a medias. Esa noche se rodó una película en su memoria y ahora quería borrarla, arrancarla tanto como deseaba arrancar el adorno de caña y coco.

Se envolvió en una manta, buscó un cuchillo en la cocina y salió arrastrando una silla al porche. El viento traía un aire helado con sabor a yodo y sal. La víctima no paraba de moverse. La sujetó con fuerza y rasgó la tanza. El artefacto cayó degollado al piso de madera. Fla entró arrastrando la silla, la manta y los restos del adorno. Arrojó los pedazos al fuego que al poco tiempo secó los restos y los consumió hasta la ceniza.

El viento se había calmado y pudo descansar un poco. Armó el bolso en silencio, metió una botella de caña en la mochila, miró a Fer dormido y le hizo un gesto con el mentón, algo así como una despedida. El primer coche salía en una hora. No había tiempo que perder.

 

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