Recuerdos del futuro

De Raúl Leiva, en la semana de la tierra.

Cada tarde el anciano recogía veinte puñados de tierra de su jardín celestial. Se afanaba limpiándola de rocas y vegetales con mucho cuidado, para luego colarla finamente con un paño suave de algodón. Cuando lograba juntar suficiente, la mezclaba con agua y fina harina de maíz hasta lograr una suave masa con la que modelaba pacientemente todas las figuras de la creación. Las colocaba de a parejas en una larga estantería en un orden que sólo él sabía.
Su soledad le dictaba estas tareas sinsentido hasta que en un sueño un niño le indicó cómo hacer dos figuras que no había conseguido imaginar nunca. Se despertó y dibujó torpemente lo que había soñado. Eran sin dudas, las dos creaciones más perfectas jamás pensadas, cada movimiento, cada detalle estaba de acuerdo a un propósito que él no imaginaba pero eran mecanismos de relojería.
Se puso manos a la obra y juntó su mejor tierra y su mejor harina, a una de las partes de la masa le agregó cal para imprimirle dureza en tanto que a la otra mitad le puso agua de rosas para darle una fragancia inigualable. La tarea le llevó cuatro semanas y media, cada detalle, cada rincón estaba milimétricamente cuidado. Contempló su obra póstuma cerca de cuatro horas y la colocó en un lugar privilegiado. Según la profecía, comenzó a soplar sobre las figuras de barro pacientemente. Cada exhalación iba acompañada de un mantra que recitaba en silencio. Las figuras iban desapareciendo conforme el anciano se iba debilitando. Llegó a su obra maestra débil y cansado. Sopló y les cantó en silencio durante la media hora de vida que se le concedió y las figuras comenzaron a volar como fino polvo por el aire para mezclarse con sus sueños y sus anhelos. El último suspiro del anciano culminó la tarea. El mundo había sido creado él lo había pagado con su vida. Yacía en el piso cuando una luz celeste bañó el lugar por completo. Una silueta se recortó desde el fondo y se acercó pacientemente. Lo cargó con ambos brazos y lo colocó en su lecho de muerte. Pasaron así unos minutos que parecieron horas. Luego tomó el teléfono de la habitación y llamó: “Che, si, Miranda habla. No, parece que el viejo de la 306 murió. Si, estaba jodido y no tenía a nadie. Ya le habían sacado la medicación. Che, traete una escoba y lo de limpieza que este viejo de mierda hizo un chiquero tremendo, hay tierra por todos lados. Bueno, dale venite rápido.”
Miranda le dedicó una última mirada al viejo y se fue dando un sordo portazo.
Nadie reclamó su cadaver.

 

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