“Los amantes del viento”

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18 junio, 2017 por escribeconnosotros

por Javier Gómez Ruiz.

Adrián despertó y prefirió estar muerto: “¿Por qué lo hiciste Liviana?” Se levantó por el lado derecho de la cama, metió y sacó tres veces los pies de las zapatillas y fue a asearse. Se afeitó evitando su propia mirada en el espejo; centrado en el mentón y en esa nariz enorme a la que odiaba. Sus ropas descansaban sobre una silla frente al armario,desmayadas como el resto de sus cosas: alicaídas se veían las fotos sobre las mesillas, y los zapatos escondidos, tristones, y las cortinas lánguidas y sin vuelo, que dejaban entrar una luz floja testimonial, y las corbatas grises en calma, que colgaban inanes. Aquel orden inexpresivo olía a la nada; al vacío detenido en el tiempo. Retiró la silla tres veces y se sentó a confirmar el vuelo. Apagó y reinició el ordenador, comprobó grifos y llaves de paso, hizo un equipaje perfecto y echando una última ojeada a la foto de Liviana, salió por la puerta, tres veces.
Una torre del parque eólico del Campo de Gibraltar se había descontrolado destrozando parte de la instalación. Su trabajo era averiguar el motivo. Era algo insólito; todos los sistemas de seguridad fallaron. Tras aterrizar, condujo directamente a la zona. La carretera de tierra subía en suave pendiente hacia la ladera sur de un pequeño risco, en cuyo recodo se elevaban las moles de ingeniería. Con un sonido noble, parecido al vibrar de una tripa gruesa, las aspas cortaban el aire como guadañas de cadencia inapelable. Bajó del coche y estuvo haciendo mediciones mientras observaba con detenimiento las piezas desperdigadas; el rotor había salido despedido y las aspas habían formado surcos enormes que desgarraron el suelo. La pieza había seguido girando y rebotando, hasta impactar a unos 50 metros contra una casetilla que había quedado destrozada. La torre, descabezada ahora, tenía una abolladura visible que la hacía inclinarse en su parte más alta y la caja posterior asomaba destripada y oscura. Recordaba a una enorme cerilla quemada y triste, sobretodo triste. Pensó en Liviana, pensó en su nariz, volvió a pensar en Liviana, en que ella era como él, en que nadie le comprendía como lo hacía ella. Recordó lo parecidos que eran y sintió miedo, una voz a su espalda le sobresaltó.
-Er viento ej mu cabrón…Vaya tela la ca liao.
No lo vio acercarse. A un par de metros y sentado sobre un pedrusco, un anciano fumaba de una pipa de caña a la que daba pequeños sorbos. Vestía como un pastor, iba calado con boina, y un bastón recio se apoyaba sobre su muslo. Adrián respondió de forma automática mientras se giraba.
-Emm, bueno, ha sido un fallo del sistema.
-Ejte gachó huerve loca a la gente, no ce crea ná amigo. Ehto ha reventao porque quería reventá, porque ce puzo tontorrona…Por la noche zuenan que no vea, ce huerven loca cuando pega el gachó…Ce ponen mu cochinas, ¿abe queledigo?
-No sé de qué me habla
Adrián entraba en el coche, sin hacer caso.
-¡Ella también se puso loca, fue por eso que saltó!…
El ingeniero sintió un pellizco muy dentro, sacó la mitad del cuerpo que ya estaba en el asiento y entonces observó bien a aquel anciano; una mueca que parecía de burla asomaba de entre el mar de arrugas que era su rostro, los ojos, de una oscuridad infinita y profundos como los de un tiburón. Adrián estaba asustado.
-Está diciendo tonterías, los frenos del rotor fallaron, la multiplicadora debió erosionarse con el uso y el mecanismo se descontroló, ha sido un accidente p…
-¡Mij cohjone! Ce ponen mu caliente, entra de frente er gachó y ce ezpatarran, po mucho freno que le ponga ej pa ná.
El hombre se estaba levantando y Adrián se metió en el coche cerrando la puerta, su mano temblaba al hacer el contacto, arrancó hacia atrás con velocidad, dejando al viejo gritando entre una nube de polvo. Le pareció ver que el hombre se reía.
Llegó a la habitación del hotel y cayó rendido. Sus ojos se cerraron pesados.
Estaba agarrado a la base de la torre siniestrada, el viento soplaba con fuerza, las aspas giraban eufóricas, el mar rugía de fondo levantando olas enormes y el cielo, teñido de nubes negras, descargaba la tormenta. Las palas giraban: “ Fuw, fuw,”, mientras los truenos hacían vibrar la estructura de acero. “Fuw, fuw,fuw,”, aceleraban las aspas…Y escuchó algo; una voz suave que procedía de la máquina, un murmullo lastimero que suplicaba: “Tómame”. Justo enfrente se alzaba su bloque de apartamentos, en el sexto, Liviana regaba las plantas, preciosa con una bata blanca de verano. Una suave brisa que movía los bordes de su vestido, como tratando de llamar su atención, se fue convirtiendo en un aire sobón que dibujaba su cuerpo contra la tela. Ella se giró y una ráfaga fuerte e intensa sujetó su rostro lanzando su melena hacia atrás, haciendo que serpenteara tensa y que sus ojos lagrimearan. Parecía decir algo, pero aquel viento le devolvía las palabras sin transmitir mensaje alguno. La torre seguía gimiendo: “Soy tuya, reviéntame cabrón”. Liviana se veía triste, asustada, pero en una fracción de segundo la mirada le empezó a cambiar; levantó una ceja y sus ojos se veían idos; entrecerrados y vencidos, otorgaban su voluntad a aquel impulso que la dominaba. Sacando la lengua en un gesto lascivo, se agarró con fuerza a la barandilla y saltó. Mientras caía, la torre ya gritaba: “¡Reviéntame, rómpeme toda!” y las aspas aceleraban más aun, fuera ya casi de su eje: “Fuw, fuw,fuw”. A pocos metros, un mohín de desagrado apareció en la cara de Liviana, arrugando su nariz justo antes de estamparse contra el suelo. En ese mismo instante, todo quedó oscuro y en silencio.
Adrián despertó y bajó de la cama por el lado derecho. Dejó sobre la mesa un informe pericial inconcluso y una carta de dimisión. Salió a la terraza y un viento fuerte e intenso sujetó su rostro. Sonrió.
Entonces supo lo que debía hacer.

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